El titular del periódico me fulminaba desde una pequeña máquina expendedora metálica: SEATTLE
EN ESTADO DE SITIO — VUELVE A ASCENDER EL NÚMERO DE VÍCTIMAS MORTALES.
Éste no lo había visto aún. Algún repartidor habría pasado a reponer la máquina. Afortunadamente para
él, no se encontraba ya por los alrededores.
Genial. Riley se iba a poner hecho una furia. Ya me aseguraría yo de no estar a su alcance cuando viese
el periódico y que fuera a otro a quien le arrancase el brazo.
Me hallaba de pie en la sombra que proporcionaba la esquina de un destartalado edificio de tres pisos,
en un intento por pasar desapercibida mientras aguardaba a que alguien tomase una decisión. No
deseaba cruzar la mirada con nadie, tenía los ojos clavados en la pared que había a mi lado. Los bajos
del edificio habían albergado una tienda de discos cerrada hacía mucho; los cristales de las ventanas,
víctimas del tiempo o de la violencia callejera, habían sido sustituidos por tableros de contrachapado.
En la parte alta había apartamentos, vacíos —supuse— dada la ausencia de los habituales sonidos de
los humanos cuando duermen. No me sorprendió, aquel lugar parecía que fuese a venirse abajo al
primer golpe de viento. Los edificios al otro lado de la oscura y estrecha calle se hallaban en un estado
igualmente lamentable.
El escenario habitual de una salida nocturna por la ciudad.
No quería abrir la boca y llamar la atención, pero deseaba que alguien decidiese algo. Estaba realmente
sedienta y no me importaba mucho que fuésemos a la derecha, a la izquierda o por la azotea, lo único
que quería era encontrar a algún desafortunado al que no le diese tiempo siquiera de pensar el peor
lugar, en el peor momento.
Por desgracia, Riley me había hecho salir esa noche con los dos vampiros más inútiles sobre la faz de la
tierra; nunca parecía importarle a quién mandaba en los grupos de caza, ni tampoco se le veía
particularmente molesto cuando el hecho de enviar juntos a los integrantes equivocados suponía que un
menor número de gente regresase a casa. Esa noche me habían encasquetado a Kevin y a un chico
rubio cuyo nombre desconocía. Ambos formaban parte del grupo de Raoul; por tanto, ni que decir tiene
que eran estúpidos. Y peligrosos. Pero en aquel momento, principalmente estúpidos.
En lugar de escoger una dirección para irnos de caza, de repente se hallaban inmersos en una discusión
acerca de qué superhéroe sería el mejor cazador de entre los favoritos de cada uno de ellos. Era el rubio
sin nombre quien ahora exponía su alegato a favor de Spiderman y ascendía deslizándose por el muro
de ladrillo del callejón mientras tarareaba la sintonía de los dibujos animados. Suspiré de frustración.
¿Llegaríamos a irnos de caza en algún momento?
A mi izquierda, un leve indicio de movimiento captó mi atención. Era el otro integrante del grupo de
caza enviado por Riley: Diego. No sabía mucho de él, sólo que era mayor que casi todos los demás. La
«mano derecha» de Riley, ése sería el término apropiado. Eso no hacía que él me gustase más que el
resto de aquellos imbéciles.
Diego me estaba mirando. Tuvo que haber oído el suspiro. Desvié la mirada.
Mantén la cabeza baja y la boca bien cerrada: ésa era la forma de seguir vivo con la gente de Riley.
—Spiderman es un llorón fracasado —gritó Kevin al chico rubio—. Yo te enseñaré cómo caza un
verdadero superhéroe —mostró con una amplia sonrisa, y sus dientes centellearon con el brillo de la
luz de las farolas.
Kevin cayó de un salto en mitad de la calle justo cuando los faros de un coche giraban para iluminar el
pavimento agrietado con un destello azul blanquecino. Abrió los brazos, flexionados hacia abajo, y a
continuación los fue cerrando lentamente como hacen los profesionales de la lucha libre para lucirse. El
coche siguió avanzando, quizás en la suposición de que se quitaría de en medio de una puñetera vez
como haría una persona normal. Como debería.
—¡Hulk se enfada! —vociferó Kevin—. ¡Y Hulk va... y MACHACA!
Dio un salto hacia delante para toparse con el coche antes de que éste pudiese frenar, lo agarró por el
parachoques delantero y lo giró por encima de su cabeza de manera que golpeó boca abajo contra el
pavimento en un estruendo de metal retorcido y cristales hechos añicos. En el interior, una mujer
comenzó a gritar.
—Venga ya, tío —dijo Diego meneando la cabeza. Era guapo, con un denso y oscuro pelo rizado, ojos
grandes y muy abiertos, y unos labios realmente carnosos, pero bueno, ¿quién no era guapo allí?
Incluso Kevin y el resto de los imbéciles de Raoul eran guapos—. Kevin, se supone que tenemos que
pasar inadvertidos. Ha dicho Riley que...
—¡Ha dicho Riley! —le imitó Kevin con una desagradable voz de pito—. Ten agallas, Diego. Riley no
está aquí ahora.
Kevin dio la vuelta al Honda de forma brusca y rompió de un puñetazo la ventanilla del conductor, que,
no se sabe muy bien cómo, había permanecido intacta hasta ese momento. Metió la mano a través del
cristal roto y el airbag desinflado en busca de la conductora.
Le di la espalda y contuve la respiración en el mayor esfuerzo que pude hacer para conservar la
capacidad de pensar.
No podía ver a Kevin alimentarse, estaba demasiado sedienta para eso y bajo ningún concepto deseaba
iniciar una pelea con él. Tampoco me hacía ninguna falta ingresar en la lista de objetivos de Raoul.
El chico rubio no tenía los mismos problemas. Se soltó de los ladrillos de lo alto y aterrizó con
suavidad a mi espalda. Oí los gruñidos que Kevin y él se dedicaban el uno al otro y, a continuación, el
sonido viscoso de un desgarrón al tiempo que cesaban los gritos de la mujer. Lo más probable es que la
hubieran partido por la mitad.
Intenté no pensar en ello, aunque podía sentir el calor y escuchar cómo se desangraba a mi espalda y
aquello hacía que me quemase la garganta de un modo terrible, por mucho que contuviese la
respiración.
—Me largo de aquí —oí mascullar a Diego.
Se metió por una abertura que había entre los oscuros edificios y de inmediato seguí sus pasos. Si no
me alejaba rápido de allí, me iba a meter en una pelea con los matones de Raoul por un cuerpo al que,
de todas formas, no le podía quedar mucha sangre ya. Y entonces tal vez fuese yo quien no regresase a
casa.
Ah, pero ¡me ardía la garganta! Apreté con fuerza los dientes para evitar un grito de dolor.
Diego atravesó veloz un callejón lateral repleto de basura y, a continuación —cuando llegamos al fondo
sin salida—, prosiguió muro arriba. Fui hundiendo los dedos en los surcos entre los ladrillos y me
apresuré a seguirle.
Una vez en la azotea, Diego se elevó en el aire y se desplazó en ligeros saltos por los tejados camino de
las luces que brillaban resplandecientes en la ensenada. Me mantuve cerca. Era más joven que él, y por
tanto más fuerte; estaba muy bien que los más jóvenes fuésemos los más fuertes, de otro modo no
habríamos sobrevivido a nuestra primera semana en la casa de Riley. Podía haberle adelantado con
facilidad, pero quería ver adonde se dirigía y no deseaba tenerlo detrás de mí.
Diego no se detuvo en kilómetros; casi habíamos llegado a los muelles de carga. Podía percibir cómo
mascullaba en un tono prácticamente inaudible.
—¡Idiotas! Como si Riley no nos hubiese dado instrucciones por un buen motivo. Instinto de
supervivencia, por ejemplo. ¿Es mucho pedir un simple ápice de sentido común?
—Eh —levanté la voz—. ¿Vamos a tardar mucho en ir de caza? Me quema la garganta.
Diego aterrizó en el alero del tejado de una enorme nave industrial y se giró. Retrocedí varios metros
de un salto, en guardia, pero no realizó ningún movimiento agresivo hacia mí.
—Sí —me dijo—. Sólo quería alejarme un poco de esos pirados.
Sonrió de un modo del todo amistoso, y yo le miré fijamente.
Este tal Diego no era como los demás. Era... tranquilo, supongo que sería la expresión. Normal. No
ahora —normal quiero decir—, sino como antes. Sus ojos eran de un rojo más oscuro que los míos.
Debía de llevar una buena temporada por aquí, tal y como había oído.
Desde abajo, en la calle, llegaban los sonidos nocturnos de los barrios más bajos de Seattle. Algún
coche, música con unos graves potentes, un par de personas que caminaban a paso ligero y nervioso, el
canturreo desafinado de algún borrachuzo en la distancia.
—Eres Bree, ¿verdad? —me preguntó Diego—. Una novata.
No me gustaba eso. Novata. Qué más daba.
—Sí, soy Bree. Pero no he venido con el último grupo. Tengo casi tres meses.
—Cuánta elegancia para tan sólo tres meses —me dijo—. No muchos habrían sido capaces de largarse
así de la escena del accidente —y lo dijo a modo de cumplido, como si estuviese realmente
impresionado.
—No quería liarme a golpes con la panda de zumbados de Raoul.
Diego asintió.
—Amén, hermana. Los de su clase no traen más que problemas.
Extraño. Diego era extraño. Que sonase como una persona que mantenía una conversación normal y
corriente, de las de antes... Sin hostilidad, sin recelos; como si no estuviese valorando lo fácil o difícil
que le resultaría matarme allí mismo. Estaba charlando conmigo, sin más.
—¿Cuánto tiempo hace que estás con Riley? —le pregunté con curiosidad.
—Va para los once meses ya.
—¡Vaya! Eso es más tiempo del que lleva Raoul.
Diego puso los ojos en blanco y escupió ponzoña por encima del bordillo del edificio.
—Sí, recuerdo cuando Riley trajo a esa basura. Las cosas no han dejado de empeorar desde entonces.
Permanecí en silencio por un instante, peguntándome si consideraría una basura a todo aquel que fuese
más joven que él. No es que me importase. Ya no me preocupaba lo que pensara nadie. No tenía por
qué. Tal y como dijo Riley, ahora era un dios. Más fuerte, más rápida, mejor. No contaba nadie más.
Entonces Diego susurró un silbido.
—Allá vamos. Sólo se requiere un poco de cerebro y de paciencia —y señaló hacia abajo, al otro lado
de la calle.
Medio escondido a la vuelta de la esquina de un callejón oscuro, un hombre insultaba y abofeteaba a
una mujer mientras que otra observaba en silencio. Por su vestimenta supuse que se trataba de un chulo
y dos de sus empleadas.
Eso era lo que Riley nos había dicho que hiciéramos: que cazásemos de entre la escoria, que cayésemos
sobre los humanos a los que nadie iba a echar en falta, quienes no se dirigían de vuelta a un hogar
donde los aguardaba una familia, aquellos cuya desaparición no fuera a ser denunciada.
Era el mismo modo en que él nos eligió a nosotros: alimento y dioses, ambos procedentes de la escoria.
A diferencia de algunos otros, yo seguía haciendo lo que Riley me había dicho. No porque él me
gustase. Aquel sentimiento había desaparecido mucho tiempo atrás. Era porque sus indicaciones
sonaban lógicas. ¿Qué sentido tenía llamar la atención sobre el hecho de que una panda de vampiros
novatos reclamase Seattle para sí como coto de caza? ¿Cómo iba a servimos de ayuda tal cosa?
Yo ni siquiera creía en vampiros antes de serlo, de manera que, si en el resto del mundo tampoco se
creía en vampiros, el resto de los vampiros debía de estar cazando con inteligencia, al modo en que
Riley nos había indicado. Es probable que tuviesen sus buenas razones.
Y como había dicho Diego, para cazar con inteligencia bastaba con un poco de cerebro y con ser
paciente.
Por supuesto que todos nosotros metíamos mucho la pata, y Riley nos leía la cartilla, se quejaba, nos
gritaba y rompía cosas como la consola de videojuegos favorita de Raoul, por ejemplo. Entonces Raoul
se ponía hecho una fiera, se llevaba a alguien aparte y le prendía fuego. A continuación, Riley se
mosqueaba y hacía una búsqueda para confiscar todos los mecheros y las cerillas. Unas pocas rondas
de este tipo, y Riley traía a casa a otro grupo de chavales de entre el despojos, convertidos en vampiros
para sustituir a los que había perdido. Era un ciclo interminable.
Diego tomó aire por la nariz —una larga inhalación, grande— y vi cambiar su cuerpo. Se agazapó
sobre el tejado con una mano asida al alero. Toda aquella misteriosa simpatía había desaparecido y
ahora era un cazador.
Eso era algo que yo reconocía, algo con lo que me sentía cómoda porque lo entendía.
Desconecté el cerebro. Era el momento de cazar. Respiré profundamente y atraje el aroma de la sangre
del interior de los humanos de allá abajo. No eran los únicos que había en la zona, pero sí los que se
encontraban más próximos. A quién ibas a dar caza era el tipo de decisión que tenías que tomar antes de
olfatear a tu presa. Ahora era ya demasiado tarde para escoger. Diego se dejó caer desde el borde sin ser visto. El sonido de su aterrizaje fue demasiado contenido
como para llamar la atención de la prostituta que gritaba, de la que estaba como ausente o del iracundo
chulo.
Un gruñido soterrado se escapó de entre mis dientes. Mía. La sangre era mía. El ardor se avivaba en mi
garganta y no era capaz de pensar en otra cosa.
Me lancé desde el tejado para llegar al otro lado de la calle, de manera que aterricé junto a la rubia que
lloriqueaba. Pude sentir a Diego muy cerca, detrás de mí, así que le lancé un gruñido de aviso al tiempo
que agarraba a la sorprendida chica por el pelo. Me la llevé a tirones hacia la pared del callejón para
apoyar allí mi espalda. A la defensiva, por si acaso.
Entonces me olvidé por completo de Diego, porque podía sentir el calor bajo la dermis de la chica, oír
el sonido de su pulso que martillaba a flor de piel.
Abrió la boca para gritar, pero mis dientes le destrozaron la tráquea antes de que pudiese emitir sonido
alguno. Tan sólo el gorgoteo del aire y la sangre en sus pulmones y los leves gemidos que no fui capaz
de controlar.
La sangre era cálida y dulce, sofocó la quemazón en mi garganta, aplacó el acuciante vacío que me
irritaba el estómago. Absorbí y tragué, con la sola vaga conciencia de cualquier otra cosa.
Oí el mismo sonido procedente de Diego, que estaba con el hombre. La otra mujer se encontraba
inconsciente en el suelo. Ninguno había hecho ruido, Diego era bueno.
El problema con los humanos era que nunca había en ellos la suficiente sangre. Apenas me pareció que
hubiesen transcurrido unos segundos cuando la chica se agotó. Frustrada, sacudí su malogrado cuerpo.
La garganta ya comenzaba a arderme de nuevo.
Lancé el cadáver exhausto al suelo y me encorvé contra el muro; me preguntaba si sería capaz de
agarrar a la chica inconsciente y largarme con ella antes de que Diego pudiese echarme el guante.
Él ya había terminado con el hombre. Me miró con una expresión que sólo podría describir como...
compasiva. Pero también me podía estar equivocando de plano. No conseguía recordar que nadie
hubiese sentido jamás compasión por mí, de manera que no estaba muy segura de la apariencia que
tenía.
—Adelante —me dijo con un gesto de asentimiento en dirección al cuerpo tullido de la chica, tendida
en el asfalto.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Qué va, yo estoy bien por ahora. Tenemos tiempo de cazar alguno más esta noche.
Sin dejar de observarle con atención en busca de alguna señal de que se tratase de una trampa, salí
disparada y enganché a la chica. Diego no movió un dedo para detenerme. Se volvió ligeramente y
elevó la mirada al cielo negro.
Hundí los dientes en el cuello de la chica sin quitarle ojo a él. Ésta fue aún mejor que la última. Su
sangre estaba del todo limpia. La de la rubia dejaba el amargo regusto que acompaña a las drogas; tan
acostumbrada estaba yo a aquello que apenas me había percatado. Me resultaba raro conseguir sangre
verdaderamente limpia, ya que me atenía a la norma de los bajos fondos, y Diego parecía seguir
también las reglas: tuvo que haber percibido el olor de lo que me estaba cediendo.
¿Por qué lo había hecho?
Sentí mejor la garganta cuando el segundo cuerpo se quedó vacío. Había una gran cantidad de sangre
en mi organismo. Era probable que no me volviese a quemar de verdad en unos pocos días.
Diego aún aguardaba; susurraba un silbido entre dientes. Cuando dejé caer el cuerpo al suelo con un
golpe seco, se volvió hacia mí y me sonrió.
—Mmm, gracias —le dije.
Él asintió.
—Tenías pinta de necesitarlo más que yo. Recuerdo lo duro que resulta al principio.
—¿Se vuelve más fácil?
Se encogió de hombros.
—En ciertos aspectos —nos quedamos mirándonos el uno al otro durante un segundo—. ¿Qué te
parece si nos deshacemos de estos cuerpos en la ensenada? —sugirió.
Me incliné hacia delante, agarré a la rubia muerta y me eché su cadáver al hombro. Estaba a punto de ir
hasta la otra, pero Diego ya se encontraba allí, cargado con el chulo a la espalda.
—Ya la tengo —me dijo.
Le seguí muro del callejón arriba y, a continuación, nos desplazamos por las vigas bajo la autopista.
Las luces de los coches que cruzaban más abajo no nos alcanzaban. Pensé en lo estúpida que era la
gente, cuán ajena vivía, y me alegré de no formar parte del grupo de los ignorantes.
Ocultos en la oscuridad, hicimos nuestro recorrido hasta un muelle vacío, cerrado durante la noche.
Diego no vaciló un instante al llegar al final del hormigón, fue directo a saltar por encima del bordillo
con su corpulenta carga y desapareció en el agua. Me zambullí tras él.
Nadó con la elegancia y la velocidad de un tiburón, cada vez más lejos y más profundo en la total
oscuridad de la ensenada. Se detuvo de forma repentina cuando encontró lo que estaba buscando: una
roca gigantesca cubierta de limo en el lecho del océano, con estrellas de mar y basura que colgaba de
los costados. Teníamos que estar a más de treinta metros de profundidad, y aquí un humano se
encontraría en la oscuridad más absoluta. Diego soltó sus cadáveres, que se bambolearon con
parsimonia junto a él, al son de la corriente, mientras escarbaba con la mano en la arena asquerosa de la
base de la roca. Un instante después, halló donde agarrarse y arrancó la roca del lugar en el que
descansaba. El peso de la mole hizo que se hundiese hasta la cintura en el oscuro fondo marino.
Levantó la vista y me hizo un gesto con la cabeza.
Descendí nadando hasta él y enganché con una mano sus cadáveres por el camino. Metí a la rubia de un
empujón en el negro agujero bajo la roca, después empujé a la otra chica y, tras ella, metí al chulo. Les
di unos ligeros toques con los pies para asegurarme de que estaban bien adentro y me quité de en
medio. Diego dejó caer la roca, que se tambaleó un poco al ajustarse al nuevo desnivel de su asiento.
Luego se liberó a coces de la mugre del fondo, nadó hasta la parte superior de la roca y la empujo hacia
abajo con el objeto de allanar las irregularidades sobre las que se apoyaba.
Retrocedió a nado unos pocos metros para observar su obra.
Perfecto, articulé moviendo los labios. Aquellos tres cuerpos nunca reflotarían. Riley jamás se enteraría
de su historia a través de las noticias.
Diego sonrió y sostuvo la mano en alto. Me costó un minuto comprender que esperaba a que se la
chocase. Nadé hacia él sin saber a qué atenerme, choqué la palma de mi mano contra la suya y me alejé
a golpes de pierna para poner algo de distancia entre nosotros.
El rostro de Diego adoptó una expresión rara, y se dirigió como un tiro hacia la superficie. Arranqué
disparada detrás de él, confusa. Cuando salí a cielo abierto, él casi se estaba ahogando de la risa.
—¿Qué?
No pudo responderme al menos durante un minuto. Por fin, me soltó:
—El peor «choca esos cinco» de la historia.
Irritada, le dije con desdén:
—No podía estar segura de que no me fueses a arrancar el brazo o algo así.
Diego resopló.
—Yo no haría eso.
—Cualquier otro sí lo haría —contesté.
—Eso es cierto —reconoció, no tan divertido de forma repentina—. ¿Te hace un poco más de caza?
—¿Es que hace falta que lo preguntes?
Salimos del agua debajo de un puente y tuvimos la fortuna de toparnos con dos mendigos que dormían
en unos sacos viejos y asquerosos sobre un colchón de periódicos que compartían. Ninguno de los dos
se despertó. Su sangre estaba agriada por el alcohol, pero seguía siendo mejor que nada. También los
enterramos en la ensenada, debajo de otra roca diferente.
—Bueno, me he saciado para unas semanas —dijo Diego cuando volvimos a salir del agua y
chorreábamos al final de otro muelle vacío.
Suspiré.
—Me imagino que esa parte es la más fácil, ¿verdad? En un par de días volveré a sentir que me quemo
y probablemente Riley me hará salir de nuevo con más de esos monstruos de Raoul.
—Yo puedo ir contigo, si quieres. Riley me deja hacer bastante lo que quiero.
Medité sobre la oferta, recelosa por un instante, pero Diego no se parecía de verdad a ninguno de los
otros. Con él me sentía distinta, como si no tuviese tanta necesidad de guardarme las espaldas.
—Eso me gustaría —admití. Decir aquello me hizo sentir incómoda. Demasiado vulnerable o algo por
el estilo.
Pero Diego apenas respondió con un «vale» y me sonrió.
—¿Y cómo es que Riley te deja la correa tan suelta? —le pregunté con la mente puesta en la relación
que habría entre ellos. Cuanto más tiempo pasaba con Diego, más difícil me resultaba imaginármelo
como íntimo de Riley. Diego era tan... agradable. Nada que ver con Riley, aunque quizá fuese uno de
esos rollos de la atracción de los polos opuestos.
—Riley sabe que puede confiar en que yo me encargo de arreglar mis líos. Y ahora que hablamos de
esto, ¿te importa si hacemos un recado rápido?
Este chico tan extraño estaba empezando a entretenerme. Despertaba mi curiosidad. Quería ver qué iba
a hacer.
—Claro —dije.
Atravesó el muelle en dirección a la carretera que recorría el puerto. Y yo fui detrás. Percibí el olor de
algunos humanos, pero sabía que estaba muy oscuro y que éramos demasiado rápidos para que
pudiesen vernos.
Escogió de nuevo ir por los tejados y, tras unos pocos saltos, reconocí nuestros olores. Estaba
desandando nuestro anterior recorrido.
Y entonces nos hallamos de vuelta en aquel primer callejón, donde Kevin y el otro chico se habían
puesto a hacer el imbécil con el coche.
—Increíble —gruñó Diego.
Al parecer, Kevin y compañía acababan de marcharse. Otros dos coches estaban apilados sobre el techo
del primero, y unos cuantos observadores se habían añadido a la lista de víctimas. La policía aún no
había llegado, tal vez porque cualquiera que hubiese podido informar de aquel caos ya estaba muerto.
—¿Me ayudas a arreglar esto? —preguntó Diego.
—Vale.
Nos dejamos caer y de inmediato Diego lanzó los coches en una disposición diferente, para que en
cierto modo pareciese que habían chocado los unos contra los otros en lugar de haber sido apilados por
un bebé gigante enrabietado. Yo agarré los cuerpos sin vida abandonados sobre el pavimento y los
embutí en el lugar del supuesto impacto.
—Un golpe muy feo —comenté.
Diego sonrió. Extrajo un mechero de una bolsa de plástico con cierre a presión que llevaba en el
bolsillo y comenzó a prender fuego a la ropa de las víctimas. Yo tomé el mío —Riley los repartía de
nuevo cuando íbamos de caza; de hecho, Kevin debió haber usado el suyo— y me puse con la tapicería.
Los cadáveres, secos e impregnados de ponzoña inflamable, prendieron con mucha rapidez.
—Atrás —me advirtió Diego, y vi que había dejado abierta la trampilla de la gasolina del primer coche
y había desenroscado el tapón del depósito. Ascendí de un salto la pared más cercana y me aposté un
piso por encima para observar. Retrocedieron unos pasos y encendió una cerilla. Con una puntería
perfecta, la introdujo por el pequeño orificio. En el mismo instante, dio un salto para situarse a mi lado.
El estruendo de la explosión sacudió toda la calle y comenzaron a encenderse luces a la vuelta de la
esquina. —Bien hecho —le dije.
—Gracias por tu ayuda. ¿Volvemos a casa de Riley?
Fruncí el ceño. La casa de Riley era el último sitio donde quería pasar lo que me quedaba de noche. No
deseaba ver la estúpida expresión del rostro de Raoul ni oír el constante chillar y pelear. No quería
tener que apretar los dientes y esconderme detrás de Fred el friki para que la gente me dejase en paz. Y
me había quedado sin libros.
—Aún tenemos tiempo —dijo Diego al leerme la expresión de la cara—. No tenemos por qué ir ahora
mismo.
—Podría hacerme con algo para leer.
—Y yo con algo de música —sonrió—. Vámonos de compras.
Nos desplazamos rápidamente por la ciudad —de nuevo por los tejados y a toda prisa por la penumbra
de las calles cuando los edificios distaban mucho unos de otros— camino de una barriada más
agradable. No nos llevó demasiado tiempo encontrar un centro comercial con una tienda de las grandes
cadenas de librerías. Hice saltar el candado de la trampilla de acceso del tejado para poder entrar. El
centro estaba vacío y las únicas alarmas se hallaban en las ventanas y en las puertas. Me fui directa a la
«h» mientras que Diego se dirigió a la sección de música, al fondo. Acababa de terminar con Hale, y
me hice con la siguiente docena de libros de la lista: eso me mantendría ocupada un par de días.
Miré alrededor en busca de Diego y lo vi sentado a una de las mesas de la cafetería, estudiando la
contraportada de sus nuevos CD. Hice una pausa y después me uní a él.
Me sentía rara por lo familiar que resultaba, de un modo inquietante, incómodo. Me había sentado
antes de esa manera, con alguien enfrente, al otro lado de la mesa; había mantenido una charla informal
con aquella persona, había pensado en cosas que no fueran la vida y la muerte o la sed y la sangre. Pero
eso había sido en otra vida, diferente, borrosa.
La última vez que me había sentado a una mesa con alguien, ese alguien había sido Riley. Resultaba
difícil recordar aquella noche por multitud de razones.
—¿Cómo es que nunca te veo por la casa? —preguntó Diego de sopetón—. ¿Dónde te escondes?
Me reí e hice una mueca al mismo tiempo.
—Me suelo meter detrás de Fred el friki vaya por donde vaya.
Arrugó la nariz.
—¿Lo dices en serio? ¿Cómo lo soportas?
—Te acostumbras. Detrás de él no es tan terrible como delante. De todas formas, es el mejor escondite
que he encontrado, nadie se acerca a Fred.
Diego asintió, sin perder aún el aspecto de estar asqueado.
—Eso es cierto. Es una forma de seguir vivo —me encogí de hombros, y él prosiguió—: ¿Sabías que
Fred es uno de los preferidos de Riley? —me preguntó.
—¿En serio? ¿Cómo?
Nadie podía soportar a Fred el friki. Yo era la única que lo había intentado y sólo por puro instinto de
supervivencia.
Diego se inclinó hacia mí con aire conspiratorio. Ya estaba tan acostumbrada a su misteriosa conducta
que ni me inmuté.
—Le oí hablar por teléfono con ella —sentí un escalofrío—. Ya lo sé —prosiguió, de nuevo en tono
comprensivo. Por supuesto que no había misterio alguno en el hecho de que pudiéramos
compadecernos mutuamente en lo que a ella se refería—. Fue hace unos meses. El caso es que Riley
estaba hablando de Fred, muy emocionado. Por lo que decían, deduje que algunos vampiros son
capaces de hacer cosas. Más cosas aparte de lo que podemos hacer los vampiros normales, quiero decir.
Y eso es bueno... algo que ella está buscando. Vampiros con habilidades.
Arrastró el sonido de la «s» de modo que pudiera oír cómo la pronunciaba mentalmente.
—¿Qué tipo de habilidades?
—De todo tipo, según parece. Leer la mente, rastrear e incluso ver el futuro.
—Venga ya.
—No estoy bromeando. Me da la sensación de que, de algún modo, Fred puede repeler a la gente a
propósito. Está todo metido en nuestra cabeza, hace que sintamos repulsión ante la idea de hallarnos
cerca de él.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo va a ser eso algo bueno?
—Le mantiene vivo, ¿no crees? Y me parece que también te mantiene viva a ti.
Asentí.
—Supongo que sí. ¿Dijo algo sobre alguien más? —intenté pensar en cualquier cosa extraña que
hubiera visto o sentido, pero Fred era único. Los payasos del callejón de esta noche que fingían ser
superhéroes no habían hecho nada que no pudiésemos hacer los demás.
—Habló de Raoul —dijo Diego torciendo el gesto de la boca.
—¿Qué habilidad tiene Raoul? ¿Superestupidez?
Diego resopló.
—Eso sin duda. Pero Riley piensa que posee alguna forma de magnetismo: la gente se siente atraída
por él, le sigue.
—Sólo quienes van justitos de capacidades mentales.
—Sí, Riley hizo referencia a eso. No parecía causar efecto en los —adoptó un tono que imitaba de un
modo bastante decente la voz de Riley— «más mansos».
—¿Mansos?
—Deduje que se refería a gente como nosotros, los que somos capaces de pensar de vez en cuando.
No me gustaba que me llamasen «mansa». No sonaba como algo bueno dicho así, sin más. La
interpretación de Diego sonaba mejor.
—Era como si Riley necesitase del mando de Raoul por algún motivo... Algo se cuece, creo yo.
Un extraño hormigueo me recorrió la espalda cuando dijo aquello, y me enderecé en la silla.
—¿Como qué?
—¿Has pensado alguna vez en por qué Riley va siempre detrás de nosotros para que no llamemos la
atención?
Vacilé durante apenas medio segundo antes de responder. No era ésta la línea de interrogatorio que me
hubiera esperado de la mano derecha de Riley. Era prácticamente como si estuviese cuestionando lo
que Riley nos había dicho. A menos que Diego lo estuviese preguntando para Riley, como un espía,
para saber qué pensaban de él los «chicos». Pero no me daba esa impresión. Los oscuros ojos de Diego
se mostraban bien abiertos y confiados. ¿Y por qué iba a importarle a Riley? Puede que la manera en
que los demás se referían a Diego no tuviese ninguna base real, que tan sólo fuesen habladurías.
Le respondí con sinceridad.
—Sí, en realidad estaba justo pensando en eso.
—No somos los únicos vampiros en el mundo —afirmó Diego con solemnidad.
—Ya lo sé. Riley suelta cosas a veces, pero tampoco puede haber muchos. Quiero decir, ¿no nos
habríamos dado cuenta, antes?
Diego asintió.
—Eso es lo que yo creo, también. Y ésa es la razón de que resulte tan extraño que ella siga haciendo
más de nosotros, ¿no te parece?
Fruncí el ceño.
—Ajá, porque no es que le gustemos precisamente a Riley ni nada por el estilo... —hice una nueva
pausa, a la espera de ver si él me contradecía. No lo hizo. Se limitó a esperar con un leve gesto de
asentimiento, así que proseguí—: Y ella ni siquiera se ha presentado. Tienes razón. No lo había
contemplado desde ese punto. Bueno, en realidad ni siquiera había pensado en ello. Pero entonces,
¿para qué nos quieren?
Diego levantó una ceja.
—¿Quieres saber lo que pienso?
Asentí con cautela, pero mi inquietud nada tenía que ver con él en ese momento.
—Como he dicho antes, algo se está cociendo. Creo que ella quiere protección y ha puesto a Riley a
cargo de la creación de la primera línea del frente.
Valoré aquello con un hormigueo que de nuevo me recorría la espalda.
—¿Y por qué no nos lo iban a decir? ¿No nos mantendría eso, no sé, alerta o algo parecido?
—Eso sería lo más lógico —reconoció él.
Nos miramos en silencio durante unos interminables segundos. No se me ocurría nada más y no parecía
que se le ocurriese a él tampoco.
Finalmente, hice una mueca y dije:
—No sé si me lo trago... la parte esa de que Raoul sea bueno en nada, eso es todo.
Diego se rió.
—Eso es difícil de rebatir —y entonces dirigió la mirada a las ventanas, al final de la oscura noche—.
Se acabó el tiempo. Será mejor que volvamos antes de que nos quedemos tiesos.
—Cenizas, cenizas, todos caemos —canturreé para el cuello de mi camisa mientras me ponía en pie y
recogía mi montón de libros.
Diego soltó una risotada.
Hicimos una nueva parada rápida en nuestro camino: nos metimos en la puerta de al lado, en los
grandes almacenes Target —que estaban desiertos— en busca de bolsas de plástico con cierre
hermético y dos mochilas. Protegí todos mis libros con bolsas dobles, me fastidiaba mucho que el agua
estropease las páginas.
Nos dirigimos entonces de regreso hacia el agua, por los tejados, principalmente. El cielo estaba
empezando a teñirse de un tenue gris por el Este. Nos zambullimos en la ensenada justo delante de las
narices de dos incautos vigilantes nocturnos junto al gran ferry —qué bueno para ellos que estuviese
llena, o habrían estado demasiado cerca para mi autocontrol— y nos desplazamos a toda prisa por el
agua turbia camino de la casa de Riley.
Al principio no sabía que se tratase de una carrera. Nadaba rápido tan solo por que el cielo estaba
clareando. No tenía la costumbre de apurar tanto el tiempo. Si había de ser sincera conmigo misma, en
menudo pedazo de vampira pringada me había convertido: seguía las normas, no causaba problemas,
iba por ahí con el chico más impopular del grupo y siempre llegaba a casa temprano.
Pero entonces Diego sí que cambió de marcha. Me sacó varios cuerpos de ventaja, se volvió hacia mí
con una sonrisa que venía a decir: «¿Qué pasa, es que no puedes mantener el ritmo?». Y se puso de
nuevo a darle caña.
Bien, yo no iba a aceptar aquello. No era capaz de recordar si había sido competitiva antes —todo
parecía tan lejano e irrelevante—, pero puede que lo fuera, porque respondí de inmediato a su desafío.
Diego era un buen nadador, pero yo era más fuerte, en especial justo después de haberme nutrido.
Nos vemos, gesticulé con los labios al adelantarle, aunque no estaba segura de que lo hubiese visto.
Lo dejé atrás en la oscuridad del agua, y no perdí ni un instante en detenerme a ver por cuánto le
ganaba. Atravesé la ensenada a toda velocidad hasta que alcancé el extremo de la isla donde se
encontraba el más reciente de nuestros hogares. El anterior había consistido en una gran cabaña en
medio de la nada, rodeada de nieve, en la ladera de una montaña en la cordillera de las Cascadas. Al
igual que aquella casa, la actual estaba aislada, contaba con un amplio sótano y sus propietarios habían
fallecido recientemente. Me apresuré a llegar a la playa rocosa y poco profunda, y a continuación hundí los dedos en el
acantilado de arenisca y salí volando. Oí a Diego salir del agua justo al tiempo que me agarraba del
tronco de un pino descolgado y pasaba por encima del borde del acantilado.
Cuando aterricé con suavidad sobre los dedos de los pies, dos cosas me llamaron la atención. Primera:
había mucha luz allí fuera. Segunda: la casa había desaparecido.
Bueno, no había desaparecido del todo, parte de ella aún era visible, pero el espacio que antes ocupaba
la casa estaba ahora vacío. El techo se había venido abajo y se había convertido en porciones
irregulares y angulosas de madera negra, carbonizada, hundida por debajo de la altura que antes tenía la
puerta principal.
Estaba amaneciendo con rapidez. Los oscuros pinos dejaban entrever rastros de su verde perenne. Las
copas más pálidas pronto destacarían contra la oscuridad del fondo y, llegados a ese punto, yo estaría
muerta.
O muerta de verdad, o quién sabe qué. Esta sedienta segunda vida de superhéroe se iría al garete en una
súbita llamarada. Y lo único que me imaginaba era que sería muy, muy dolorosa.
No era la primera vez que veía nuestro refugio destruido —con tanta pelea y tanto fuego en los sótanos,
la mayoría sólo duraba unas semanas—, pero era la primera vez que me encontraba ante la escena de la
destrucción con la amenaza de los primeros y débiles rayos de la luz del sol.
Aspiré en un jadeo de aturdimiento cuando Diego aterrizó a mi lado.
—¿Y si nos metemos bajo el tejado? —susurré—. ¿Sería eso lo bastante seguro o...?
—No te ralles, Bree —me dijo Diego, que sonaba demasiado tranquilo—. Conozco un sitio. Vamos.
Dio una voltereta muy elegante hacia atrás por encima del borde del acantilado.
Yo no pensaba que el agua fuese filtro suficiente para la luz del sol, aunque tal vez no pudiésemos arder
si nos encontrábamos sumergidos, ¿no? A mí me parecía un plan realmente pobre.
No obstante, en lugar de escarbar un túnel bajo la chamuscada estructura de la casa siniestrada, me
lancé detrás de él por el acantilado. No estaba en absoluto segura de mi razonamiento, y ésa era una
sensación extraña. Por lo general hacía siempre lo mismo: seguía la rutina, hacía lo que parecía lógico.
Alcancé a Diego en el agua. Volvía a echar una carrera, pero esta vez no era porque sí. Una carrera
contra el sol.
A toda velocidad, dobló un cabo de la pequeña isla y se sumergió muy profundo. Me sorprendió que no
se golpease contra el fondo rocoso de la ensenada, y me sorprendí aún más cuando pude sentir el flujo
de una corriente más cálida. Surgía de lo que había pensado que no era sino un saliente en la roca.
Muy hábil por parte de Diego el contar con un sitio como éste. Sin duda, no iba a resultar divertido
quedarnos sentados en una cueva submarina todo el día —el no respirar comenzaba a causar irritación
pasadas unas horas—, pero era mejor que reventar hecha cenizas. Tenía que haber pensado como
Diego. Pensar en algo más aparte de la sangre, quiero decir. Tenía que haber estado preparada para lo
inesperado.
Diego continuó avanzando a través de una estrecha grieta en las rocas. Allí dentro estaba oscuro, negro
como el carbón. A salvo. No podía seguir nadando —el espacio era demasiado estrecho—, así que
avancé como pude, igual que Diego, trepando por la tortuosa abertura. Seguí esperando a que se
detuviese, pero no lo hizo. De repente me percaté de que estábamos ascendiendo de verdad, y entonces
oí a Diego salir a la superficie.
Yo salí apenas medio segundo después que él.
La cueva apenas era algo más que un pequeño agujero, una madriguera del tamaño de un Volkswagen
Escarabajo, aunque no tan alta. Una segunda abertura conducía al exterior desde el fondo, y podía
percibir el aire fresco procedente de aquella dirección. Distinguí la forma de los dedos de Diego
repetida una y otra vez en la textura de las paredes de piedra caliza.
—Bonito lugar —le dije.
Diego sonrió.
—Mejor que la espalda de Fred el friki.
—Eso no te lo discuto. Mmm. Gracias.
—De nada.
Nos miramos en la oscuridad durante un minuto. Su semblante, relajado y tranquilo. Con cualquier
otro, Kevin, Kristie o quien fuese de entre los demás, habría sido aterrador: el espacio reducido, la
proximidad forzosa. El modo en que podía oler su rastro a todo mi alrededor. Eso habría significado
una muerte rápida y dolorosa en cualquier instante. Pero Diego era tan sereno. Nada parecido a ningún
otro.
—¿Qué edad tienes? —me preguntó de pronto.
—Tres meses, ya te lo he dicho.
—No me refería a eso. Supongo que la forma apropiada de preguntártelo sería... mmm, ¿qué edad
tenías?
Me aparté, incómoda, cuando me di cuenta de que me estaba preguntad por rollos humanos. Nadie
hablaba de eso. Nadie quería pensar en ello. Pero yo tampoco quería poner fin a la conversación. Se
trataba de que mantener siquiera una conversación era algo nuevo y distinto. Vacilé, y él aguardó con
una expresión de curiosidad.
—Tenía, mmm, quince años, creo. Casi dieciséis. No me acuerdo del día... ¿había pasado mi
cumpleaños? —intenté hacer memoria, pero aquellas últimas semanas de hambre eran como una gran
mancha borrosa, y los esfuerzos por conseguir aclararlas hacían que la cabeza me doliese de un modo
muy extraño. Negué con un gesto, lo dejé—. ¿Y tú?
—Acababa de cumplir los dieciocho —me dijo él—. Qué cerca.
—¿Cerca de qué?
—De salir —me dijo, pero no continuó. Durante un minuto se produjo un silencio incómodo y a
continuación cambió de tema—. Lo has hecho realmente bien desde que llegaste —me dijo conforme
iba recorriendo con la mirada mis brazos cruzados, las piernas encogidas—. Has sobrevivido, has
evitado atraer la atención inapropiada, estás entera.
Hice un gesto de indiferencia y me remangué la camiseta hasta el hombro, de forma que pudiese ver la
línea delgada e irregular que me circundaba el brazo.
—Éste me lo arrancaron una vez —admití—. Me lo volvieron a poner antes de que Jen lo pudiese
flambear. Riley me enseñó cómo recolocármelo.
Diego sonrió de forma irónica y se tocó la rodilla derecha con un dedo. Sus vaqueros oscuros cubrían la
cicatriz que debía de haber ahí.
—Le pasa a todo el mundo.
—Ouch —dije yo.
Él asintió.
—En serio. Pero como te estaba diciendo, eres una vampira bastante decente.
—¿Se supone que debería darte las gracias?
—Sólo estoy pensando en voz alta, intentando hallarle el sentido a las cosas.
—¿A qué cosas?
Frunció ligeramente el ceño.
—A lo que está pasando en realidad. A qué pretende Riley, por qué sigue trayéndole a ella unos chicos
tan al azar. Por qué a Riley no parece importarle si se trata de alguien como tú o de alguien como ese
idiota de Kevin.
Sonaba como si él no conociese a Riley mejor que yo en absoluto.
—¿Qué quieres decir con alguien como yo? —le pregunté.
—Tú eres del tipo que Riley debería estar buscando, de los listos, y no esa banda de malotes estúpidos
que no deja de traer Raoul. Apostaría a que tú no ibas de buscona drogata cuando eras humana.
Me sentí incómoda ante la última palabra. Diego se quedó esperando mi respuesta, como si no hubiera
dicho nada raro. Respiré hondo y volví a pensar.
—No andaba muy lejos —admití tras unos segundos de paciente observación por su parte—. No había
llegado a eso, pero en unas pocas semanas más... —me encogí de hombros—. Ya sabes, no me acuerdo
de mucho, pero sí recuerdo que pensaba que no había nada más fuerte en este planeta que el hambre de
antes. Ahora resulta que la sed es peor.
Se rió.
—Ni que lo digas, hermana.
—¿Y qué hay de tí? ¿No eras tú un jovencito fugitivo y problemático como el resto de nosotros?
—Oh, sí que era problemático, a base de bien —dejó de hablar.
Pero yo también sabía quedarme sentada y esperar las respuestas a unas preguntas inapropiadas. Me
limité a mirarle fijamente.
Suspiró. El olor de su aliento era agradable. Todo el mundo olía dulce, pero Diego tenía una pizca de
algo más: alguna especia como la canela o el clavo.
—Intenté mantenerme lejos de toda esa mierda. Estudié mucho. Iba a salir del gueto, ya sabes, ir a la
universidad. Convertirme en alguien. Pero había un tío no muy diferente de Raoul: únete o muere, ése
era su lema. Yo no quería ninguna de las dos opciones, así que me mantenía lejos de su grupo, tenía
cuidado, seguía vivo —se detuvo y cerró los ojos.
Yo no había terminado de presionarle.
—¿Y?
—Mi hermano menor no tuvo el mismo cuidado.
Estaba a punto de preguntarle si su hermano se había unido o había muerto, pero la expresión de su
rostro hizo innecesaria la pregunta. Desvié la mirada, no sabía cómo reaccionar. La verdad es que no
podía entender su pérdida, el dolor que aún le hacía sentir de una forma tan clara. Yo no había dejado
atrás nada que añorase todavía. ¿Era ésa la diferencia? ¿Era ésa la razón por la cual él se detenía a
pensar en unos recuerdos que los demás rehuíamos?
Seguía sin ver cómo encajaba Riley en todo aquello. Riley y la dolorosa hamburguesa con queso.
Quería oír aquella parte de la historia, pero entonces me sentí mal por empujarle a responder.
Afortunadamente para mi curiosidad, Diego prosiguió un minuto después.
—Me descontrolé, digámoslo así. Le robé un arma a un amigo y me fui de caza —se rió de forma
siniestra—. No se me daba tan bien por aquel entonces, pero acabé con el tío que se cargó a mi
hermano antes de que él me liquidase a mí. El resto de su gente me tenía acorralado en un callejón. Y
luego, de repente, allí estaba Riley, entre ellos y yo. Recuerdo haber pensado que era el tipo más pálido
que jamás había visto. Ni siquiera miró a los otros cuando le dispararon, como si las balas fueran
moscas. ¿Sabes lo que me dijo? Pues esto: «¿Quieres una nueva vida, chaval?».
—¡Ja! —me reí—. Eso es mucho mejor que lo mío. Todo lo que yo obtuve fue: «Eh, chica, ¿quieres
una hamburguesa?».
Aún me acordaba del aspecto que Riley tenía aquella noche, aunque la imagen estuviese toda borrosa
porque mi vista era un asco en aquella época. Era el tío más bueno que había visto nunca, alto, rubio y
tan perfecto, cada rasgo. Sabía que sus ojos habían de ser igual de bonitos debajo de las gafas de sol
oscuras que no se quitó en ningún momento; y su voz tan agradable, tan dulce. Creí que sabía lo que
deseaba a cambio de la comida, y también se lo habría dado. No porque fuese tan agradable a la vista,
sino porque no había comido nada excepto basura en dos semanas. Y sin embargo, resultó que lo que
quería era otra cosa.
Diego se rió con la frase de la hamburguesa.
—Debías de estar bastante hambrienta.
—Que te mueres.
—¿Y por qué pasabas tanta hambre?
—Porque fui estúpida y me largué huyendo antes de sacarme el carné de conducir. No podía conseguir
un trabajo de verdad, y era una ladrona penosa.—¿De qué estabas huyendo?
Vacilé. Los recuerdos se iban aclarando poco a poco conforme me iba concentrando en ellos, y no
estaba segura de desear tal cosa.
—Venga, vamos —insistió—. Yo te he contado lo mío.
—Es cierto, lo has hecho. Vale. Estaba huyendo de mi padre, que solía zurrarme bastante. Es probable
que le hiciese lo mismo a mi madre antes de que ella se largase. Yo era muy pequeña entonces y no me
enteraba de mucho. La cosa fue a peor y pensé que si esperaba demasiado acabaría muerta. Él me decía
que si alguna vez me iba, me moriría de hambre. En eso tenía razón, lo único en lo que acertó en cuanto
a mí se refiere. No pienso mucho en ello.
Diego hizo un gesto de asentimiento.
—Es duro recordar ese rollo, ¿verdad? Es todo tan confuso y oscuro.
—Es como intentar ver con barro en los ojos.
—Una buena comparación —me halagó. Entrecerró los ojos como si estuviese intentando ver, y se los
frotó.
Nos volvimos a reír juntos. Muy raro.
—Me parece que no me he reído con nadie desde que conocí a Riley —dijo él dando así voz a mis
pensamientos—. Es agradable. Tú eres agradable, no como los otros. ¿Has intentado alguna vez
mantener una conversación con alguno de ellos?
—No, en absoluto.
—No te estás perdiendo nada, que es adonde yo voy. ¿No disfrutaría Riley de un nivel de vida un poco
más alto si se rodease de vampiros decentes? Si se supone que hemos de protegerla a ella, ¿no debería
él buscárselos listos?
—Así que Riley no necesita cerebros —razoné—. Necesita cantidad.
Diego frunció los labios al valorarlo.
—Si se tratase de ajedrez, no estaría creando alfiles y caballos.
—No somos más que peones —caí en la cuenta.
Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante un minuto eterno.
—Yo no quiero pensar eso —afirmó Diego.
—¿Qué hacemos entonces? —le pregunté, utilizando el plural de manera automática, como si ya
formásemos un equipo.
Meditó sobre mi pregunta un instante, con aspecto de estar incómodo, y lamenté aquella primera
persona del plural. Pero entonces dijo:
—¿Qué vamos a poder hacer si no sabemos lo que está pasando?
Así que no le importaba lo del equipo, y eso me hizo sentir realmente bien, de un modo que no
recordaba haberme sentido nunca.
—Supongo que mantener los ojos bien abiertos, prestar atención, intentar deducirlo.
Asintió.
—Tenemos que pensar en todo lo que nos haya dicho Riley, en todo lo que ha hecho —se detuvo,
pensativo—. Ya sabes, una vez intenté hablar con él de algo de esto, pero a Riley no pudo haberle
importado menos. Me dijo que me centrase en cosas de mayor relevancia, como la sed. Que por otro
lado era lo único en lo que podía pensar entonces, por supuesto. Me hizo salir de caza y dejé de
preocuparme...
Observé cómo pensaba en Riley. Tenía la mirada perdida mientras revivía el recuerdo, y yo tenía mis
dudas. Diego era mi primer amigo en esta vida, pero yo no era el suyo.
De repente, me volvió a sobresaltar con su razonamiento.
—¿Qué hemos aprendido de Riley, entonces?
Me concentré y fui recorriendo mentalmente los tres últimos meses.
—La verdad es que no nos cuenta mucho, ya lo sabes. Sólo los fundamentos de los vampiros.
—Tenemos que escuchar con mayor atención.
Permanecimos sentados en silencio, valorando aquello último. Yo pensaba en lo mucho que
desconocía, principalmente, y en por qué no me había preocupado hasta ahora por todo lo que no sabía.
Era como si hablar con Diego me hubiese aclarado las ideas. Por primera vez en tres meses, la sangre
no era lo más importante.
El silencio duró un rato. El orificio negro a través del cual yo había notado que entraba aire fresco en la
cueva ya no era tan negro. Ahora era de color gris oscuro y a cada segundo que pasaba se iba aclarando
de manera infinitesimal. Diego se percató de que lo observaba nerviosa.
—No te preocupes —me dijo—. En los días soleados se cuela aquí una luz muy tenue. No te hace nada
—e hizo un gesto de indiferencia.
Escruté más de cerca la abertura en el suelo, donde el agua iba desapareciendo a medida que la marea
bajaba.
—En serio, Bree. Ya he estado aquí abajo otras veces durante el día. Le hablé a Riley de esta cavidad y
de que estaba llena de agua en su mayoría, y él dijo que era un buen sitio para cuando necesitase salir
de esa casa de locos. De todas formas, ¿tengo aspecto de haberme chamuscado?
Vacilé al pensar en lo diferente que era su relación con Riley de la mía. Arqueó las cejas a la espera de
una respuesta.
—No —dije finalmente—. Pero...
—Mira —me interrumpió con impaciencia. Reptó veloz para llegar al túnel y metió allí el brazo hasta
el hombro—. Nada.
Asentí una vez.
—¡Tranquilízate! ¿Quieres que pruebe a ver hasta qué altura puedo llegar? —fue metiendo la cabeza en
el conducto conforme hablaba y empezó a ascender.
—No lo hagas, Diego —había desaparecido ya de mi vista—. Estoy tranquila, lo juro.
Se estaba riendo, y sonaba como si ya hubiese avanzado varios metros por el túnel. Quería ir tras él,
agarrarle del pie y tirar de él para traerlo de vuelta, pero estaba petrificada por la ansiedad. Sería
estúpido arriesgar mi vida para salvar la de un completo extraño. Pero no había tenido nada semejante a
un amigo en la eternidad. A esas alturas ya iba a resultarme duro volver a estar sin nadie con quien
hablar, tras una sola noche.
—No me estoy quemando
1
—voceó desde arriba en tono de guasa—. Espera... ¿Qué...? ¡Ah!
—¿Diego?
Atravesé la cueva de un salto e introduje la cabeza en el túnel. Su rostro estaba allí mismo, a
centímetros del mío.
—¡Bu!
Retrocedí de un respingo ante su proximidad; un acto reflejo sin más, un viejo hábito.
—Muy divertido —dije con sequedad al tiempo que me apartaba y él se deslizaba de nuevo en el
interior de la cueva.
—Chica, necesitas relajarte. Esto ya lo he investigado, ¿vale? La luz indirecta del sol no causa ningún
daño.
—¿Me estás diciendo entonces que me puedo poner a la maravillosa sombra de un árbol sin que me
pase nada?
Dudó unos instantes, como si se estuviese debatiendo entre contarme algo o no hacerlo, y entonces me
dijo en voz baja:
—Yo lo hice una vez.
Me quedé mirándole, a la espera de su sonrisa, porque aquello era una broma.
Ni rastro de ella.
—Riley dijo... —arranqué yo, y entonces mi voz se fue apagando.
—Sí, ya sé lo que dijo Riley —admitió—. Puede que Riley no sepa tanto como él dice.
—Pero ¿y Shelly y Steve? ¿Doug y Adam? ¿Aquel chico pelirrojo? Todos ellos. Ya no están porque no
regresaron a tiempo. Riley vio las cenizas —las cejas de Diego se juntaron en un gesto de tristeza—.
Todo el mundo sabe que los vampiros de antaño tenían que permanecer en ataúdes durante el día —
proseguí— para protegerse del sol. Eso es saber común, Diego.
—Tienes razón. Todos los relatos dicen eso, sin duda.
—Y de todas formas, ¿qué ganaría Riley encerrándonos en un sótano donde no llegase la luz, un gran
ataúd colectivo, durante todo el día? Lo que hacemos es demoler la casa, y él tiene que ocuparse de las
peleas, es un caos constante. No me puedes estar diciendo que Riley disfruta con ello.
Algo de lo que dije le sorprendió. Se quedó sentado con la boca abierta durante un segundo; entonces la
cerró.
—¿Qué?
—Saber común —repitió él—. ¿Qué hacen los vampiros metidos en ataúdes todo el día?
—Mmm... Ya, claro, se supone que dormir, ¿no? Aunque yo me imagino que lo más probable es que se
queden ahí tumbados y aburridos, porque nosotros no... Vale, entonces esa parte es incorrecta.
—Exacto. En los relatos no están simplemente dormidos, están totalmente inconscientes. No se pueden
despertar. Un humano puede llegar tan campante y clavarles una estaca, sin problema ninguno. Y ésa es
otra: las estacas. ¿De verdad crees que alguien puede atravesarte con un trozo de madera?
Me encogí de hombros.
—La verdad es que no he pensado en ello. Es decir, supongo que no con un trozo normal de madera,
obviamente. Puede que la madera afilada tenga algún tipo de... yo qué sé. Propiedades mágicas o algo
así.
Diego resopló.
—Por favor.
—Vale, no lo sé. De todas formas, yo no me quedaría ahí quieta mientras un humano viene corriendo
hacia mí con un palo de escoba afilado.
Diego —todavía con una especie de gesto de asco en el rostro, como si la magia fuera realmente algo
tan lejano siendo un vampiro— se puso de rodillas y empezó a rascar con los dedos la piedra caliza que
había sobre él. Se le llenó el pelo de fragmentos minúsculos de piedra, pero él no se inmutó.
—¿Qué haces?
—Experimentar.
Escarbó con ambas manos hasta que pudo ponerse en pie, y siguió adelante.
—Diego, sal a la superficie y explotas. Para ya.
—No estoy intentando... Ah, allá vamos.
Se produjo un fuerte crujido, y otro más a continuación, pero no hubo nada de luz. Se volvió a agachar,
hasta donde yo pudiera verle la cara, con el trozo de la raíz de un árbol en la mano blanca, muerta y
seca bajo los terrones de arena. El extremo por donde la había partido formaba una punta afilada y
desigual. Me la tiró.
—Clávamela.
Se la tiré de vuelta.—Olvídalo.
—Lo digo en serio. Sabes que no puede hacerme daño —volvió a lanzarme la raíz, describiendo un
arco. En lugar de atraparla, le di un golpe para devolverla.
La agarró al vuelo y masculló:
—¡Cómo puedes ser tan... supersticiosa!
—Soy un vampiro. Si eso no demuestra que la gente supersticiosa tiene razón, entonces no sé yo qué lo
demostrará.
—Muy bien, yo lo haré.
Sostuvo la raíz apartada de sí en un gesto dramático, el brazo extendido, como si se tratase de una
espada y estuviese a punto de atravesarse.
—Venga ya —le dije inquieta—. Esto es estúpido.
—Ahí voy yo. A que no hay nada en juego.
Destrozó la raíz contra su pecho justo en el lugar donde antes le latía el corazón, con la fuerza
suficiente como para atravesar un bloque de granito. Me quedé helada de pánico hasta que se rió.
—Tendrías que verte la cara, Bree.
Jugueteó con las astillas de madera rota entre los dedos. La raíz destrozada cayó al suelo en añicos.
Diego se sacudió la camisa, aunque ya estaba demasiado sucia de tanto nadar y excavar para que el
esfuerzo le sirviese de algo. Ambos tendríamos que robar más ropa en la próxima oportunidad que se
nos presentase.
—Quizá sea diferente cuando lo hace un humano.
—¿Lo dices por lo mágica que tú te sentías cuando eras humana?
—No lo sé, Diego —dije con exasperación—. Yo no me inventé todas esas historias.
Asintió, ahora más serio de repente.
—¿Y si las historias son exactamente eso? Un invento.
Suspiré.
—¿Y eso qué cambiaría?
—No estoy seguro, pero si vamos a analizar con detenimiento por qué estamos aquí, por qué Riley nos
llevó hasta ella, por qué sigue haciendo más de nosotros, entonces tenemos que ser capaces de
comprender tanto como nos sea posible —arrugó la frente, desaparecido ya de su semblante todo rastro
de risa alguna.
Yo sólo pude mirarlo fijamente. No tenía respuestas.
Se suavizó un poco la expresión de sus facciones.
—Esto es de una gran ayuda, ¿sabes? Hablar de ello me ayuda a concentrarme.
—A mí también —le dije—. No sé por qué no había pensado jamás en esto. Parece tan obvio. Pero si
nos ponemos juntos en ello... no sé. Me mantiene más encarrilada.
—Exacto —Diego me sonrió—. Me alegro mucho de que salieses esta noche.
—No te pongas empalagoso conmigo ahora.
—¿Qué? ¿No quieres que seamos IAEs? —abrió mucho los ojos, el tono de su voz se volvió una
octava más agudo, y se partió de risa tras aquella expresión tan torpe.
Puse los ojos en blanco sin estar completamente segura de si se estaba riendo de lo que había dicho o
de mí.
—Venga, Bree, por favor, sé mi íntima amiga para la eternidad —seguía de broma, pero su amplia
sonrisa era natural y... optimista. Me mostró la mano extendida.
Esta vez fui de verdad a chocarle los cinco y, hasta que me cogió la mano y la sostuvo, no me percaté
de que él había pretendido algo distinto.
Resultaba sorprendentemente extraño tocar a otra persona después de toda una vida —porque los
últimos tres meses eran toda mi vida— de evitar todo tipo de contacto. Igual que tocar una línea de alta
tensión caída, entre chispas, sólo para descubrir que la sensación era agradable.
Sentía que la sonrisa en mi cara estaba un poco torcida.
—Cuenta conmigo.
—Excelente. Nuestro propio club privado.
—Muy exclusivo —coincidí.
Él aún tenía mi mano. No la movía como en un apretón, pero tampoco la sujetaba exactamente.
—Necesitamos un saludo secreto.
—De eso te puedes encargar tú.
—Por lo tanto, el club supersecreto de los íntimos amigos es llamado al orden, todos presentes, el
saludo secreto habrá de ser ideado en una fecha posterior —dijo—. Primer orden del día: Riley.
¿Ignorante? ¿Mal informado? ¿O mentiroso?
Sus ojos se hallaban fijos sobre los míos conforme hablaba, abiertos de par en par y sinceros. No hubo
ningún cambio en el momento en que pronunció el nombre de Riley. En aquel instante estuve segura de
que no había fundamento en las historias sobre Diego y Riley. Tan sólo era que Diego llevaba más
tiempo allí que el resto, nada más. Podía confiar en él.
—Añádase esto a la lista —le dije—. Planes. En lo referente a ¿cuáles son los suyos?
—Has dado en el blanco. Eso es exactamente lo que hemos de averiguar. Pero antes, otro experimento.
—Esa palabra me pone nerviosa.
—La confianza es un componente esencial de la parafernalia del club secreto.
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