sábado, 7 de diciembre de 2013

Capitulo 4

—Genial. Ya te apartaré antes de que nos vayamos para que así me puedas contar cómo ha ido. Lo haré
de manera informal, no como esta noche. No quiero que se sienta como si le estuviese espiando.
—Vale.
Riley me hizo un gesto para que le siguiese y se dirigió de vuelta al sótano.
El entrenamiento duró todo el día, pero yo no tomé parte en él. Después de que Riley regresase con sus
líderes de equipo, yo ocupé mi lugar junto a Fred. Los demás se habían dividido en cuatro grupos de
cuatro, bajo la dirección de Raoul y Kristie. Nadie había escogido a Fred, o tal vez él les hubiese hecho
caso omiso, o quizá ni siquiera fueran capaces de ver que estaba allí. Yo aún podía verle. Destacaba: el
único que no participaba, un gran elefante rubio en la habitación.
Yo tampoco albergaba deseo alguno de ofrecerme para formar parte del equipo de Raoul o el de Kristie,
así que me limité a observar. Nadie parecía haberse dado cuenta de que yo estaba ahí sentada al
margen, con Fred. A pesar de que debíamos de ser algo parecido a invisibles gracias al «talento» de
Fred, yo me sentía horriblemente obvia. Ojalá fuera también invisible a mis ojos, ojalá pudiera ver
también la ilusión óptica y así confiar en ella. Aun así, nadie reparó en nosotros, y pasado un rato, pude
casi relajarme.
Observé el entrenamiento con atención. Deseaba estar al tanto de todo, por si acaso. No tenía intención
de combatir, mi intención era encontrar a Diego y largarnos de allí. Pero ¿y si Diego quería luchar? O
¿qué pasaría si tuviéramos que pelear para escaparnos de los demás? Más me valía prestar atención.
Sólo una vez hubo alguien que preguntó por Diego. Fue Kevin, aunque me daba la sensación de que se
lo había encargado de Raoul.
—Al final a Diego lo han achicharrado, ¿eh? —preguntó Kevin en un forzado tono jocoso.
—Diego está con ella —contestó Riley, y nadie tuvo que preguntar a quién se refería—. De vigilancia.
Algunos sintieron un escalofrío, y nadie volvió a decir nada sobre Diego.
¿Estaba de verdad con ella? La idea me encogía el corazón. Tal vez Riley lo dijera tan sólo para evitar
que la gente le preguntasen. Era probable que no quisiera que Raoul se pusiese celoso o se sintiera por
debajo de Diego justo cuando Riley lo necesitaba en su estado de ánimo más arrogante posible. No
podía estar segura y tampoco iba a preguntar. Guardé silencio, como siempre, y observé las prácticas.
En el fondo, ver aquello era aburrido, me daba sed. Riley no dio tregua a su ejército durante tres días y
dos noches seguidas. Durante el día era más difícil mantenerse al margen por lo hacinados que
estábamos todos en el sótano. En cierto modo, a Riley le facilitaba las cosas: le solía dar tiempo de
parar una pelea antes de que pasara a mayores. En el exterior, de noche, había más espacio para que los
unos se moviesen alrededor de los otros, pero Riley se la pasaba entera ocupado corriendo de aquí para
allá para recoger extremidades y devolvérselas a sus propietarios con rapidez. Contenía bien su carácter
y, esta vez, anduvo bastante listo a la hora de encontrar todos los mecheros. Yo habría apostado por que
aquello se iba a descontrolar, por que perderíamos al menos un par de miembros del aquelarre con
Raoul y Kristie de refriega sin parar durante días. Pero Riley tenía sobre ellos un control muy superior
al que yo creía posible.
Sin embargo, todo era principalmente a base de repetición. Me percaté de que Riley no paraba de decir
siempre lo mismo, una y otra vez: «trabaja en equipo, vigila tu espalda, no vayas de frente a por ella»;
«trabaja en equipo, vigila tu espalda, no vayas de frente a por él»; «trabaja en equipo, vigila tu espalda,
no vayas de frente a por ella». Era ridículo, de verdad, y lograba que el grupo pareciese increíblemente
estúpido. Pero tenía la seguridad de que yo habría sido igual de estúpida de haberme encontrado metida
de lleno en el combate con ellos en lugar de verlo tranquila desde la barrera con Fred.
En cierto modo me recordó a la manera en que Riley nos había inculcado el miedo al sol. La repetición
constante.
Aun así, aquello era tan aburrido que, tras aproximadamente diez horas en aquel primer día, Fred sacó
una baraja de cartas y se puso a hacer solitarios. Eso era más interesante que ver los mismos errores una
y otra vez, así que pasé la mayor parte del tiempo observándolo a él.
Alrededor de otras doce horas más tarde —volvíamos a estar dentro— le di un golpecito a Fred con el
codo para señalarle un cinco rojo que podía colocar. Asintió y movió la carta. Después de esa mano,
repartió cartas para los dos y jugamos al rummy. No dijimos una palabra, pero Fred sonrió un par de
veces. Nadie nos miró ni nos pidió que nos uniésemos a ellos.
No había intervalos de caza y, conforme pasaba el tiempo, aquello iba siendo más y más difícil de
ignorar. Las peleas estallaban con mayor regularidad y con menores provocaciones. Las órdenes de
Riley se volvieron más estridentes, y él mismo arrancó un par de brazos. Intenté olvidar la ardiente sed
en la medida de lo posible —al fin y al cabo, Riley debía de estar sufriéndola también, así que aquello
no podía durar para siempre— pero la sed era prácticamente la única cosa que tenía en la cabeza. Fred
comenzaba a mostrar un aspecto bastante tenso.
La tercera noche, temprano —faltaba un día y, cuando pensaba en el paso del tiempo, se me hacía un
nudo en el estómago vacío—, Riley ordenó detener todos los combates ficticios.
—Venid aquí, chicos —nos dijo, y todos formamos algo parecido a un semicírculo frente a él. Los
grupos originales se mantuvieron juntos, así que el entrenamiento no había modificado ninguna de
aquellas alianzas. Fred se guardó las cartas en el bolsillo de atrás y se puso en pie. Yo permanecí a su
lado con la confianza de que su aura de repulsión me ocultase.
—Lo habéis hecho bien —nos dijo—. Esta noche tenéis una recompensa. Beberéis, porque mañana
vais a desear vuestra fuerza —casi todo el mundo soltó rugidos de alivio—. Y digo desear y no
necesitar por una razón —prosiguió—. Creo, chicos, que lo habéis conseguido. Habéis sido
inteligentes y habéis hecho un gran esfuerzo. ¡Nuestros enemigos no van a saber de dónde les vienen
los golpes!
Kristie y Raoul rugieron, y sus compañías los imitaron enseguida. Me sorprendió verlo, pero sí que
parecían un ejército en ese momento. No es que estuviesen desfilando en formación ni nada por el
estilo, pero en su respuesta había cierta uniformidad. Como si todos formaran parte de un gran
organismo. Como siempre, Fred y yo éramos las flagrantes excepciones, pero pensé que sólo Riley
podía fijarse apenas un poco en nosotros: cada dos por tres su mirada escrutaba la zona en la que nos
encontrábamos, prácticamente como si lo comprobase para tener la certeza de que aún sentía el talento
de Fred. Y a Riley no parecía importarle que no nos uniésemos. Al menos por ahora.
—Quieres decir mañana por la noche, ¿verdad, jefe? —aclaró Raoul.
—Así es —dijo Riley con una extraña sonrisita.
Al parecer, ningún otro reparó en nada extraño en su respuesta, a excepción de Fred. Bajó la mirada
hacia mí con una ceja arqueada. Yo me encogí de hombros.
—¿Estáis listos para vuestra recompensa? —su pequeño ejército rugió en respuesta—. Esta noche vais
a tener un adelanto de cómo será nuestro mundo cuando nuestra competencia esté fuera del mapa.
¡Seguidme!
Riley se alejó a grandes zancadas. Raoul y su equipo le pisaban los talones. El grupo de Kristie
comenzó a dar empujones y zarpazos en medio de ellos para lograr ponerse al frente.
—¡No me hagáis cambiar de opinión! —vociferó Riley desde los árboles que había más adelante—. Os
podéis morir de sed. ¡Me da igual!
Kristie ladró una orden, y su grupo se situó con hosquedad detrás del de Raoul. Fred y yo esperamos a
que el último hubiera desaparecido de nuestra vista. Entonces Fred realizó con el brazo uno de esos
gestos de las damas primero. No fue como si temiese tenerme a su espalda, sólo estaba siendo educado.
Comencé a correr tras el ejército.
Los demás ya nos llevaban una buena ventaja, pero no costaba nada seguir su olor. Fred y yo corrimos
en un amigable silencio. Me preguntaba en qué estaría pensando. Tal vez sólo estuviese sediento. Yo
ardía, así que él probablemente también. Alcanzamos al grupo en unos cinco minutos, pero
mantuvimos nuestra distancia.
La tropa se movía en un silencio sorprendente. Estaban concentrados y aún más... eran disciplinados.
En cierto modo deseé que Riley hubiese empezado antes la instrucción. Era más fácil andar con este
grupo.
Cruzamos por encima de una autovía vacía, otra franja de bosque y nos encontramos en una playa. El
agua estaba en calma y nos habíamos dirigido casi directos al norte, así que aquello debía de ser el
estrecho. No habíamos pasado cerca de ningún lugar habitado, y estaba segura de que había sido a
propósito. Sedientos e irritables, no haría falta demasiado para que aquella pizca de organización se
disolviese en una escandalosa masacre.
Nunca habíamos ido de caza todos juntos, y ahora tenía la seguridad de que no se trataba de una buena
idea. Recordaba a Kevin y a Spiderman peleándose por la mujer del coche aquella primera noche que
hablé con Diego. Más le valdría a Riley disponer de un buen montón de cuerpos para nosotros o la
gente iba a empezar a matarse entre sí para conseguir el máximo de sangre.
Riley se detuvo en la orilla.
—No os reprimáis —nos dijo—. Os quiero bien alimentados y fuertes: a tope. Ahora... vamos a pasarlo
bien.
Se sumergió con suavidad en la marea. Los demás también lo hicieron, pero soltando rugidos de
exaltación. Fred y yo los seguimos más de cerca que antes ya que no podríamos rastrear su olor bajo el
agua. Pero pude notar que Fred dudaba, listo para salir pitando si aquello era algo más que un bufet
libre. Parecía que no se fiaba de Riley ni una pizca más que yo.
No habíamos nadado mucho y ya vimos que los demás se dirigían a la superficie. Fred y yo lo hicimos
los últimos, y Riley comenzó a hablar en cuanto nuestras dos cabezas asomaron fuera del agua, como si
nos hubiese estado esperando. Él debía de sentir a Fred más que el resto.
—Ahí está —dijo señalando un gran ferry que marchaba con rumbo sur, probablemente en su último
trayecto de la noche desde Canadá—. Dadme un minuto. Cuando se quede a oscuras, es todo vuestro.
Se produjo un murmullo nervioso. A alguien se le escapó una risa tonta. Riley salió como un tiro y,
segundos después, le vimos subir volando uno de los costados del enorme barco. Se fue directo a la
torre de control, en lo alto del barco. A silenciar la radio, apostaba yo. Él podría decir todo lo que
quisiese acerca de que aquellos enemigos fuesen la razón de tener cuidado, pero yo estaba segura de
que había mucho más que eso. Se suponía que los humanos no habían de saber de los vampiros. Al
menos, no por mucho tiempo, lo justo para matarlos.
Riley arrancó de una patada el vidrio de una gran ventana y desapareció dentro de la torre. Cinco
segundos después se apagaron las luces.
Me di cuenta de que Raoul ya se había marchado. Debía de haberse sumergido para que así no
pudiésemos oír cómo se iba detrás de Riley. Todos los demás se pusieron en marcha, y el agua se
removió como si un enorme banco de barracudas se lanzase al ataque.
Fred y yo fuimos nadando detrás de ellos a un ritmo relativamente cómodo. De una forma muy
graciosa, era como si fuésemos un matrimonio de abuelos. No hablábamos nunca, pero seguíamos
haciendo las cosas exactamente al mismo tiempo.
Llegamos al barco unos tres segundos más tarde, y el aire ya se había colmado de gritos y del cálido
aroma de la sangre. El olor me hizo percatarme de lo sedienta que estaba, y eso fue lo último en que
reparé. Mi cerebro se desenchufó por completo. No había nada más que el dolor feroz en mi garganta y
la deliciosa sangre —sangre por doquier— que prometía extinguir aquel fuego.
Cuando todo terminó y en el barco no quedó un solo corazón que latiese, yo ya no sabía a cuánta gente
había matado. Con facilidad, más del triple que en mis anteriores salidas de caza. Me había puesto
morada. Bebí mucho más allá del punto en el que se había aplacado mi sed por completo, sólo por el
sabor de la sangre. La mayoría de la del barco estaba limpia y deliciosa, los pasajeros no eran escoria. A
pesar de no haberme cortado, yo me encontraría probablemente en la parte baja de la clasificación por
número de víctimas. Raoul se encontraba rodeado de cadáveres hechos pedazos, que en realidad
formaban una pila. Él se había sentado en lo alto de su montaña de muertos y se reía solo, escandaloso.
No era el único que se reía. El oscuro barco rebosaba sonidos de deleite. Oí a Kristie decir:
—Ha sido increíble, ¡tres hurras por Riley!
Y parte de su grupo formó un estridente coro de hurras, igual que una banda de borrachos felices.
Jen y Kevin se asomaron empapados a la cubierta.
—Hemos pillado a todos, jefe —gritó Jen a Riley. De manera que algunos humanos habían intentado
huir a nado. Yo ni me había dado cuenta.
Miré a mi alrededor en busca de Fred. Me costó un buen rato encontrarlo. Me percaté por fin de que no
podía fijar la vista en la esquina del fondo, junto a las máquinas expendedoras, y me dirigí hacia allí. Al
principio me sentí como si el balanceo del ferry me estuviese mareando, pero entonces me acerqué lo
bastante como para que se desvaneciese la sensación y pude ver a Fred de pie junto a la ventana. Me
dedicó una rápida sonrisa y elevó la mirada por encima de mi cabeza. La seguí y vi que observaba a
Riley. Me pareció que llevaba haciéndolo un buen rato.
—Muy bien, chicos —dijo Riley—, ya habéis probado la vida placentera, ¡pero ahora tenemos un
trabajo que hacer! tTodos rugieron con entusiasmo—. Tengo tres últimas cosas que contaros, y una de
ellas incluye un pequeño postre, así que ¡hundamos esta gabarra y volvamos a casa! El ejército se puso a desmantelar el barco entre una mezcla de risas y gruñidos. Fred y yo saltamos por
la ventana y observamos la maniobra desde una corta distancia. El ferry no tardó mucho en arrugarse
por el centro con un estruendo de metal. La sección central se hundió primero, de manera que la proa y
la popa se retorcieron y se elevaron apuntando al cielo. Se hundieron la una detrás de la otra; la popa
ganó a la proa por unos pocos segundos. El banco de barracudas se dirigió hacia nosotros. Fred y yo
nadamos a la orilla.
Corrimos a casa con los demás, si bien mantuvimos nuestra distancia. Fred me miró un par de veces
como si hubiera algo que me quisiera decir, pero ambas veces pareció haber cambiado de opinión.
De vuelta en el refugio, Riley hizo que el ambiente de celebración amainase. Aun habiendo pasado
unas horas, seguía liado en su intento por devolver a todo el mundo a la senda de la seriedad. Por una
vez, no eran discusiones lo que tenía que calmar, sino la euforia. Si las promesas de Riley eran falsas,
tal y como yo pensaba, se iba a ver metido en un lío cuando finalizase la emboscada. Ahora que todos
estos vampiros se habían dado un verdadero festín, no iban a volver a aceptar ningún tipo de restricción
con facilidad. Por esta noche, no obstante, Riley era un héroe.
Finalmente —un buen tiempo después de que saliera el sol, según mis cálculos— todo el mundo
guardaba silencio y prestaba atención. Por la expresión en sus caras se diría que estaban dispuestos a
escuchar cualquier cosa que él les tuviera que decir.
Riley subió las escaleras hasta la mitad con el rostro serio.
—Tres cosas —arrancó—. Primero, queremos estar seguros de que atacamos al aquelarre correcto. Si
por accidente nos tropezásemos con otro clan y los matásemos, pondríamos nuestras cartas al
descubierto. Queremos que nuestros enemigos se confíen en exceso y que estén desprevenidos. Hay
dos cosas que identifican a este aquelarre. Una, que tienen un aspecto distinto, tienen los ojos amarillos.
Se produjo un murmullo por la confusión.
—¿Amarillos? —repitió Raoul en un tono de asco.
—Ahí fuera hay mucho del mundo de los vampiros con lo que no os habéis encontrado aún. Ya os dije
que este clan tiene muchos años. Sus ojos son más débiles que los nuestros, amarillean por la edad.
Otra ventaja de nuestro lado —asintió para sí, como si se estuviera diciendo «una cosa menos»—. Pero
existen otros vampiros mayores, de manera que hay otro modo de reconocerlos con seguridad... y es
aquí donde el postre que mencioné entra en juego —Riley sonrió de un modo astuto y aguardó un
instante—. Esto va a ser difícil de procesar —advirtió—. Yo no lo entiendo, aunque lo he visto con mis
propios ojos. Estos vampiros ancianos se han ablandado tanto que incluso tienen como miembro de su
aquelarre a un humano de su agrado.
La revelación fue recibida con un rotundo silencio. Con total incredulidad.
—Lo sé, es difícil de digerir, pero es la verdad. Sabremos sin duda que son ellos porque los
acompañará una chica humana.
—Pero... ¿cómo? —preguntó Kristie—. ¿Quieres decir que van por ahí con la comida a cuestas o algo
así?
—No. Se trata siempre de la misma chica, la única, y no tienen intención de matarla. No sé cómo lo
consiguen, ni por qué. Tal vez sólo quieran mostrarse diferentes. Quizá quieran presumir de su
autocontrol. Tal vez piensen que eso los hace parecer más fuertes. Para mí no tiene sentido, pero la he
visto. Es más, la he olido —con parsimonia y dramatismo, Riley rebuscó en su cazadora y extrajo una
bolsa de plástico hermética que contenía una tela roja—. En las últimas semanas he hecho alguna labor
de reconocimiento para tener controlado al clan de los ojos amarillos tan pronto como se acercase —
hizo una pausa para dedicarnos una mirada paternal—. Yo cuido de mis chicos. Muy bien, en el
instante en que vi que venían a por nosotros, me hice con esto —mostró la bolsa— para ayudarnos a
rastrearlos. Quiero que todos os familiaricéis con este olor.
Le entregó la bolsa a Raoul, que abrió el cierre a presión e inhaló con fuerza. Miró a Riley con cara de
sorpresa.
—Lo sé —dijo Riley—. Sorprendente, ¿verdad?
Raoul entrecerró los ojos en un gesto pensativo y le pasó la bolsa a Kevin.
Uno por uno, todos los vampiros olisquearon la bolsa, y todos reaccionaron con unos ojos
exageradamente abiertos, ningún otro gesto. Sentía tanta curiosidad que me escabullí de Fred hasta que
percibí la náusea y supe que me hallaba fuera de su perímetro. Fui avanzando hasta llegar junto a
Spiderman, que parecía ser el último de la fila. Cuando le llegó su turno, olisqueó el interior de la bolsa
y estuvo a punto de devolvérsela al chico que se la había pasado a él, pero levanté la mano y le chisté.
Tuvo que mirarme dos veces, como si no me hubiera visto allí antes, y me la pasó a mí.
La tela roja tenía el aspecto de una camisa. Metí la nariz en la abertura, no le quité ojo a los vampiros a
mí alrededor, por si acaso, e inhalé.
Ah. Ahora comprendía aquellas expresiones y notaba una similar en mi rostro, porque el humano que
se había puesto la camisa sí que tenía la sangre dulce. Cuando Riley habló de un «postre», tenía más
razón que un santo. Por otro lado, yo estaba menos sedienta que nunca, así que, mientras que los ojos
se me abrían al valorarlo, no sentía el suficiente dolor en la garganta como para hacer una mueca. Sería
increíble probar aquella sangre pero, en aquel preciso instante, no me causaba dolor no poder hacerlo.
Me preguntaba cuánto tardaría en volver a estar sedienta. Habitualmente, el dolor comenzaba a regresar
a las pocas horas de haberme alimentado, y a partir de entonces, no hacía más que empeorar y
empeorar hasta que —un par de días después— resultaba imposible ignorarlo un solo segundo. ¿Se
retrasaría aquel proceso gracias a la excesiva cantidad de sangre que acababa de beber? Me imaginé
que pronto lo vería.
Miré a mí alrededor para asegurarme de que nadie estaba esperando la bolsa, porque pensé que Fred
sentiría también curiosidad. Riley captó mi mirada, sonrió ligeramente e hizo un leve gesto con la
barbilla en dirección a la esquina donde se encontraba Fred. Eso me hizo querer hacer justo lo contrario
de lo que había pensado, pero qué más daba. Tampoco quería que Riley sospechase de mí.
Volví hacia Fred e hice caso omiso de la náusea hasta que se desvaneció y me hallé justo a su lado. Le
entregué la bolsa. Al parecer le agradó que me acordase de incluirle; sonrió y esnifó la camisa. Un
segundo más tarde asentía para sí, pensativo. Me devolvió la bolsa con una mirada significativa. Pensé
que la próxima vez que nos encontrásemos a solas, me contaría lo que antes ya me había parecido que
deseaba compartir. Le tiré la bolsa a Spiderman, que reaccionó como si le hubiera caído del cielo, pero
aun así logró atraparla antes de que tocase el suelo.
Todo el mundo murmuraba sobre el olor. Riley dio dos palmadas.
—Muy bien, he ahí el postre del que os había hablado. La chica estará con el clan de los ojos amarillos.
El primero que llegue hasta ella se lleva el postre. Tan simple como eso.
Rugidos de agradecimiento, rugidos competitivos.
Simple sí, pero... un error. ¿No se suponía que habíamos de destruir al aquelarre de los ojos amarillos?
Se suponía que la unión iba a ser la clave y no que se tratase de un premio para el primero que llegara,
algo que sólo podría alcanzar uno de los vampiros. El único resultado garantizado de este plan era un
humano muerto. A mí se me ocurría media docena de formas más productivas de motivar a este
ejército. El que mate a más vampiros de ojos amarillos se lleva a la chica; el que demuestre una mayor
capacidad de trabajo en equipo se lleva a la chica; el que más se ciña al plan establecido; el que mejor
obedezca las órdenes; el MVP, etcétera. Había que centrarse en el peligro, que desde luego no era la
humana.
Observé a los demás a mí alrededor y tuve claro que ninguno de ellos estaba siguiendo la misma
secuencia lógica. Raoul y Kristie se desafiaban mutuamente con la mirada. Oí a Sara y a Jen discutir en
susurros acerca de la posibilidad de compartir el premio.
Bueno, quizá Fred lo hubiese captado. Él también fruncía el ceño.
—Y la última cosa —dijo Riley. Por primera vez había en su voz un tono reticente—. Es probable que
esto os resulte aún más difícil de aceptar, así que os lo mostraré. No os voy a pedir que hagáis nada que
no vaya a hacer yo. Recordadlo: yo recorro con vosotros cada paso del camino —los vampiros se
volvieron a quedar muy quietos. Vi que Raoul tenía de nuevo la bolsa de plástico y la agarraba de un
modo posesivo—. Aún os quedan muchas cosas por aprender acerca de ser un vampiro —prosiguió
Riley—. Algunas tienen más sentido que otras, y ésta es una de esas que no suenan muy bien al
principio; pero yo mismo he pasado por ello y os lo voy a mostrar —se quedó pensando durante un
largo segundo—. Cuatro veces al año, el sol brilla en un ángulo indirecto determinado y, durante ese
único día, cuatro veces al año, es seguro... para nosotros quedar expuestos al sol —se detuvo hasta el
más leve de los movimientos. No se oía una sola respiración. Riley se estaba dirigiendo a un montón de
estatuas—. Uno de esos días especiales está empezando ahora. El sol que está saliendo hoy no nos hará
daño a ninguno de nosotros, y vamos a utilizar esta curiosa excepción para sorprender a nuestros
enemigos.
Mis pensamientos daban vueltas, patas arriba. De manera que Riley sabía que era seguro ponernos al
sol; o no lo sabía, y nuestra creadora le había contado esta historia de los cuatro días. O... aquello era
verdad, y Diego y yo habíamos tenido la suerte de encontrarnos en uno de esos días, excepto por el
hecho de que Diego ya había salido antes a la sombra. Y Riley estaba convirtiéndolo en una especie de
solsticio estacional, mientras que Diego y yo habíamos estado tan panchos al sol hacía apenas cuatro
días.
Podía entender que Riley y nuestra creadora pretendiesen controlarnos con el temor del sol. Tenía
sentido. Pero ¿por qué contar ahora la verdad de un modo tan parcial?
Apostaría a que tenía algo que ver con los aterradores encapuchados. Ella probablemente quería ganar
tiempo antes de su fecha tope. Los encapuchados no habían prometido dejarla vivir cuando matásemos
a todos los vampiros de los ojos amarillos. Supuse que ella desaparecería en el preciso instante en que
cumpliese su objetivo aquí: matar al clan de los ojos amarillos y tomarse unas largas vacaciones en
Australia o cualquier sitio en el otro extremo del mundo. Y me daba en la nariz que no nos iba a enviar
invitaciones con nuestro nombre grabado. Tendría que encontrar a Diego rápido para poder largarnos
también, pero en la dirección opuesta de Riley y nuestra creadora. Y debía contárselo a Fred. Decidí
hacerlo en cuanto estuviésemos un momento a solas.
Cuánta manipulación había en aquel discursito, y yo ni siquiera tenía la certeza de estar detectándola
toda. Ojalá Diego estuviese a mi lado y pudiésemos analizarlo juntos.
De estar Riley inventándose sobre la marcha este rollo de los cuatro días, yo me creía capaz de
entender el porqué. No podía plantarse allí y decir: «Oye, que os he estado mintiendo toda vuestra vida,
pero ahora os estoy diciendo la verdad». Él quería que le siguiéramos a la batalla, no podía socavar la
poca o la mucha confianza que se hubiese ganado.
—Es lógico os aterrorice que la idea —dijo Riley a las estatuas—. La razón de que sigáis vivos es que
hicisteis caso cuando os dije que había que tener cuidado. Habéis vuelto a casa a tiempo, no habéis
cometido errores. Habéis permitido que ese temor os haga más listos y cautelosos. No espero que dejéis
ahora a un lado ese temor inteligente así como así. No espero que salgáis corriendo por esa puerta sólo
con mi palabra, sino que... —recorrió la estancia una sola vez con la mirada— espero que me sigáis al
exterior.
Apartó la vista de su público durante una mínima fracción de segundo para posarse en algo que había
sobre mi cabeza.
—Miradme —nos dijo—, escuchadme, confiad en mí. Cuando veáis que estoy bien, creed lo que veis.
El sol de un día como hoy tiene algunos efectos interesantes en nuestra piel. Vais a ver. No os hará
ningún daño. Yo no haría nada que os expusiese a un peligro innecesario, eso lo sabéis.
Comenzó a subir las escaleras.
—Riley, no podemos esperar un poco... —empezó a decir Kristie.
—Limítate a prestar atención —la interrumpió Riley, que seguía subiendo con parsimonia—. Esto nos
proporciona una gran ventaja. Los vampiros de los ojos amarillos saben perfectamente lo del sol de
hoy, pero no saben que nosotros también estamos al tanto —mientras hablaba, abrió la puerta, salió del
sótano y entró en la cocina. No había luz en aquella habitación bien protegida, pero todos evitaron
acercarse a la puerta abierta. Todos menos yo. Su voz prosiguió y avanzó hacia la puerta de la entrada
—. A la mayoría de los vampiros jóvenes les cuesta un tiempo asumir esta excepción y es por un buen
motivo: los que no se cuidan de la luz del sol no duran mucho.
Noté los ojos de Fred puestos en mí. Le miré. Los tenía clavados en mí, con urgencia, como si desease
largarse de allí pero no tuviese adónde.
—Todo va bien —le susurré casi en silencio—. El sol no nos va a hacer daño.
¿Confías en él?, simuló decir, moviendo los labios.
Ni de coña.
Fred arqueó una ceja y se relajó apenas un poco.
Me giré a nuestra espalda. ¿Dónde había mirado Riley? No había cambiado nada: unas cuantas fotos de
familia, de gente muerta, un espejo pequeño y un reloj de cuco. Mmm. ¿Estaba mirando la hora? Tal
vez nuestra creadora le hubiese puesto un límite a él también.
—Vale, chicos, voy a salir —dijo Riley—. Hoy no tenéis por qué tener miedo, os lo prometo.
La luz irrumpió en el sótano a través de la puerta abierta amplificada —como sólo yo sabía— por la
piel de Riley. Veía el baile de los reflejos brillantes en la pared. Entre siseos y gruñidos, mi aquelarre se retiró a la esquina opuesta a la de Fred. Kristie estaba al fondo
del todo. Parecía como si estuviese utilizando a su grupo de escudo protector.
—Calmaos todos —nos voceó Riley desde arriba—. Estoy perfectamente bien: ni dolor ni quemaduras.
Venid a verlo. ¡Vamos!
Nadie se acercó a la puerta. Fred se había acurrucado contra la pared, junto a mí, y vigilaba la luz con
ojos de pánico. Hice un gesto con la mano para llamar su atención. Levantó la vista y evaluó mi total
calma durante un segundo. Se puso lentamente en pie. Yo le ofrecí una sonrisa de aliento.
Todos los demás estaban a la espera de que prendiesen las llamas. Me preguntaba si yo le habría
parecido tan tonta a Diego.
—¿Sabéis qué? —dijo Riley desde arriba—. Siento curiosidad por ver quién es el más valiente de
vosotros. Tengo una idea bastante aproximada de quién va a ser la primera persona que pase por esa
puerta, aunque ya me he equivocado otras veces.
Puse los ojos en blanco. Qué sutil, Riley.
Pero funcionó, por supuesto. Centímetro a centímetro y casi de inmediato, Raoul comenzó su camino
hacia la puerta. Por una vez, Kristie no se apresuró a competir con él por la aprobación de Riley. Raoul
le dio una palmada a Kevin, y éste y Spiderman se pusieron en movimiento para acompañarle, a
regañadientes.
—Podéis oírme, sabéis que no me he achicharrado. ¡No seáis una panda de críos! Sois vampiros.
Comportaos como tales.
Sin embargo, Raoul y sus colegas no eran capaces de avanzar más allá del pie de las escaleras. Nadie
más se movió. Riley volvió transcurridos unos pocos minutos. En la puerta, a la luz indirecta de la
entrada, brillaba sólo un poco.
—Miradme. Estoy bien. ¡En serio! Me avergüenzo de vosotros. ¡Ven aquí, Raoul!
Al final, Riley tuvo que enganchar a Kevin —Raoul se apartó en cuanto se dio cuenta de lo que estaba
pensando Riley— y lo arrastró a la fuerza escaleras arriba. Vi el momento en que se pusieron al sol,
cuando el brillo se hizo más luminoso por sus reflejos.
—Díselo, Kevin —le ordenó Riley.
—¡Raoul, estoy bien! —gritó Kevin desde arriba—. Guau. Tengo todo el cuerpo... brillando. ¡Qué
pasada! —se rió.
—Bien hecho, Kevin —dijo Riley bien alto.
Eso funcionó con Raoul. Apretó los dientes y subió a buen ritmo las escaleras. No se movió con
velocidad, pero enseguida estaba allí arriba, brillando y riendo con Kevin.
Aun después de aquello, el proceso costó más de lo que yo habría imaginado. Seguía siendo cosa de ir
uno por uno. Riley se impacientó y hubo más amenazas que ánimos.
Fred me lanzó una mirada que decía: «¿Sabías tú esto?».
Sí, moví los labios.
Hizo un gesto de asentimiento y empezó a subir las escaleras. Aún quedaban unos diez vampiros, el
grupo de Kristie principalmente, apretados contra la pared. Me fui con Fred, sería mejor salir a la
mitad. Que Riley lo interpretase como le diera la gana.
Pudimos ver a los vampiros que brillaban como bolas de discoteca en el jardín frontal de la casa y se
miraban las manos con cara de estar maravillados. Fred salió a la luz sin aminorar el paso, algo que
interpreté como un gesto de valentía, teniéndolo todo en consideración. Kristie era un buen ejemplo de
lo bien que Riley nos había adoctrinado. Se aferraba a lo que sabía a pesar de las pruebas que tenía ante
sí.
Fred y yo nos mantuvimos un poco a parte del resto. Se examinó detenidamente, luego me observó a
mí y a continuación miró a los demás. Me di cuenta de que Fred, aunque muy callado, era muy
observador y casi científico en el modo en que examinaba las pruebas. Nunca había dejado de evaluar
las palabras y los actos de Riley. ¿Hasta dónde había llegado en sus deducciones?
Riley tuvo que obligar a Kristie a subir las escaleras, y su grupo vino con ella. Por fin nos
encontrábamos todos en el exterior, al sol, la mayoría disfrutando de lo guapos que estaban. Riley
reunió a todos para una sesión rápida de entrenamiento; más que nada, pensé, para volver a centrar a
todo el mundo. Les costó un minuto, pero todos se dieron cuenta de que había llegado la hora, así que
permanecieron más silenciosos y feroces. Notaba que la idea de un combate real —de que no sólo se
les permitiese, sino que se les animase a descuartizar y quemar— era casi tan emocionante como salir
de caza. A gente como Raoul, Jen y Sara les resultaba atractiva la idea.
Riley hizo hincapié en una estrategia que había estado intentando meterles en la cabeza los últimos
días: una vez localizásemos al clan de los ojos amarillos, nos dividiríamos en dos grupos y los
rodearíamos. Raoul cargaría contra ellos en un ataque frontal mientras que Kristie atacaría por un
flanco. El plan cuadraba a la perfección con el estilo de ambos, aunque yo no tenía muy claro que
fueran a ser capaces de seguir el plan en el fragor de la caza.
Cuando Riley llamó a todos tras una hora de entrenamiento, Fred empezó de inmediato a caminar de
espaldas, hacia el norte; Riley tenía a los demás mirando al sur. Yo me quedé cerca de él, aunque no
tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Fred se detuvo cuando nos hallamos ya a unos cien metros de
distancia, a la sombra de los abetos de la linde del bosque. Nadie nos vio alejarnos. Fred observaba a
Riley, como si quisiera ver si había reparado en nuestra retirada.
Riley comenzó a hablar.
—Nos marchamos ya. Sois fuertes y estáis preparados. Y estáis sedientos, ¿verdad que sí? Podéis sentir
cómo os quema. Estáis listos para el postre.
Tenía razón. Toda aquella sangre no había demorado en absoluto el regreso de la sed. De hecho, aunque
no estaba segura, pensé que tal vez pudiera estar volviendo más rápido y más fuerte de lo normal.
Quizás el exceso de alimentación era en cierto sentido contraproducente.
—El clan de los ojos amarillos avanza despacio desde el sur y se alimenta por el camino, intentando
fortalecerse —dijo Riley—. Ella los ha estado observando, así que sé dónde encontrarlos. Ella se
encontrará con nosotros allí, con Diego —lanzó una significativa mirada al lugar donde yo acababa de
estar, frunció rápidamente el ceño y lo relajó con la misma celeridad—, y los arrasaremos como un
tsunami. Los arrollaremos, y después lo celebraremos —sonrió—. Alguien va a ser el primero en
celebrarlo. Raoul, dame eso —Riley extendió la mano con autoridad. Raoul le tiró a regañadientes la
bolsa con la camisa. Parecía que Raoul estuviese intentando reclamar para sí la chica a fuerza de
acaparar su olor.
—Volved a olerla todos. ¡Concentraos!
¿Concentrarnos en la chica? ¿O en la lucha?
El propio Riley fue pasando esta vez la bolsa, prácticamente como si quisiera asegurarse de que todo el
mundo estaba sediento, y por las reacciones pude ver que, como a mí, a ellos también les había vuelto
el ardor.
El olor de la camisa provocó malas caras y gruñidos. No era necesario pasarnos el olor de nuevo, no
olvidábamos nada, así que aquello no sería, probablemente, más que un test. El simple hecho de pensar
en el olor de la chica hacía que se me llenase la boca de ponzoña.
—¿Estáis conmigo? —vociferó Riley. Todo el mundo expresó a gritos su acuerdo—. ¡Acabemos con
ellos, chicos!
De nuevo como las barracudas, por tierra esta vez.
Fred no se movió, así que me quedé con él aunque sabía que estaba desperdiciando un tiempo que iba a
necesitar. Si quería ir a por Diego y apartarlo de allí antes de que comenzase el combate, necesitaría
encontrarme cerca de la parte frontal del ataque. Los vigilaba inquieta. Seguía siendo más joven que la
mayoría de ellos, más veloz.
—Riley no será capaz de pensar en mí durante unos veinte minutos más o menos —me dijo Fred en un
tono informal y familiar, como si hubiésemos mantenido un millón de conversaciones en el pasado—.
He estado calculando el tiempo. Si intenta acordarse de mí, se mareará, aunque nos separe una buena
distancia.
—¿En serio? Eso es genial.
Fred sonrió.
—He estado practicando, registrando los efectos. Ahora soy capaz de hacerme invisible por completo.
Nadie puede mirarme si yo no quiero que lo haga.
—Ya me he dado cuenta —le contesté, hice una pausa y le pregunté—: ¿Tú no vienes?
Fred hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Por supuesto que no. Es obvio que no nos están contando lo que tenemos que saber. Yo no voy a ser
un peón de Riley —así que Fred lo había descubierto por su cuenta—. Tenía pensado haberme largado
antes, pero no quería irme sin haber hablado contigo y, hasta ahora, no hemos tenido oportunidad.
—Yo también quería hablar contigo —le dije—. Pensé que deberías saber que Riley nos ha estado
mintiendo acerca del sol. Este rollo de los cuatro días es una completa majadería. Creo que Shelly,
Steve y los demás lo descubrieron también. Y en el fondo de esta guerra hay mucha más intriga política
de lo que él nos ha contado. Hay más de un grupo de enemigos —lo dije a toda prisa, sentía el
movimiento del sol con una presión terrible, el paso del tiempo. Tenía que llegar hasta Diego. —No me sorprende —dijo Fred con calma—. Y lo dejo. Me voy a explorar por mi cuenta, a ver
mundo. O me iba por mi cuenta, pero entonces pensé que tal vez tú quisieras venir también. Conmigo
estarías bastante a salvo. No podría seguirnos nadie.
Titubeé un segundo. Resultaba difícil resistirse a la idea de la seguridad en aquel preciso momento.
—Tengo que ir a por Diego —le dije al tiempo que hacía un gesto negativo con la cabeza.
Asintió pensativo.
—Lo entiendo. ¿Sabes? Si estás dispuesta a responder por él, puedes traerlo contigo. Según parece, hay
veces que es útil contar con más gente.
—Sí —admití con fervor al recordar cuan vulnerable me había sentido en aquel árbol, con Diego,
conforme avanzaban los cuatro encapuchados.
Arqueó una ceja ante mi tono de voz.
—Riley está mintiendo, por lo menos, acerca de otra cosa importante —le expliqué—. Ten cuidado. Se
supone que no hemos de dejar que los humanos sepan de nosotros. Hay una rara especie de vampiros
horribles que se dedican a pararle los pies a los aquelarres que actúan de un modo demasiado evidente.
Los he visto, y tú no querrías que te encontrasen. Mantente a cubierto durante el día y caza con
inteligencia —miré al sur con nerviosismo—. ¡Tengo que darme prisa!
Él procesaba mis revelaciones con solemnidad.
—Muy bien. Podrás alcanzarme si quieres. Me gustaría que me contaras más. Te esperaré en Vancouver
durante un día. Conozco la ciudad. Te dejaré un rastro... —soltó una carcajada— en Riley Park. Podrás
seguir el rastro hasta mí, pero pasadas veinticuatro horas, me largo.
—Iré a por Diego y te alcanzaremos.
—Buena suerte, Bree.
—¡Gracias, Fred! Buena suerte a ti también. ¡Nos veremos! —ya me iba corriendo.
—Eso espero —le oí decir a mi espalda.
Corrí a toda velocidad tras el rastro de los demás, volé a ras de suelo, más rápido de lo que jamás había
corrido. Tuve la fortuna, de que se hubieran detenido para hacer algo —para que Riley les gritase, me
imaginé—, porque les di alcance antes de lo que debía. O tal vez Riley se había acordado de Fred y se
había detenido a buscarnos. Corrían a un ritmo constante cuando llegué a ellos, semidisciplinados igual
que la noche previa. Intenté colarme en el grupo sin llamar la atención, pero vi que Riley volvía la
cabeza para ver a los rezagados. Sus ojos apuntaron directamente hacia mí, y empezó a correr más
rápido. ¿Habría supuesto que Fred estaba conmigo? Riley jamás volvería a ver a Fred.
No habían pasado ni cinco minutos cuando todo cambió.
Raoul captó el olor.
Salió disparado con un rugido salvaje. Riley nos tenía tan frenéticos que bastó la más mínima chispa
para provocar una explosión. Los que había cerca de Raoul también percibieron el olor y, entonces,
todos se pusieron como locos. La insistencia de Riley en aquella humana había ensombrecido el resto
de instrucciones. Éramos cazadores, no un ejército. No había equipo. Era una carrera por la sangre.
Aun a sabiendas de que aquella historia estaba plagada de mentiras, yo no era capaz de resistirme por
completo al olor. Corriendo, como iba, al final del grupo, tuve que atravesarlo. Fresco. Intenso. La
humana había estado aquí recientemente y qué dulce su olor. Me sentía fuerte gracias a toda la sangre
que había bebido la noche anterior, pero daba igual. Estaba sedienta. Me quemaba.
Corrí detrás de los demás e intenté mantener la cabeza despejada. Eso era todo lo que podía hacer para
contenerme un poco: quedarme detrás de los demás. El más cercano a mí era Riley. ¿Estaría él...
conteniéndose también?
Gritaba órdenes, casi siempre lo mismo, repetido.
—¡Kristie, rodéalos! ¡Vamos, rodéalos! ¡Dividíos! ¡Kristie, Jen! ¡Separaos! —todo su plan de la
emboscada en dos flancos se estaba autodestruyendo ante nuestros ojos.
Riley aceleró hasta el grupo principal y agarró a Sara por el hombro. Ella le soltó un exabrupto cuando
él le propinó un empujón hacia la izquierda.
—¡Que os dividáis! —gritó él.
Agarró al chico rubio cuyo nombre jamás averigüé y lo tiró contra Sara, a quien no le hizo feliz, según
quedó patente. Kristie perdió la concentración en la caza el tiempo justo como para recordar que había
de moverse estratégicamente. Lanzó una feroz mirada tras Raoul y comenzó a chillar a su equipo.
—¡Por aquí! ¡Más rápido! ¡Los cogeremos por el flanco y llegaremos antes a ella! ¡Vamos!
—¡Voy en punta de lanza con Raoul! —le gritó Riley, que se daba la vuelta.
Vacilé, aunque seguía avanzando a la carrera. No deseaba formar parte de ninguna «punta de lanza»,
pero en el equipo de Kristie ya se estaban revolviendo los unos contra los otros. Sara tenía al chico
rubio sujeto por la cabeza en una llave. El sonido que se produjo cuando le arrancó la cabeza tomó la
decisión por mí. Salí a toda prisa detrás de Riley mientras me preguntaba si Sara se detendría a quemar
al chico al que le gustaba hacer de Spiderman.
Me acerqué lo justo para ver a Riley por delante y le seguí a cierta distancia hasta que llegó al equipo
de Raoul. El olor hacía que me resultase más difícil mantener la cabeza puesta en las cosas que
importaban.
—¡Raoul! —vociferó Riley. Raoul gruñó sin darse la vuelta. Estaba totalmente sumergido en aquel olor
tan dulce—. ¡Tengo que ayudar a Kristie! ¡Nos encontraremos allí! ¡Mantén la concentración!
Me detuve en seco, congelada por la incertidumbre.
Raoul siguió adelante sin señal alguna de respuesta a las palabras de Riley, quien redujo su marcha
primero a un trote y continuó caminando. Me tenía que haber apartado, pero él seguramente me habría
oído al intentar esconderme. Se volvió con una sonrisa en el rostro y me vio.
—Bree, pensé que estabas con Kristie...
No respondí.
—Me he enterado de que alguien está herido, Kristie me necesita más que Raoul —se apresuró a
explicarme.
—¿Nos estás... abandonando?
El rostro de Riley cambió. Era como si pudiese ver sus cambios de táctica escritos en sus facciones.
Abrió mucho los ojos, de repente inquieto.
—Estoy preocupado, Bree. Os conté que ella venía a encontrarse con nosotros, a ayudarnos, pero no
me he cruzado con su rastro. Algo va mal, tengo que encontrarla.
—Pero no hay modo de que puedas encontrarla antes de que Raoul llegue hasta los de los ojos
amarillos —señalé.
—Tengo que averiguar qué está pasando —sonaba realmente desesperado—. La necesito. ¡Se suponía
que yo no iba a hacer esto solo!
—Pero los demás...
—¡Bree, tengo que irme a buscarla! ¡Ahora! Sois suficientes para arrasar al clan de los ojos amarillos.
Volveré tan pronto como pueda.
Qué sincero sonaba. Indecisa, observé el trayecto que habíamos recorrido. A estas alturas, Fred ya
estaría a medio camino de Vancouver. Riley ni siquiera me había preguntado por él. Quizás el talento
de Fred aún le hiciese efecto.
—Diego está allá abajo —se apresuró a decir Riley—. Tomará parte en el primer ataque. ¿No has
captado su olor allí atrás? ¿No te has acercado lo suficiente?
Absolutamente confundida, hice un gesto negativo con la cabeza.
—¿Diego estaba allí?
—Ahora estará con Raoul. Si te das prisa, puedes ayudarle a salir vivo.
Nos miramos fijamente el uno al otro durante un largo segundo. A continuación miré al sur, tras la
senda de Raoul.
—Buena chica —dijo Riley—. Yo voy a buscarla a ella y volveremos para ayudaros en la limpieza. ¡Ya
lo tenéis, chicos! ¡Para cuando llegues podría haber acabado todo!
Salió disparado en una dirección perpendicular a nuestra senda original. Apreté los dientes al ver qué
seguro estaba de su dirección. Mentiroso hasta el final.
Pero no pareció que me quedase ninguna otra opción. Me dirigí al sur en otra carrera frenética. Tenía
que ir a por Diego. Llevármelo a rastras si era necesario. Podíamos alcanzar a Fred. O largarnos por
nuestro lado. Teníamos que huir. Le contaría a Diego cómo había mentido Riley. Él vería que Riley no
tenía intención de ayudarnos a combatir en una batalla que él mismo había preparado. No había razón
alguna para seguir ayudándole.
Encontré el rastro de la humana y después el de Raoul. No percibí el de Diego. ¿Iba demasiado rápido?
¿O era que el olor humano me estaba dominando? La mitad de mi cabeza se sumergía absorta en
aquella caza tan extrañamente perjudicial, porque encontraríamos sin duda a la chica, ¿estaríamos en
situación de luchar juntos cuando lo hiciésemos? No, nos descuartizaríamos los unos a los otros por
conseguirla.
Entonces oí que más adelante estallaban los rugidos, los gritos y los aullidos y supe que se estaba
produciendo un combate y que era tarde para llegar allí antes que Diego. Lo que hice fue correr más
rápido. Tal vez aún pudiese salvarle.
Olí el humo que el viento traía hasta mí: el dulce y denso olor de los vampiros al quemarse. El volumen
del caos aumentó. Quizá estaba a punto de acabar. ¿Me encontraría con nuestro aquelarre victorioso y a
Diego esperándome?
Atravesé disparada una densa barrera de humo y me encontré fuera del bosque, en una enorme pradera
cubierta de hierba. Salté por encima de una roca y sólo en el instante en que pasé volando sobre ella me
di cuenta de que se trataba de un torso decapitado.
Mis ojos recorrieron la pradera. Había restos de vampiros por doquier y una inmensa hoguera de la que
ascendía un humo de color violeta al cielo soleado. Una vez fuera del banco neblinoso, pude ver unos
cuerpos brillantes, deslumbrantes, que se lanzaban y forcejeaban mientras el sonido del
descuartizamiento de los vampiros proseguía sin cesar.
Buscaba una sola cosa: el pelo negro y rizado de Diego, ninguno de los que había podido distinguir
tenía el pelo tan oscuro. Había un vampiro enorme con el pelo castaño, pero era demasiado grande, y
justo cuando lo distinguí, vi como le arrancaba la cabeza a Kevin y la lanzaba al fuego antes de
abalanzarse sobre la espalda de algún otro. ¿Era Jen? Había uno más con el pelo lacio y negro, pero era
demasiado pequeño para tratarse de Diego. Se movía tan rápido que ni siquiera pude ver si era un chico
o una chica.
Volví a otear con rapidez, con la sensación de hallarme terriblemente expuesta. Reparé en los rostros.
Había muy pocos vampiros allí, contando incluso a los que habían caído. No vi a nadie del grupo de
Kristie. Ya tenían que haber ardido un montón de vampiros. La mayor parte de los que aún quedaban en
pie eran desconocidos. Uno rubio se volvió hacia mí, nuestras miradas se cruzaron y sus ojos
despidieron un brillo dorado a la luz del sol.
Íbamos perdiendo. Mal asunto.
Comencé a retroceder hacia los árboles, pero no lo bastante rápido porque seguía buscando a Diego. No
estaba allí. No había señal alguna de que hubiera estado jamás allí. Ni rastro de su olor, aunque podía
distinguir el de la mayoría de los miembros del equipo de Raoul y el de muchos desconocidos. Me
obligué a mirar entre los restos, también. Ninguno de aquellos miembros pertenecía a Diego. Habría
reconocido un simple dedo.
Me volví y corrí de verdad hacia los árboles con la súbita certeza de que la presencia de Diego allí no
era más que otra de las mentiras de Riley.
Y si Diego no estaba allí, entonces es que ya estaba muerto. Aquella pieza encajó con tanta facilidad
que pensé que debía de saber la verdad hacía tiempo. Desde el momento en que Diego no entró detrás
de Riley por la puerta del sótano. Él ya se había ido.
Me había adentrado unos pocos metros entre los árboles cuando una fuerza demoledora me golpeó por
la espalda y me tiró al suelo. Un brazo se deslizó bajo mi barbilla.
—¡Por favor! —sollocé, y lo que quería decir era «por favor, mátame rápido». El brazo se mostró indeciso, y no opuse resistencia por mucho que mis instintos me empujasen a
morder, desgarrar y descuartizar a mi enemigo. La parte más sensata de mí me decía que eso no iba a
funcionar. Riley también nos había mentido acerca de estos vampiros débiles y ancianos, y nosotros
jamás tuvimos una oportunidad. Aunque por mucha posibilidad que yo hubiese tenido de vencer a éste,
tampoco habría sido capaz de moverme. Diego se había ido, y aquel hecho cegador había asesinado mi
capacidad de lucha.
De repente volaba por los aires. Me estrellé contra un árbol y caí al suelo. Tenía que haber intentado
huir, pero Diego había muerto. No podía evadirme de aquello.
El vampiro rubio del claro no me quitaba ojo de encima, con el cuerpo listo para saltar. Parecía muy
capacitado, con una experiencia muy superior a la de Riley. Pero no arremetía contra mí. No estaba
enloquecido como Raoul o Kristie. Se encontraba totalmente bajo control.
—Por favor —volví a decir con el deseo de que acabase de una vez con aquello—. No quiero luchar.
Aunque permanecía en guardia, su rostro cambió. Me miró de una forma que yo no terminaba de
comprender. Había una gran conciencia en aquel semblante, y algo más. ¿Empatía? Pena, al menos.
—Yo tampoco, niña —dijo en un tono de voz tranquilo y amable—. Sólo nos estamos defendiendo.
Había tanta honestidad en aquellos extraños ojo amarillos, que me pregunté cómo había podido creer
jamás los cuentos de Riley. Me sentí... culpable. Tal vez este aquelarre jamás hubiese planeado
atacarnos en Seattle. ¿Cómo podía fiarme de nada de lo que me habían contado?
—No lo sabíamos —me expliqué, hasta cierto punto avergonzada—. Riley mintió. Lo siento.
Se quedó escuchando por un instante, y me percaté de que el campo de batalla estaba en silencio. Se
había acabado.
De haberme quedado alguna duda acerca de quién era el vencedor, ésta se habría disipado cuando, un
segundo después, una mujer vampiro con el pelo castaño y ondulado y los ojos amarillos se apresuró a
llegar junto a él.
—¿Carlisle? —preguntó con voz confundida y la mirada fija en mí.
—No quiere luchar —le dijo a la mujer.
Ella le tocó el brazo. Se encontraba aún en tensión, listo para abalanzarse.
—Está aterrorizada, Carlisle. ¿No podríamos nosotros...?
El rubio, Carlisle, le devolvió la mirada y entonces se irguió un poco, aunque yo aún le veía cauteloso.
—No tenemos ningún deseo de hacerte daño —me dijo la mujer. Su voz era suave, tranquilizadora—.
No queríamos luchar con ninguno de vosotros.
—Lo siento —susurré otra vez.
No era capaz de hallarle un sentido al barullo que tenía en la cabeza. Diego había muerto, y eso era lo
principal, algo devastador. Más allá de eso, el combate había concluido, mi aquelarre había sido
derrotado y mis enemigos eran los vencedores. Pero mi exterminado aquelarre estaba lleno de gente a
quien le habría encantado ver como ardía, y mis enemigos me hablaban con amabilidad cuando no
tenían por qué hacerlo. Más aún, me sentía más segura con estos dos extraños de lo que jamás me había
sentido con Raoul y con Kristie. Me proporcionaba alivio saber que estaban muertos. Qué confuso era
todo.
—Niña —dijo Carlisle—, ¿te rendirías a nosotros? Si no intentas hacernos daño, te prometemos que
nosotros tampoco te lo haremos a ti.
Y yo le creía.
—Sí —susurré—. Sí, me rindo. No quiero herir a nadie.
Extendió su mano de un modo alentador.
—Ven, pequeña. Reagruparemos a nuestra familia en un momento, luego te haremos algunas
preguntas. Si respondes con honestidad, no tendrás nada que temer.
Me puse en pie lentamente, sin hacer ningún movimiento que se pudiera considerar amenazador.
—¿Carlisle? —dijo a voces una voz masculina.
Y entonces se unió a nosotros otro vampiro con los ojos amarillos. En cuanto lo vi, se desvaneció
cualquier tipo de seguridad que había sentido con aquellos extraños.
Era rubio, como el primero, pero más alto y delgado. Tenía la piel totalmente cubierta de cicatrices,
menos espaciadas en la zona del cuello y de la mandíbula. Algunas de las marcas pequeñas que tenía en
el brazo eran recientes, pero el resto no eran de la refriega de ese día. Había estado en más combates de
los que me podía imaginar; y nunca había perdido. Sus ojos color miel refulgieron y su postura rezumó
la violencia apenas contenida de un león furioso.
En cuanto me vio, se encorvó para saltar.
—¡Jasper! —le advirtió Carlisle.
Jasper se irguió un tanto y clavó en Carlisle sus ojos exageradamente abiertos.
—¿Qué está pasando aquí?
—No quiere luchar, se ha rendido.
El vampiro de las cicatrices frunció el ceño, y sentí una repentina e inesperada ola de frustración a
pesar de no tener ni idea de qué era lo que me frustraba.
—Carlisle, yo... —vaciló Jasper, y prosiguió—: Lo siento, pero eso no es posible. No podemos permitir
que los Vulturis nos relacionen con ninguno de estos neófitos cuando lleguen. ¿Te das cuenta del riesgo
que eso supondría para nosotros?
No comprendía con exactitud lo que decía, pero capté lo suficiente. Quería matarme.
—Jasper, es sólo una niña —protestó la mujer—. ¡No podemos matarla a sangre fría, sin más!
Resultaba extraño oírle hablar como si ambas fuéramos humanas, como si el asesinato fuese algo malo,
algo evitable.
—Esme, lo que está en peligro aquí es nuestra familia. No podemos permitirnos el lujo de hacerles
pensar que hemos roto esta norma.
La mujer, Esme, caminó hasta situarse entre el que quería matarme y yo. De un modo inaudito, me dio
la espalda.
—No. No lo consentiré.
Carlisle me lanzó una mirada inquieta. Noté que aquella mujer le importaba muchísimo. Yo habría
mirado igual a cualquiera que se hallase a la espalda de Diego. Intenté mostrarme tan dócil como me
sentía.
—Jasper, creo que tenemos que arriesgarnos —dijo Carlisle con lentitud—. Nosotros no somos los
Vulturis. Seguimos sus normas, pero no disponemos de las vidas de los demás a la ligera. Nos
explicaremos.
—Podrían pensar que hemos creado nuestros propios neófitos para defendernos.
—Pero no lo hemos hecho. Y aun así, de haberlo hecho, aquí no se ha producido ninguna indiscreción,
sólo en Seattle. No hay ninguna ley contra la creación de vampiros siempre que los controles.
—Es demasiado peligroso.
Carlisle tocó a Jasper en el hombro para tantearle.
—Jasper, no podemos matar a esta niña.
Jasper le puso mala cara al hombre de la mirada amable y, de repente, sentí que me enfadaba. Él no iba
a hacer daño al vampiro agradable ni a la mujer que amaba, sin duda. Suspiró, y supe que todo iba bien.
Mi ira se esfumó.
—No me gusta esto —dijo, pero ya estaba más calmado—. Dejad al menos que yo me haga cargo de
ella. Vosotros dos no sabéis cómo manejar a alguien que ha estado tanto tiempo fuera de control.
—Por supuesto, Jasper —concedió la mujer—. Pero sé amable.
Jasper puso los ojos en blanco.
—Tenemos que unirnos a los demás. Alice ha dicho que no disponemos de mucho tiempo.
Carlisle asintió, le ofreció su mano a Esme, se dirigieron de vuelta al claro y dejaron atrás a Jasper.
—Eh, tú —me dijo Jasper, de nuevo con mala cara—. Ven con nosotros. No hagas un movimiento en
falso o acabo contigo.
Volví a sentir ira cuando me fulminó con la mirada, y una pequeña parte de mí quiso rugirle y enseñarle
los dientes, pero me dio la sensación de que ésa era justo la excusa que él estaba buscando.
Jasper se detuvo, como si se le acabase de ocurrir algo.
—Cierra los ojos —me ordenó. Yo vacilé. ¿Había decidido matarme después de todo?—. ¡Hazlo!
Apreté los dientes y cerré los ojos. Me sentí el doble de indefensa que antes.
—Sigue el sonido de mi voz y no abras los ojos. Ábrelos y estás perdida, ¿lo pillas?
Asentí y me pregunté qué sería lo que no quería que viese. Sentí un cierto alivio de que se preocupase
por proteger un secreto. No había razón para hacerlo si es que me iba a matar sin más.
—Por aquí.
Fui caminando lentamente detrás de él, con cuidado de no proporcionarle excusas. Fue considerado en
la forma en que me guió; al menos no hizo que me diera contra un árbol. Percibí como cambió el
sonido cuando salimos a cielo abierto; la sensación del viento era también distinta, y el olor de mi
aquelarre que se quemaba era más fuerte. Podía sentir el calor del sol en la cara, y el interior de mis
párpados se volvió más luminoso cuando empecé a brillar.
Me condujo cada vez más cerca del amortiguado crepitar de las llamas, tan cerca que pude sentir como
el humo acariciaba mi piel. Era consciente de que me podía haber matado en cualquier momento, pero
la proximidad del fuego seguía poniéndome nerviosa.
—Siéntate aquí. Los ojos cerrados.
El suelo estaba templado por el sol y el fuego. Me quedé muy quieta e intenté concentrarme en parecer
inofensiva, pero sentía su fulminante mirada sobre mí y eso me inquietaba. Aunque no odiaba a
aquellos vampiros —de verdad creía que se estaban defendiendo—, sentí unos extrañísimos indicios de
ira. La sentía prácticamente fuera de mí, como si se tratase de algún eco remanente del combate que
acababa de tener lugar.
No obstante, la ira no hizo que me volviese estúpida, porque estaba demasiado triste, afligida en lo más
hondo de mí ser. Diego estaba siempre en mis pensamientos, y no podía dejar de darle vueltas a cómo
habría muerto.
Tenía la certeza de que era imposible que Diego le hubiera contado a Riley de forma voluntaria
nuestros secretos: unos secretos que me habían dado motivos para confiar en Riley lo justo hasta que ya
fue demasiado tarde. Volví a ver el rostro de Riley en mi imaginación: aquella expresión fría, suave,
que había adoptado cuando nos amenazó con castigar a aquel que no se comportase. Volví a oír su
macabra y curiosamente detallada descripción: «Cuando os lleve ante ella y os sujete mientras os
arranca las piernas y después, despacio, muy despacio, os quema los dedos de las manos, las orejas, los
labios, la lengua y cualquier otro apéndice superficial uno por uno».
Ahora me daba cuenta de que había estado escuchando la descripción de la muerte de Diego.
Aquella noche había tenido la certeza de que algo había cambiado en Riley. Matar a Diego fue lo que
cambió a Riley, lo endureció. Sólo me creía una de las cosas que Riley me hubo contado jamás: él
valoraba a Diego mucho más que a ninguno de nosotros. Incluso le apreciaba. Y aun así presenció
cómo nuestra creadora le torturaba. Riley sin duda había colaborado, había matado a Diego con ella.
Me pregunté cuánto dolor sería necesario para lograr que yo traicionase a Diego. Me imagine que haría
falta mucho. Y tuve la seguridad de que había hecho falta la misma cantidad, como mínimo, para lograr
que Diego me traicionase a mí.
Sentí náuseas. Deseaba quitarme de la cabeza la imagen de Diego agonizando entre gritos, pero no
desaparecía.
Y entonces se produjo un griterío en el claro.

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