—No os toméis la molestia —ordenó con dejadez una voz monótona y muy clara. No era tan aguda
como la de nuestra creadora, pero a mis oídos seguía sonando femenina—. Creo que sabéis quiénes
somos, de manera que seréis conscientes de que carece de todo sentido intentar sorprendernos. U
ocultaros de nosotros. O enfrentaros a nosotros. O huir.
Una risotada profunda, masculina, que no pertenecía a Riley, resonó amenazadora por toda la casa.
—Relajaos —indicó la primera voz carente de inflexión, la chica encapuchada. Su voz poseía el
inconfundible timbre que me aseguraba su condición de vampiro, no de fantasma ni de cualquier otra
pesadilla—. No hemos venido a destruiros. Aún.
Se produjo un instante de silencio y, a continuación, una serie de movimientos apenas audibles. Un
cambio de posiciones.
—Si no habéis venido a matarnos, entonces... ¿a qué? —preguntó nuestra creadora, tensa y estridente.
—Deseamos conocer vuestras intenciones. Más concretamente, si incluyen... a cierto clan local —
explicó la chica encapuchada—. Nos preguntamos si tienen alguna relación con el caos que habéis
creado aquí. Creado ilegalmente.
Diego y yo fruncimos el ceño de forma simultánea. Nada de aquello tenía sentido, pero la última parte
era la más extraña. ¿Qué podría ser ilegal para los vampiros? ¿Qué policía, qué juez, qué cárcel podría
tener poder sobre nosotros?
—Sí —siseó nuestra creadora—. Mis planes consisten en ellos, pero no nos podemos mover aún, es
complicado —un cierto deje petulante se apoderó de su voz al final.
—Créeme, conocemos las dificultades mejor que tú. Resulta notable que hayáis conseguido manteneros
tanto tiempo fuera del alcance del radar, por así decirlo. Y dime —una brizna de interés tiñó su
monotonía—, ¿cómo lo estáis logrando?
Nuestra creadora titubeó y arrancó a hablar de forma apresurada. Casi como si se hubiese producido
alguna clase de intimidación silenciosa.
—No he tomado la decisión —soltó ella. Luego añadió con más lentitud, de un modo involuntario—:
De atacar. No he decidido hacer nada con ellos.
—Burdo, pero efectivo —dijo la chica encapuchada—. Desafortunadamente, vuestro período de
reflexión ha llegado a su fin. Debes decidir, ahora, qué vas a hacer con tu pequeño ejército —los ojos
de Diego y los míos se abrieron de par en par ante aquel término—. De otro modo, será nuestra
obligación castigaros como exige la ley. Este aplazamiento, si bien breve, me atribula. No es nuestra
costumbre. Te sugiero que nos ofrezcáis cuanta tranquilidad esté en vuestras manos... pronto.
—¡Iremos ahora mismo! —se ofreció Riley ansioso, y se produjo un nítido siseo.
—Iremos lo antes posible —corrigió furiosa nuestra creadora—. Hay mucho que hacer. Entiendo que
deseáis nuestro éxito, ¿no? Necesitaré entonces algo de tiempo para entrenarlos, instruirlos, ¡nutrirlos!
Hubo una breve pausa.
—Cinco días. A continuación vendremos a por vosotros, y no hay piedra bajo la cual podáis ocultaros
ni velocidad a la que seáis capaces de volar que os salve. Si para el momento en que vengamos no
habéis lanzado vuestro ataque, arderéis —dijo esto sin más amenaza que la absoluta certeza.
—¿Y si ya hubiera lanzado mi ataque? —preguntó nuestra creadora, impresionada.
—Ya veremos —respondió la chica encapuchada con una voz más animada que hasta entonces—.
Supongo que todo depende del éxito que obtengáis. Esfuérzate en complacernos —dio aquella última
orden en un tono plano, duro, que me hizo sentir un extraño escalofrío en lo más hondo de mi cuerpo.
—Sí —gruñó nuestra creadora.
—Sí —repitió Riley en un susurro.
Un segundo más tarde, los vampiros de las túnicas salían sin ruido alguno de la casa. Ni Diego ni yo
respiramos siquiera hasta pasados cinco minutos de su desaparición. En el interior de la casa, nuestra
creadora y Riley estaban igual de silenciosos. Otros diez minutos pasaron en una quietud total.
Toqué el brazo de Diego. Aquélla era nuestra oportunidad de salir de allí. Había dejado de tener miedo
de Riley. Quería alejarme tanto como pudiese de aquellas túnicas oscuras. Deseaba la seguridad de la
multitud que me aguardaba allá en la cabaña de madera, y supuse que así era exactamente como nuestra
creadora se sentía también. El motivo por el cual había creado a tantos de nosotros en primera
instancia. Ahí fuera había algunas cosas más aterradoras de lo que yo había imaginado.
Diego vaciló, aún a la escucha, y un segundo más tarde su paciencia se vio recompensada.
—Bueno —susurró ella dentro de la casa—. Ahora ya lo saben.
¿Se refería a los encapuchados o al misterioso clan? ¿Cuál de ellos era el enemigo que había
mencionado antes de la escena de terror?
—Eso no importa. Somos más que...
—¡Toda advertencia importa! —gruñó, cortándole en seco—. Hay mucho por hacer. ¡Sólo cinco días!
—se quejó—. No le demos más vueltas. Empiezas esta noche.
—No te fallaré —prometió Riley.
Mierda. Diego y yo nos movimos al tiempo, saltamos de nuestro escondite en lo alto al árbol siguiente,
de regreso por donde habíamos venido. Ahora Riley tenía prisa, y si captaba el rastro de Diego después
de todo lo que había pasado con los encapuchados y no había ningún Diego al final del mismo...
—Tengo que volver y estar allí esperando —me susurró Diego mientras corríamos—. Por suerte, no se
ve desde la casa. No quiero que sepa que lo he oído.
—Deberíamos ir juntos a hablar con él.
—Demasiado tarde para eso. Se habrá dado cuenta de que tu olor no estaba en el rastro. Parece
sospechoso.
—Diego... —me la había jugado para apartarme de aquello.
Regresamos al punto donde nos habíamos unido. Habló en un susurro precipitado.
—Cíñete al plan, Bree. Le contaré lo que había planeado contarle. Aún falta para que amanezca, pero
es así como ha de ser. Si no me cree... —Diego se encogió de hombros—. Tiene preocupaciones mucho
más serias que mi febril imaginación. Tal vez haya más posibilidades de que me escuche ahora: parece
que necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir, y tener la posibilidad de salir durante el día no
puede ser malo.
—Diego... —repetí, sin saber qué más decir.
Me miró a los ojos, y esperé a que sus labios adoptasen aquella sonrisa relajada, a que hiciese alguna
broma sobre ninjas o IAEs.
No lo hizo. En cambio, se inclinó hacia mí lentamente, sin apartar sus ojos de los míos en ningún
momento, y me besó. Sus labios suaves presionaron los míos durante un segundo eterno, mientras nos
mirábamos fijamente el uno al otro.
Entonces se separó de mí y suspiró.
—Vuelve a casa, escóndete detrás de Fred y actúa como si no supieras nada. Yo estaré ahí mismo,
detrás de ti.
—Ten cuidado.
Tomé su mano, la apreté con fuerza y la solté. Riley había hablado de Diego con afecto. Ahora tendría
que mantener la esperanza de que tal afecto fuese real. No me quedaba otra opción.
Diego desapareció entre los árboles, silencioso como el roce de la brisa. No perdí un instante en
seguirle con la mirada y me desplacé por las ramas en un sprint en línea recta, camino de regreso a la
casa. Esperaba conservar aún en los ojos el suficiente brillo de la noche anterior para poder explicar mi
ausencia. Una caza rápida. Tuve suerte y me topé con un excursionista solitario. Nada fuera de lo
normal.
El seco sonido del golpeo de la música que me recibió al aproximarme iba acompañado del
inconfundible aroma dulce, ahumado, de un vampiro que ardía. Mi nivel de pánico se disparó por las
nubes. En el interior de la casa podía morir con la misma facilidad que en el exterior, pero no tenía otra
salida. No aminoré la marcha, sino que bajé a toda prisa las escaleras y me fui directa a la esquina
desde la cual apenas era capaz de distinguir a Fred el friki de pie. ¿Buscaba algo que hacer? ¿Cansado
de estar sentado? No tenía ni idea de lo que pretendía, ni me importaba. Me iba a pegar bien a él hasta
que Riley y Diego regresaran.
En medio del suelo había una pila humeante, demasiado grande para tratarse de tan sólo una pierna o
un brazo. Al garete los veintidós de Riley.
Nadie parecía terriblemente preocupado por los restos humeantes. El escenario era demasiado habitual.
Al acercarme veloz a Fred, por una vez la sensación de asco no se hizo más fuerte, sino que se
desvaneció. No tenía aspecto de haber reparado en mí siquiera, siguió leyendo el libro que sostenía,
uno de esos que le había dejado días atrás. No me costó ver lo que hacía ahora que me hallaba tan
próxima al lugar donde él se encontraba apoyado contra el respaldo del sofá. Vacilé y me pregunté
porqué sería aquello. ¿Era capaz de sofocar a voluntad aquella cosa nauseabunda que él hacía?
¿Significaba eso que ambos nos encontrábamos desprotegidos en aquel momento? Al menos, Raoul
todavía no había regresado a casa, gracias a Dios, aunque sí estaba Kevin.
Por vez primera vi el verdadero aspecto de Fred. Era alto, tal vez un metro noventa, y el pelo rubio,
ondulado y denso en el que ya me había fijado antes. Era ancho de hombros y musculoso. Parecía
mayor que casi todos los demás, como un estudiante universitario y no del instituto. Y —ésta fue la
parte que, por algún motivo, más me sorprendió— era guapo. Tan guapo como cualquier otro, más
guapo, quizá, que la mayoría. No sabía por qué me resultaba aquello tan alucinante, e imaginé que sólo
era porque yo siempre había asociado a Fred con la repulsión.
Me sentí muy rara por quedarme mirando. Di un vistazo alrededor de la sala por si alguien se había
dado cuenta de que Fred estaba normal —y atractivo— por el momento. Nadie nos miraba, y yo le eché
un ojo furtivo a Kevin, preparada para apartar los ojos de golpe si es que se daba cuenta, pero los suyos
se encontraban fijos en algún punto a la izquierda de donde estábamos nosotros. Tenía el ceño
ligeramente fruncido. Antes de que me diese tiempo de apartar la mirada, sus ojos me pasaron por alto
y se posaron a mi derecha. Las arrugas de su frente se hicieron más pronunciadas. Como si... estuviese
intentando verme y no pudiese.
Sentí que las comisuras de los labios se me arqueaban pero sin llegar a sonreír. Había mucho por lo que
preocuparse como para disfrutar de verdad con la ceguera de Kevin. Volví a mirar a Fred al tiempo que
me preguntaba si regresaría el punto de asco, sólo para ver que también estaba sonriendo conmigo. Con
una sonrisa, estaba espectacular de veras.
Se acabó el momento, y Fred regresó a su libro. Yo estuve un rato sin moverme, a la espera de que
sucediese algo. Que Diego entrase por la puerta. O bien Riley con Diego. O bien Raoul. O que la
náusea atacase de nuevo, o que Kevin me fulminase con la mirada. O que se liase la siguiente bronca.
Cualquier cosa.
Cuando no pasó nada, acabé por recobrar la compostura e hice lo que debería haber hecho hacía rato:
fingir que no pasaba nada fuera de lo normal. Cogí un libro del montón cerca de los pies de Fred, me
senté allí mismo e hice como si estuviese leyendo. Se trataba probablemente de uno de los mismos
libros que ya había fingido leer el día anterior, pero no me sonaba. Fui pasando las páginas, de nuevo
sin quedarme con nada.
Mis pensamientos volaban en círculos pequeños y apretados. ¿Dónde estaba Diego? ¿Cómo había
reaccionado Riley ante su historia? ¿Qué significaba todo aquello, la charla previa a los encapuchados,
la charla posterior a los encapuchados?
Lo fui desmenuzando en sentido cronológico inverso, en un intento por hacer que las piezas encajasen
formando una imagen reconocible. El mundo de los vampiros contaba con una especie de policía, y
daban verdadero pavor. Este grupo de vampiros desquiciados con meses de vida era, al parecer, un
ejército, y ese ejército era de algún modo ilegal. Nuestra creadora tenía un enemigo. Borra eso, dos
enemigos. Nos disponíamos a atacar a uno de ellos en un plazo de cinco días o, de no ser así, los otros
enemigos, los temibles encapuchados, la atacarían a ella, o a nosotros, o a todos. Nos iban a entrenar
para el ataque... tan pronto como Riley regresase. Lancé una mirada furtiva a la puerta y enseguida me
obligué a plantar los ojos en el libro que tenía delante. Y le tocaba entonces el turno al tema previo a los
visitantes. La mujer estaba preocupada por alguna decisión. Le agradaba disponer de tantos vampiros,
tantos soldados. Riley se había alegrado de que Diego y yo hubiéramos sobrevivido... Confesó haber
pensado que había perdido a dos más por culpa del sol, así que eso debía significar que no conocía la
verdadera reacción que el sol producía en los vampiros. Lo que ella le había dicho a continuación sí
que sonó raro. Le había preguntado si estaba seguro. ¿Seguro de que Diego hubiese sobrevivido? ¿O...
seguro de que la historia de Diego fuese cierta?
El último pensamiento me aterrorizó. ¿Sabía ya ella que el sol no nos hacía daño? Si lo sabía, ¿por qué
había mentido a Riley y, a través de él, también a nosotros?
¿Por qué querría tenernos a oscuras, literalmente? ¿Tan importante era para ella que no supiéramos
nada? ¿Lo bastante importante como para que Diego se viese metido en un lío? Yo solita me estaba
llevando a un estado de pánico, helada de miedo. Si aún pudiese sudar, en ese momento lo estaría
haciendo a chorro. Tuve que centrarme para pasar la página, para mantener la vista baja.
¿Vivía Riley engañado, o estaba también en el ajo? Cuando dijo que creía haber perdido a dos más por
culpa del sol, ¿se refería al sol de forma literal... o se refería a la mentira del sol?
Si se trataba de la segunda opción, entonces saber la verdad era sinónimo de estar perdido. El pánico se
adueñó de mis pensamientos.
Intenté ser racional y encontrarle el sentido. Resultaba más difícil sin Diego. Tener alguien con quien
hablar, con quien relacionarme, agudizaba mi capacidad de concentración. Sin eso, el temor acechaba
mis pensamientos, que se retorcían con la sempiterna sed. La tentación de la sangre se encontraba
siempre a flor de piel. Aún ahora, bastante bien alimentada, podía sentir el ardor y la necesidad.
Piensa en ella, piensa en Riley, me dije. Tenía que ser capaz de entender por qué mentirían —si es que
mentían—, y así tener la posibilidad de descubrir qué significaría para ellos que Diego supiera su
secreto.
Si no nos hubiesen mentido, si nos hubieran contado a todos que el día era tan seguro como lo era la
noche, ¿en qué medida habría cambiado eso las cosas? Me imaginé cómo sería si no tuviésemos que
estar todo el día confinados en un sótano aislado de la luz, si los veintiuno que éramos —quizá menos
ahora, en función de cómo lo estuvieran llevando los miembros que formaban las partidas de caza—
fuésemos libres para hacer lo que nos viniese en gana cuando nos diese la gana.
Querríamos cazar, eso por descontado.
Sin la obligación de regresar, si no tuviéramos que escondernos... bueno, muchos no pasaríamos por
aquí muy a menudo. Resultaría difícil estar pendiente de volver mientras la sed nos dominase. Pero
¡qué profundo nos había grabado Riley en la frente la amenaza de las llamas, de revivir aquel espantoso
dolor por el que todos pasamos una vez! Ésa era la razón de que nos pudiésemos contener: el instinto
de conservación, el único instinto más fuerte que la sed.
De modo que la amenaza nos mantuvo juntos. Había otros escondites, como la cueva de Diego, pero
¿quién más pensaba en ese tipo de cosas? Ya teníamos un lugar donde ir, una base, así que era allí
donde íbamos. La lucidez no era el fuerte de los vampiros. O, al menos, no era el fuerte de los vampiros
jóvenes. Riley era lúcido. Diego era más lúcido que yo. Aquellos vampiros de las túnicas exhibían un
control aterrador. Me estremecí. De manera que la rutina no nos dominaría para siempre. ¿Qué harían
cuando fuéramos más mayores, más lúcidos? Me di cuenta de que nadie allí era más mayor que Riley.
Todos éramos nuevos. Ella necesitaba ahora a unos cuantos de nosotros para su enemigo misterioso,
pero ¿qué pasaría después?
Tenía la fuerte sensación de no desear quedarme por allí para esa parte, y de pronto reparé en algo
increíblemente obvio. Se trataba de la solución que me había estado rondando la cabeza con
anterioridad, cuando seguía el rastro de la manada de vampiros hasta aquí, con Diego.
No tenía que quedarme para esa parte. No tenía por qué quedarme ni una sola noche más. Me había vuelto a convertir en una estatua mientras pensaba en aquella idea tan maravillosa.
Si Diego y yo no hubiéramos sabido hacia dónde era más probable que el grupo se dirigiese,
¿habríamos dado con ellos alguna vez? Supongo que no, y eso que se trataba de un grupo grande que
dejaba un rastro amplio. ¿Y si fuera sólo un vampiro, uno que hubiese podido llegar de un salto a la
costa, tal vez a un árbol, sin dejar un rastro al borde del agua...? Tan sólo uno, o quizá dos vampiros
capaces de nadar mar adentro tan lejos como quisieran... Que pudiesen regresar a tierra firme en
cualquier sitio... Canadá, California, Chile, China...
Nunca se podría encontrar a esos dos vampiros. Se habrían esfumado. Desaparecidos como en una
nube de humo.
¡No teníamos que haber vuelto la otra noche! ¡No deberíamos haberlo hecho! ¿Por qué no había
pensado en ello entonces?
Aunque... ¿habría estado de acuerdo Diego? De repente no me sentía tan segura de mí misma. ¿Era
Diego más leal a Riley después de todo? ¿Habría creído que tenía la responsabilidad de permanecer a
su lado? Él conoció a Riley mucho antes; a mí, en realidad, sólo me conocía de un día. ¿Se encontraba
más unido a Riley que a mí?
Consideré aquello con el ceño fruncido.
Bueno, lo descubriría en cuanto dispusiésemos de un minuto a solas. Y puede que entonces, si nuestro
club secreto significaba algo de verdad, no tendría importancia lo que nuestra creadora hubiese
planeado para nosotros. Podríamos desaparecer, y Riley se tendría que apañar con diecinueve
vampiros, o hacer otros nuevos rápidamente. De cualquier forma, eso no era nuestro problema.
No podía esperar para contarle a Diego mi plan. Mi estómago me decía que él sentiría lo mismo. Con
un poco de suerte.
De repente, me pregunté si no sería precisamente aquello lo que en realidad les había sucedido a Shelly
y a Steve, y también a los otros chicos que habían desaparecido. Sabía que no se habían quemado al
sol. ¿Afirmaría Riley haber visto las cenizas como una forma más de mantenernos a los demás
atemorizados y dependientes de él? ¿De lograr que siguiésemos regresando a casa, a él, cada
amanecer? Tal vez Shelly y Steve se hubieran largado por su cuenta. Se acabó Raoul. Nada de ejércitos
ni de enemigos que amenazasen su futuro inmediato.
Quizá fuera eso lo que Riley quería decir con «perdidos por culpa del sol». Fugitivos. En cuyo caso,
estaría contento de que Diego no se hubiese ido, ¿no?
¡Ojalá Diego y yo nos hubiéramos largado! Podríamos ser libres, como Shelly y Steve. Sin reglas, sin
temor al amanecer.
De nuevo me imaginé a nuestra horda, al completo, con rienda suelta y sin toque de queda. Nos veía a
Diego y a mí moviéndonos por las sombras como ninjas. Pero también podía ver a Raoul, Kevin y los
demás como unos monstruos-bola de discoteca cegadores en medio de una calle céntrica y repleta de
gente; el montón de cadáveres, los gritos, el zumbido de los helicópteros, los pobres e impotentes
policías con sus tristes balas incapaces siquiera de hacernos un rasguño, las cámaras y lo rápido que
cundiría el pánico cuando las imágenes dieran la vuelta al mundo.
Los vampiros no serían un secreto por mucho tiempo. Ni siquiera Raoul podría matar a la gente tan
rápido como para evitar que se difundiera la historia.
En aquello había una secuencia lógica, e hice un esfuerzo por captarla antes de volver a distraerme.
Primero: los humanos no sabían de la existencia de los vampiros. Segundo: Riley nos invitaba a pasar
desapercibidos, a no atraer la atención de los humanos y no abrirles así los ojos. Tercero: Diego y yo
habíamos concluido que todos los vampiros debían de estar siguiendo dicha pauta o, de lo contrario, el
mundo sabría de nosotros. Cuarto: tenía que haber una razón para que lo hiciesen, y su motivación no
eran las pistolitas de juguete de los policías humanos. Sí, la razón debía de ser bien importante para
conseguir que todos los vampiros pasen el día entero ocultos en sótanos cerrados. Era tal vez razón
suficiente para que Riley y nuestra creadora nos mintiesen y nos aterrorizasen con el sol abrasador.
Quizá fuese una razón que Riley le explicase a Diego y, dado que era tan importante y él tan
responsable, Diego prometiera guardar el secreto y a ambos les bastase con eso. Seguro que sí. Pero ¿y
si lo que en realidad les había pasado a Shelley y a Steve fue que habían descubierto lo del brillo en la
piel y no habían huido? ¿Y si hubiesen ido a contárselo a Riley?
Y, mierda, se me fue el siguiente paso en mi recorrido lógico. Se desvaneció la secuencia y de nuevo
comencé a sentir pánico por Diego.
Mientras crecía mi estado de nervios, me di cuenta de que había estado dándole vueltas a la cabeza
durante un buen rato. Presentía que se acercaba el amanecer. No faltaba más de una hora. ¿Dónde
estaba Diego entonces? ¿Dónde estaba Riley?
Según lo pensaba, la puerta se abrió y Raoul bajó a saltos las escaleras, entre risas, con sus colegas. Me
acurruqué y me recosté más cerca de Fred. Raoul no se fijó en nosotros. Miró al vampiro carbonizado
en el centro de la habitación, y su risa se hizo más fuerte. El rojo de sus ojos era brillante.
Las noches en que iba de caza, Raoul nunca volvía al refugio antes de que fuese obligatorio. Seguía
alimentándose mientras pudiese, así que el amanecer tenía que estar más próximo aún de lo que yo
había pensado.
Seguramente, Riley le habría pedido a Diego que demostrase lo que decía. Ésa era la única explicación:
esperaban a que amaneciese. Sólo que... eso habría significado que Riley no sabía la verdad, que
nuestra creadora le estaba mintiendo a él también. ¿O no? Mis pensamientos volvieron a enredarse.
Kristie apareció minutos más tarde con tres de su grupo y reaccionó con indiferencia ante el montón de
cenizas. Hice un rápido conteo visual según se apresuraban a atravesar la puerta otros dos cazadores.
Veinte vampiros. Todo el mundo había regresado excepto Diego y Riley. El sol saldría en cualquier
momento.
La puerta en lo alto de las escaleras del sótano crujió al abrirse. Me puse en pie de un brinco.
Entró Riley. Cerró la puerta a su espalda. Bajó las escaleras.
Detrás no venía nadie.
Antes de ser capaz de procesar aquello, Riley soltó un aullido animal de ira. No apartaba la vista de los
restos carbonizados en el suelo; los ojos se le salían de las órbitas, llenos de furia. Todo el mundo
permaneció en silencio, inmóvil. Todos habíamos visto a Riley perder la paciencia, pero esto era
distinto.
Riley dio media vuelta y recorrió con los dedos un altavoz que sonaba con estridencia. Lo arrancó de la
pared y lo lanzó contra el lado opuesto de la estancia. Jen y Kristie se apartaron de su trayectoria justo
cuando fue a estallar contra la pared en medio de una nube de polvo de pladur. Riley destrozó el equipo
de sonido con un pie, y cesó el sordo golpeo de los graves. A continuación dio un salto hasta donde se
encontraba Raoul, y lo agarró por la garganta.
—¡Ni siquiera estaba aquí! —gritaba Raoul con aire asustado—. No había visto eso antes.
Riley soltó un alarido espantoso y lanzó a Raoul como antes había tirado el altavoz. Jen y Kristie
volvieron a apartarse de un salto, y el cuerpo de Raoul atravesó la pared dejando un agujero enorme.
Riley asió a Kevin por el hombro y, con un crujido familiar, le arrancó la mano derecha. Kevin gritó de
dolor y se retorció en un intento por zafarse de él. Riley le propinó una patada en el costado. Otro
chillido discordante, y Riley se había quedado con el resto del brazo de Kevin. Partió la extremidad por
la mitad, a la altura del codo, y tiró los fragmentos con fuerza a la angustiada cara de Kevin: bum, bum,
bum, como un martillo contra una piedra.
—Pero ¿qué pasa con vosotros? —nos gritó Riley—. ¿Por qué sois tan estúpidos? —estiró el brazo
para enganchar al chico rubio que hacía de Spiderman, pero el chaval se alejó de un brinco que le hizo
caer demasiado cerca de Fred, y volvió hacia Riley a trompicones, boqueando—. ¿Alguno de vosotros
tiene cerebro?
Riley golpeó a un chico llamado Dean contra el home cinema y lo hizo añicos; agarró entonces a otra
chica —Sara— y le arrancó la oreja izquierda y un mechón de pelo de la cabeza. Ella chilló de
angustia.
De forma repentina, se hizo patente que Riley estaba haciendo algo muy peligroso. Éramos muchos allí
dentro. Raoul ya se había incorporado y se encontraba flanqueado por Kristie y por Jen —que solían
ser sus enemigas— a la defensiva. Algunos otros habían formado grupos por toda la habitación.
No podría asegurar si Riley fue consciente de la amenaza o si su despotrique finalizó de manera
natural, pero respiró profundamente. Le tiró a Sara su oreja y el pelo. Ella se apartó de él y se puso a
lamer el borde arrancado de su apéndice para cubrirlo de ponzoña y así poder recolocárselo. Para el
pelo no había remedio, de manera que Sara se iba a quedar con una calva.
—¡Escuchadme! —dijo Riley, en un tono tranquilo pero feroz—. ¡Todas nuestras vidas dependen de
que escuchéis lo que os digo ahora y penséis! Todos nosotros vamos a morir. ¡Todos y cada uno de
nosotros: vosotros y yo también, si no sois capaces de comportaros como si tuvierais cerebro durante
apenas unos pocos días!
Aquello no se parecía en nada a sus habituales conferencias y peticiones de que controlásemos. Desde
luego había conseguido captar la atención de todos.
—Ya va siendo hora de que crezcáis y de que os hagáis cargo de vuestras propias responsabilidades.
¿Es que pensáis que vivir así es gratis. ¿Que toda la sangre de Seattle no tiene un precio?
Los pequeños grupos de vampiros ya no parecían una amenaza. Todo el mundo tenía los ojos muy
abiertos, y algunos intercambiaban miradas de desconcierto. Con el rabillo del ojo vi que la cabeza de
Fred se volvía hacia mí, pero no le devolví la mirada. Mi atención se centraba en dos cosas: Riley, por
si reanudaba su ataque, y la puerta. Una puerta que permanecía cerrada.
—¿Me estáis escuchando ahora? ¿Me escucháis de verdad? —Riley hizo una pausa, mas nadie asintió.
La sala estaba muy quieta—. Permitidme explicaros la precariedad de la situación en la que todos nos
encontramos. Lo reduciré a lo básico para los más lentos. Raoul, Kristie, venid aquí.
Se aproximó a los líderes de los dos grupos más grandes, aliados contra él en aquel breve instante.
Ninguno de ellos se le acercó. Se prepararon; Kristie enseñó los dientes.
Me imaginé que Riley amainaría, que se disculparía. Que los aplacaría y entonces los convencería para
que hicieran lo que él quisiese. Pero este Riley era distinto.
—Muy bien —les dijo con brusquedad—. Si queremos sobrevivir, vamos a necesitar líderes y, al
parecer, ninguno de vosotros dos está a la altura de la tarea. Creía que teníais aptitudes, pero me
equivoqué. Kevin, Jen, uníos a mí como cabecillas de este equipo.
Kevin levantó la vista sorprendido. Acababa de terminar de rearmarse el brazo y, aunque su expresión
era cautelosa, resultaba innegable que se sentía también halagado. Se puso lentamente en pie. Jen miró
a Kristie como si esperase su permiso. Raoul rechinó los dientes.
La puerta en lo alto de las escaleras no se abría.
—¿Tampoco sois capaces? —preguntó Riley irritado.
Kevin dio un paso hacia Riley, pero Raoul se lanzó contra él atravesando la enorme estancia en un par
de saltos a ras de suelo. Empujó a Kevin contra la pared sin mediar palabra y se situó a la derecha de
Riley, quien se permitió una ligera sonrisa.
No es que la manipulación fuera sutil, pero si efectiva.
—¿Kristie o Jen, quién nos guiará? —preguntó Riley con un cierto deje de diversión en la voz.
Jen seguía a la espera de una señal de Kristie que le indicase qué debía hacer. Kristie fulminó ajen con
la mirada por un instante, se quitó el pelo rubio rojizo de la cara con un gesto y se apresuró a ocupar el
otro flanco de Riley.
—Esa decisión ha llevado demasiado tiempo —dijo Riley muy serio—. El tiempo es un lujo del que no
disponemos. Vamos a dejar de andarnos con tonterías. Bastante os he dejado a todos que hagáis lo que
os dé la gana, pero eso se acaba esta noche.
Su mirada recorrió la habitación en busca de los ojos de todos y cada uno de nosotros, para asegurarse
de que estábamos escuchando. Cuando me llegó el turno, le mantuve la mirada durante un solo segundo
y se me fueron los ojos hacia la puerta. Corregí al instante, pero su mirada había proseguido su camino.
Me pregunté si se habría percatado de mi desliz. ¿O tal vez ni siquiera me había visto ahí, junto a Fred?
—Tenemos un enemigo —anunció Riley. Dejó un momento para que aquello calase. Podía notar que la
idea resultaba impactante para unos cuantos de los vampiros que había en aquel sótano. El enemigo era
Raoul o, si estabas con Raoul, el enemigo era Kristie. El enemigo estaba allí dentro porque el mundo se
reducía a lo que allí había. La idea de que en el exterior hubiese otras fuerzas lo bastante poderosas
como para afectadnos era nueva para la mayoría. El día anterior también habría sido nueva para mí.
—Algunos de vosotros habréis sido lo bastante listos como para caer en la cuenta de que, si nosotros
existimos, también existen otros vampiros. Vampiros de mayor edad, mayor inteligencia... mayor
talento. ¡Otros vampiros que quieren nuestra sangre!
Raoul bufó un siseo, y varios de sus acólitos le imitaron como apoyo.
—Eso es —dijo Riley, que parecía resuelto a azuzarlos—. Seattle fue una vez suyo, pero se trasladaron
hace mucho tiempo. Ahora tienen noticia de nosotros y sienten celos de la sangre fácil que antes tenían
aquí. Saben que ahora nos pertenece a nosotros, aunque la quieren recuperar. Y van a venir a por lo que
desean. Uno por uno, ¡nos darán caza a todos! ¡Nosotros arderemos mientras ellos se dan un festín!
—Eso nunca —rugió Kristie. Algunos de los suyos y otros del grupo de Raoul rugieron con ella.
—No tenemos muchas oportunidades —nos dijo Riley—. Si esperamos a que aparezcan por aquí, la
ventaja será suya. Al fin y al cabo, éste es su territorio. No quieren encontrarse con nosotros en un
ataque frontal porque los superamos en número y somos más fuertes que ellos. Quieren cazarnos por
separado, quieren aprovecharse de nuestra mayor debilidad. ¿Hay alguien aquí lo bastante listo como
para saber cuál es?
Señaló las cenizas a sus pies —ahora desparramadas por la alfombra e irreconocibles como los restos
de un vampiro— y esperó.
Nadie movió un dedo.
Riley emitió un sonido de asco.
—¡Unión! —gritó—. ¡Carecemos de ella! ¿Qué tipo de amenaza podemos suponer cuando no dejamos
de matarnos los unos a los otros? —le dio un puntapié al polvo y levantó una pequeña nube oscura—.
¿Os los podéis imaginar riéndose de nosotros? Piensan que arrebatarnos la ciudad les resultará sencillo,
¡que nuestra estupidez nos hace débiles! Que les entregaremos nuestra sangre en bandeja, sin más.
La mitad de los vampiros soltó gruñidos de protesta.
—¿Seréis capaces de trabajar juntos, o vamos a morir todos?
—Podemos con ellos, jefe —gruñó Raoul.
Riley le miró con cara de pocos amigos.
—¡No, si no eres capaz de controlarte! No, si no eres capaz de cooperar con todos y cada uno de los
presentes en esta sala. Aquel a quien elimines —el dedo de su pie volvía a juguetear con las cenizas—
podría ser quien te hubiese mantenido con vida. Cada uno de tu aquelarre al que matas es como un
regalo que les haces a nuestros enemigos. «¡Venid!», les estás diciendo, «¡acabad con nosotros!»
Kristie y Raoul intercambiaron una mirada como si se estuviesen viendo por primera vez. Otros
hicieron lo mismo. La palabra aquelarre no era desconocida, pero ninguno de nosotros la había
aplicado antes a nuestro grupo. Éramos un aquelarre.
—Os hablaré de nuestros enemigos —dijo Riley, y todas las miradas se clavaron en su rostro—. Es un
aquelarre mucho más antiguo que nosotros. Llevan cientos de años por aquí y algún motivo habrá para
que hayan sobrevivido tanto tiempo. Son astutos y hábiles, y vienen confiados a recuperar Seattle,
¡porque les han dicho que los únicos con quienes tendrán que luchar para lograrlo son una banda de
críos desorganizados que va a hacer la mitad del trabajo por ellos!
Más rugidos, aunque algunos mostraban menos ira que cautela. Unos pocos de los vampiros más
tranquilos, esos a los que Riley llamaría «mansos», parecían inquietos.
Riley también lo percibió.
—Así es como ellos nos ven, pero eso es porque no pueden vernos juntos. Juntos podemos aplastarlos.
Si nos pudieran ver a todos, codo con codo, luchando juntos, estarían aterrorizados. Y así es como nos van a ver. Porque no vamos a estar esperando a que aparezcan por aquí y empiecen a eliminarnos de
uno en uno. Dentro de cuatro días, les vamos a tender una emboscada.
¿Cuatro días? Me había imaginado que nuestra creadora no desearía apurar tanto la fecha tope. Volví a
mirar la puerta cerrada. ¿Dónde estaba Diego?
Otros reaccionaron con sorpresa ante el plazo de tiempo, algunos con temor.
—Es la última cosa que se esperan —nos tranquilizó Riley—: Todos nosotros, juntos, aguardándolos. Y
he dejado lo mejor para el final. Sólo son siete.
Se produjo un instante de silencio incrédulo. Entonces Raoul dijo:
—¿Qué?
Kristie miraba fijamente a Riley con la misma expresión de incredulidad, y escuché como el sonido
apagado de los susurros recorría la estancia.
—¿Siete?
—¿Es una broma?
—Eh —dijo Riley con brusquedad—. No os estaba tomando el pelo cuando he dicho que este aquelarre
es peligroso. Son astutos y... taimados. Solapados. Nosotros contaremos con la fuerza, ellos con el
engaño. Si les hacemos el juego, nos derrotarán, pero si lo llevamos a nuestro terreno... —Riley no
finalizó la frase, se limitó a sonreír.
—Vayamos ahora —propuso Raoul.
—Borrémoslos rápidamente del mapa —gruñó Kevin entusiasmado.
—Echa el freno, imbécil. Lanzarnos a ciegas no nos va a ayudar a vencer —le reprendió Riley.
—Cuéntanos todo lo que debamos saber sobre ellos —le pidió Kristie al tiempo que dirigía una mirada
de superioridad a Raoul.
Riley vaciló, como si estuviese decidiendo cómo decirnos algo.
—Muy bien. ¿Por dónde empiezo? Imagino que lo primero que debéis saber es... que no sabéis aún
todo lo que hay que saber sobre los vampiros. No quería abrumaros al principio —hizo otra pausa
mientras todos parecían confusos—. Ya tenéis una ligera experiencia con lo que llamamos «talento».
Tenemos a Fred.
Todos se volvieron hacia Fred, o más bien lo intentaron. Por la expresión en el rostro de Riley, podía
decir que a Fred no le gustaba verse señalado. Parecía como si Fred hubiese elevado la intensidad de su
«talento», como lo llamaba Riley, quien se encogió y apartó la mirada de inmediato. Yo seguía sin
sentir nada.
—Sí, veréis, hay algunos otros vampiros que poseen dones más allá de una fuerza y unos sentidos
extraordinarios. Ya habéis visto algún aspecto en... nuestro aquelarre —se cuidó de no volver a
pronunciar el nombre de Fred—. Los dones son poco usuales, uno de cada cincuenta, quizás, y todos
son diferentes. Hay una amplia gama de ellos por ahí, unos más poderosos que otros.
Hubo un gran murmullo mientras la gente se preguntaba si ellos los podrían poseer. Raoul se
pavoneaba como si ya hubiera decidido que él tenía un don. Hasta donde yo sabía, el único que era
especial allí en algún sentido se encontraba justo a mi lado.
—¡Prestad atención! —ordenó Riley—. No os estoy contando esto para vuestra diversión.
—Este aquelarre enemigo que dices... —intervino Kristie—, ellos sí poseen dones, ¿verdad?
Riley le dedicó un gesto de asentimiento en señal de aprobación.
—Exacto. Me alegra que contemos con alguien capaz de seguir la línea de puntos —el labio superior
de Raoul hizo una mueca que mostró sus dientes—. Ese aquelarre está peligrosamente dotado —
prosiguió Riley—. Uno de ellos es capaz de leer la mente —examinó nuestros rostros para ver si
captábamos la importancia de aquella revelación. La conclusión que obtuvo no pareció satisfacerle—.
¡Pensad, chavales! Sabrá todo lo que tengáis en la cabeza. Si le atacáis, conocerá el movimiento que
vais a hacer antes incluso de que vosotros seáis conscientes de ello. Si vais por la izquierda, allí os
estará esperando.
Una inquietud nerviosa se apoderó de todos mientras nos lo imaginábamos.
—Ése es el motivo por el que hemos sido tan cautelosos; yo y quien os creó.
Kristie dio un respingo y se apartó de él cuando la mencionó. Raoul parecía más enfadado. Los nervios
se tensaron por doquier.
—No conocéis su nombre, ni sabéis qué aspecto tiene. Esto nos protege a todos. Si ellos se tropezaran
con cualquiera de vosotros a solas, no se darían cuenta de vuestra conexión con ella, así os dejarían
tranquilos. De saber que formáis parte de su aquelarre, vuestra ejecución sería inmediata.
Aquello no tenía sentido para mí. ¿No la protegía a ella el secretismo más que a cualquiera de
nosotros? Riley se apresuró a continuar antes de que dispusiéramos de demasiado tiempo para evaluar
su afirmación.
—Ahora que han decidido trasladarse a Seattle, por supuesto, ya no tiene importancia. Los
sorprenderemos cuando vengan de camino, y los aniquilaremos —dejó escapar entre los dientes un
silbido grave, de una sola nota—. Y se acabó. Después, no sólo será nuestra nuestra la ciudad entera,
sino que otros aquelarres sabrán que a nosotros no se nos toca las narices. No nos veremos obligados ya
a ocultar tanto nuestro rastro. Habrá tanta sangre como queráis, para todos. Cazar todas las noches. Nos
mudaremos al centro de la ciudad, y la dominaremos.
Los rugidos y gruñidos sonaron como un aplauso. Todo el mundo estaba con él. Excepto yo. No me
moví, no hice un ruido. Tampoco lo hizo Fred, pero ¿quién sabe por qué?
Yo no estaba con Riley porque sus promesas sonaban a mentira. De lo contrario, toda mi secuencia
lógica era errónea. Riley había dicho que el motivo que impedía que cazásemos sin preocupación ni
restricciones era únicamente ese aquelarre enemigo, pero aquello no encajaba con el hecho de que
todos los demás vampiros debían de estar siendo discretos, o los humanos habrían conocido su
existencia hace mucho tiempo.
No me podía concentrar en resolverlo porque la puerta en lo alto de las escaleras no se había movido.
Diego... —Pero esto lo tenemos que hacer juntos. Hoy os guiaré a través del aprendizaje de algunas técnicas.
Técnicas de combate. Consiste en algo más que gatear por el suelo como críos. Cuando oscurezca,
saldremos fuera y practicaremos. Quiero que os esforcéis en vuestro entrenamiento, y que os
mantengáis bajo control. ¡No voy a perder a otro miembro de este aquelarre! Todos nos necesitamos los
unos a los otros, todos y cada uno de nosotros. No voy a tolerar más estupideces. Si creéis que no tenéis
por qué escucharme, os equivocáis —realizó una breve pausa de un segundo, y los músculos de su
rostro adoptaron una nueva disposición—. Y os daréis cuenta de lo equivocados que estáis cuando os
lleve ante ella —me estremecí y noté como el temblor recorría la habitación, cuando todos los demás
también lo hicieron— y os sujete mientras os arranca las piernas y después, despacio, muy despacio, os
quema los dedos de las manos, las orejas, los labios, la lengua y cualquier otro apéndice superficial uno
por uno.
Todos habíamos perdido un miembro, por lo menos, y todos habíamos sentido el ardor del fuego al
convertirnos en vampiros, de manera que nos resultaba sencillo imaginar cómo sería aquello, aunque lo
aterrador no era la propia amenaza en sí. Lo que daba verdadero pavor era el rostro de Riley cuando lo
dijo. No es que la cara se le retorciese de ira como le solía pasar cuando se enfadaba. Estaba calmado y
frío, terso y hermoso, sus labios describían una leve curva en las comisuras, en una ligera sonrisa. Tuve
de repente la impresión de que aquél era un nuevo Riley. Algo había cambiado en él, lo había
endurecido, pero no era capaz de imaginar qué podía haber pasado en una sola noche que le produjese
aquella sonrisa cruel y perfecta.
Aparté la mirada con un pequeño temblor y vi que la sonrisa de Raoul había cambiado para imitar la de
Riley. Casi podía ver los engranajes girando dentro de la cabeza de Raoul. Ya no mataría tan rápido a
sus víctimas en el futuro.
—Muy bien, vamos a formar equipos de manera que podamos trabajar en grupos —dijo Riley con una
expresión de nuevo normal en el rostro—. Kristie, Raoul, juntad a los vuestros y a continuación
repartid al resto en grupos equilibrados. ¡Sin peleas! Enseñadme que lo podéis hacer de un modo
racional. Demostrad lo que valéis.
Se apartó de aquellos dos ignorando el hecho de que se liaron casi de inmediato a discutir, y describió
un recorrido en arco por el extremo de la habitación. Conforme pasaba iba tocando en el hombro a
algunos vampiros y los mandaba a uno de los nuevos líderes o al otro. Al principio no me di cuenta de
que se dirigía hacia mí gracias al paseo tan largo que se había dado.
—Bree —me dijo dirigiendo la mirada con un gesto forzado hacia donde yo me encontraba, como si le
estuviese costando mucho. Me quedé como un bloque de hielo. Habría captado mi rastro. Estaba
muerta—. ¿Bree? —repitió en un tono más suave ahora, y su voz me recordó la primera vez que me
habló, cuando me trató con amabilidad. Prosiguió en una voz más baja aún—: Le prometí a Diego que
te daría un mensaje. Me dijo que era cosa de ninjas. ¿Tiene eso algún sentido para ti?
Aún no podía mirarme, pero se encontraba cada vez más cerca.
—¿Diego? —murmuré. No pude evitarlo.
Riley esbozó una ligerísima sonrisa.
—¿Podemos hablar? —señaló la puerta con un movimiento de la cabeza—. He comprobado todas las
ventanas, el primer piso está totalmente a oscuras y es seguro.Sabía que, una vez que me apartase de Fred, ya no estaría tan a salvo, pero debía oír lo que Diego había
querido contarme. ¿Qué había pasado? Tenía que haberme quedado con él, y haber ido juntos a ver a
Riley.
Le seguí a través de la habitación con la cabeza baja. Le dio instrucciones a Raoul, hizo un gesto de
asentimiento en dirección a Kristie, y subimos las escaleras. Vi con el rabillo del ojo que algunos
observaban con curiosidad adónde se dirigía.
Atravesó la puerta delante de mí. La cocina de la casa se encontraba, tal y como él había prometido,
totalmente a oscuras. Me hizo un gesto para que fuese tras él y me condujo por un pasillo oscuro,
dejamos atrás las puertas abiertas de varios dormitorios, y cruzamos otra puerta que tenía cerradura
para una llave. Acabamos en el garaje.
—Eres valiente —me comentó en una voz muy baja—. O confiada de verdad. Pensé que me costaría
más trabajo traerte al piso de arriba en pleno día —ups... tenía que haberme mostrado más nerviosa.
Demasiado tarde ya. Me encogí de hombros—. Así que Diego y tú estáis muy unidos, ¿verdad? —me
preguntó exhalando apenas las palabras. Quizá los demás hubieran podido aún oírle de haber estado
todo el mundo en silencio en el sótano, pero en aquel preciso instante había mucho ruido allí abajo.
Me volví a encoger de hombros.
—Me salvó la vida —susurré.
Riley elevó la barbilla, casi en un gesto de asentimiento, pero no lo era en realidad, y evaluó mi
respuesta. ¿Me creía? ¿Pensaba que aún temía a la luz del sol?
—Es el mejor —dijo Riley—. El chico más listo que tengo.
Asentí una vez.
—Hemos tenido una pequeña charla acerca de la situación —prosiguió Riley—. Hemos coincidido en
que necesitamos vigilancia. Ir a ciegas resulta demasiado peligroso. Él es el único en quien confío para
que se adelante a echar un vistazo —bufó, casi en un ademán de enfado—. ¡Ojalá tuviese dos como él!
Raoul pierde los estribos con demasiada facilidad, y Kristie está demasiado preocupada consigo misma
como para tener una visión global. Pero son los mejores que tengo, y me tendré que apañar. Diego me
ha dicho que tú también eres lista —aguardé, al no estar segura de cuánto sabía Riley de nuestra
historia—. Necesito que me ayudes con Fred. ¡Menuda fuerza tiene ese chico! Esta noche ni siquiera
podía mirarle.
Volví a asentir, cautelosa.
—Imagínate que tus enemigos ni siquiera te pudiesen mirar. ¡Qué fácil resultaría! —continuó.
Yo no creía que a Fred le fuese a gustar la idea, pero quizá me equivocaba. No parecía que le importase
lo más mínimo aquel aquelarre nuestro. ¿Querría salvarnos? No respondí a Riley.
—Tú pasas mucho tiempo con él.
Hice un gesto de indiferencia.
—Ahí nadie me molesta. No es fácil.
Riley frunció los labios y asintió.
—Lista, como me ha dicho Diego.
—¿Dónde está Diego?
No tenía que haber preguntado. Las palabras salieron de mi boca por su propia voluntad. Aguardé con
ansiedad, intenté mostrar indiferencia y seguramente fracasé.
—No tenemos tiempo que perder. Le he enviado al sur en cuanto he sabido lo que se avecina. Si
nuestros enemigos deciden atacar antes, necesitamos estar sobre aviso. Diego se encontrará con
nosotros cuando vayamos contra ellos.
Intenté imaginar por dónde andaría Diego en ese momento. Ojalá estuviera allí con él. Quizá pudiese
convencerle y evitar que hiciese la voluntad de Riley y de paso impedir que se colocase en primera
línea de fuego. Pero quizá no. Parecía que Diego y Riley eran uña y carne, justo como me había
temido.
—Diego quería que te dijese algo —mis ojos se clavaron bruscamente en él. Demasiado rápido,
demasiada ansia. La cagué otra vez—. Para mí no tenía ningún sentido, pero dijo: «Cuéntale a Bree que
ya tengo el saludo, que se lo enseñaré dentro de cuatro días, cuando nos veamos». No tengo ni idea de a
qué se refería. ¿Significa algo para ti?
Intenté forzar una cara de póquer.
—Tal vez. Me dijo algo así como que tenía que encontrar un saludo secreto para su cueva submarina.
Una especie de contraseña. No era más que una broma. No sé muy bien a qué se refiere ahora.
Riley se carcajeó.
—Pobre Diego.
—¿Qué?
—Creo que le gustas a ese chico mucho más de lo que él te gusta a ti.
—Ah —aparté la mirada, confundida. ¿Me enviaba Diego este mensaje como un medio de hacerme
saber que podía confiar en Riley? Pero él sin embargo no le había dicho a Riley que yo sabía lo del sol.
Aun así, Diego debía de haber confiado mucho en Riley para contarle tanto, como para mostrarle a
Riley que yo le importaba. Aun así pensé que sería más inteligente mantener la boca cerrada. Habían
cambiado demasiadas cosas.
—No le des calabazas aún, Bree. Es el mejor, como te he dicho. Dale una oportunidad.
¿Me estaba dando Riley consejos románticos? Aquello sí que no podía ser más extraño. Sacudí la
cabeza una vez y dije:
—Claro.
—Mira a ver si puedes hablar con Fred. Asegúrate de que está en nuestro barco.
Me encogí de hombros.
—Haré lo que pueda.
Riley sonrió.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario