Se levantó ocupando el espacio extra en el techo que él mismo había abierto, y se puso a excavar de
nuevo. En un instante sus pies se tambaleaban en el aire mientras se sujetaba con una mano y escarbaba
con la otra.
—Más te vale estar buscando ajos —le advertí, y retrocedí en dirección al túnel que conducía al mar.
—Las historias no son ciertas, Bree —me dijo a voces. Continuó ascendiendo dentro del agujero que
hacía, y seguía lloviendo tierra. A ese ritmo iba a rellenar todo su escondite, o a inundarlo de luz, lo
cual lo convertiría en algo más inútil aún.
Me deslicé casi entera en el interior del conducto de escape, apenas asomaba las yemas de los dedos y
los ojos por encima del borde. El agua me llegaba sólo hasta la cadera. Me bastaría con una mínima
fracción de segundo para desaparecer en la oscuridad que había debajo de mí, y podía pasar un día sin
respirar.
Nunca había sido una entusiasta del fuego. El motivo de ello podía hallarse en algún recuerdo enterrado
de mi infancia, o quizá se trataba de algo más reciente. Ya había tenido fuego de sobra con mi
conversión en vampiro.
Diego tenía que estar ya cerca de la superficie. Una vez más, tuve que combatir la idea de perder a mi
nuevo y único amigo.
—Diego, para ya, por favor —susurré, consciente de que lo más probable era que él se riese, en el
convencimiento de que no me escucharía.
—Confía, Bree.
Aguardé, inmóvil.
—Casi... —masculló él—. Muy bien.
Me tensé a la espera de la luz, o de una chispa, o de la explosión, pero Diego se dejó caer mientras
continuaba oscuro. En la mano llevaba una raíz más larga, un palo grueso y retorcido casi tan alto como
yo. Me dedicó una mirada en plan ya te lo he dicho.
—No soy un completo insensato —me dijo. Señaló la raíz con la mano que tenía libre—. ¿Lo ves?
Precauciones.
Dicho aquello, metió la raíz en el agujero que había hecho y la clavó en la parte alta. Se produjo una
avalancha final de grava y arena al tiempo que Diego retrocedía de rodillas para apartarse. Y entonces
un haz de luz brillante —un rayo del grosor del brazo de Diego— perforó la oscuridad de la cueva. La
luz formaba una columna desde el techo hasta el suelo, que resplandecía al atravesarla el polvo a la
deriva. Yo estaba petrificada, asida al borde, lista para hundirme.
Diego no salió despedido ni se puso a gritar de dolor. No había ningún olor a humo. La cueva estaba
cien veces más iluminada que antes pero a él no parecía afectarle, así que quizá fuera verdad su historia
sobre la sombra del árbol. Observé con atención cómo permanecía arrodillado junto a la columna de
luz, inmóvil, mirándola fijamente. Se encontraba bien en apariencia, pero en su piel había un ligero
cambio, una especie de movimiento que reflejaba el brillo, quizá por el polvo que caía. Casi parecía
como si él mismo estuviese brillando.
Quizá no fuese el polvo, quizá se estuviese quemando. Quizá no doliese y él se daría cuenta demasiado
tarde...
Pasaron los segundos y seguíamos con la mirada fija en la luz del sol, inmóviles.
Entonces, en un movimiento que se antojaba absolutamente esperado y a la vez por completo
impensable, Diego abrió una mano con la palma hacia arriba y extendió el brazo en dirección al haz de
luz.
Me moví más rápido de lo que podía siquiera pensar, que ya era rápido de narices. Más veloz de lo que
me había movido jamás.
Arrollé a Diego de espaldas contra el muro de la covacha repleta de tierra antes de que pudiese
atravesar ese último centímetro que expondría su piel a la luz.
La cavidad se llenó de un fulgor repentino, y sentí el calor en mi pierna en el preciso momento en que
me percaté de que no había espacio suficiente para poder contener a Diego contra la pared sin que
alguna parte de mi cuerpo tocase la luz.
—¡Bree! —exclamó en un grito ahogado.
Me aparté de él de manera automática y me revolví para apretarme contra la pared. Duró menos de un
segundo, y todo ese tiempo me quedé esperando a que el dolor se apoderase de mí. A que prendiesen
las llamas y a continuación se extendiesen igual que la noche que la conocí a ella, sólo que más rápido.
El fogonazo de luz cegadora había desaparecido. De nuevo, sólo quedaba allí la columna de sol.
Dirigí la mirada al rostro de Diego; tenía los ojos como platos y la boca abierta de par en par. Estaba
totalmente quieto, señal segura de alarma. Quería mirarme la pierna, pero me daba miedo ver lo que
quedaba; no era como cuando Jen me arrancó el brazo, si bien aquello me dolió más. No iba a ser capaz
de curarme esto.
Seguía sin dolerme.
—Bree, ¿has visto eso?
Hice un rápido gesto negativo con la cabeza.
—¿Está muy mal?
—¿Mal?
—Mi pierna —mascullé entre dientes—. Dime solamente cuánta pierna queda.
—A mí me parece que está perfecta.
Bajé la vista rápidamente y, desde luego que sí, allí estaba mi pie, con mi pantorrilla, justo igual que
antes. Moví los dedos de los pies. Perfecto.
—¿Te duele? —me preguntó.
Me incorporé del suelo y me puse de rodillas.
—Todavía no.
—¿Has visto lo que ha pasado? ¿La luz?
Lo negué con la cabeza.
—Observa esto —dijo mientras se arrodillaba de nuevo frente al haz de luz—. Y no me vuelvas a
apartar de un empujón. Ya has demostrado que estoy en lo cierto —extendió la mano. Quedarse
mirando volvía a resultar casi igual de duro esta vez, aunque no notase normal la pierna.
En el instante en que sus dedos atravesaron el haz de luz, la cueva se llenó con un millón de brillantes
reflejos iridiscentes. Había tanta claridad como en un invernadero a mediodía: luz por todas partes. Di
un respingo y me estremecí. La luz del sol me envolvía por completo.
—Irreal —susurró Diego. Introdujo el resto de la mano en la luz y la cueva se iluminó aún más. Giró la
mano para mirarse el anverso y después la volvió a poner boca arriba. Los reflejos danzaron como si
Diego estuviese girando un prisma.
No había ningún olor a quemado, y era patente que no le dolía. Observé su mano más de cerca y me
pareció como si tuviese millones de espejos minúsculos sobre la piel, demasiado pequeños para
distinguirlos de forma independiente, que reflejaban la luz con el doble de intensidad que un espejo
normal.
—Ven aquí, Bree... tienes que probar esto.
No pude pensar en una razón para negarme, y sentía curiosidad, pero aún me notaba reacia al
acercarme a su lado.
—¿No quema?
—Nada. La luz no nos quema, sólo... se refleja en nosotros. Me imagino que decir eso es quedarse un
poco corto.
Con la lentitud propia de un humano, renuente, alcancé la luz con los dedos. Mi piel comenzó de
inmediato a centellear con los reflejos, y la cavidad se iluminó tanto que el día en el exterior hubiera
parecido oscuro en comparación. No eran exactamente reflejos, sin embargo, porque la luz era
refractada y de colores, algo más parecido a un cristal. Metí la mano entera y la cavidad se iluminó aún
más.
—¿Crees que Riley lo sabe? —susurré.
—Puede que sí, puede que no.
—Si lo supiese, ¿por qué no nos lo iba a contar? ¿Qué sentido tendría? Así que somos bolas de
discoteca andantes —me encogí de hombros.
Diego se rió.
—Ya veo de dónde provienen las historias. Imagínate que hubieras visto esto en alguien cuando eras
humana, ¿no pensarías que el tío se estaba quemando?
—Si no se acercase a charlar un rato, quizás.
—Esto es increíble —dijo Diego. Con un dedo trazó una línea que atravesaba la resplandeciente palma
de mi mano.
Entonces se puso en pie de un salto bajo el haz y la cueva se convirtió en un festival de luz.
—Venga, vamos a salir de aquí —estiró los brazos y ascendió por el agujero que había abierto hacia la
superficie.
Se podría pensar que debería haberlo asumido, pero aún estaba nerviosa al seguirle. Me mantuve
pegada a sus talones, no quería parecer una cobarde total, pero fui todo el camino con el estómago
encogido. Riley había sido muy claro en lo de arder al sol, en mi mente eso iba asociado al rato de
quemazón tan horrible que pasé al convertirme en vampiro, y no era capaz de escapar al pánico
instintivo que se apoderaba de mí cada vez que pensaba en ello.
Diego había salido ya del agujero, y yo me encontré a su lado medio segundo después. Permanecimos
en pie en una zona de hierba silvestre, a tan sólo unos pocos pasos de los árboles que cubrían la isla. A
nuestra espalda había un par de metros hasta un acantilado bajo y, a continuación, el agua. A nuestro
alrededor, todo brillaba a causa de los colores y a la luz que emitíamos.
—Guau —mascullé.
Diego me dedicó una amplia sonrisa cargada con la belleza de su rostro bajo la luz y, de repente, en
medio de un profundo vuelco que me dio el estómago, me percaté de que todo eso de los IAEs distaba
mucho de la realidad. Para mí, al menos. Así de rápido iba.
Se suavizó la amplitud de su sonrisa y se transformó en un rostro amable. Tenía los ojos tan abiertos
como yo, todo asombro y luz. Me tocó la cara del mismo modo en que me había tocado la mano, como
si estuviera intentando comprender aquel brillo.
—Cuánta belleza —murmuró. Dejó la mano sobre mi mejilla.
No estoy segura de cuánto tiempo nos quedamos allí de pie, sonriendo como dos verdaderos idiotas,
refulgiendo como antorchas de cristal. No había barcos en la ensenada, lo cual probablemente fue
bueno. No habríamos pasado inadvertidos de ninguna forma, ni siquiera para un humano con los ojos
llenos de barro. Tampoco es que hubiesen podido hacernos nada, pero no tenía sed, y los gritos me
habrían estropeado el buen ánimo.
Una gruesa nube ocultó finalmente el sol y, de pronto, éramos de nuevo nosotros aunque con una ligera
luminosidad, si bien no la suficiente para que se percatase alguien con la vista más torpe que la de un
vampiro.
En cuanto desapareció el brillo, se me aclararon las ideas y pude pensar en lo que vendría a
continuación. No obstante, aunque Diego presentase de nuevo su aspecto normal —no hecho de una
luz resplandeciente, al menos—, supe que ante mis ojos no volvería a parecer el mismo. Aquel
cosquilleo en la boca del estómago seguía ahí, y me daba la sensación de que podría quedarse de
manera permanente.
—¿Se lo contamos a Riley? ¿Hemos decidido que no lo sabe? —le pregunté.
Diego suspiró y dejó caer la mano.
—No lo sé. Pensemos en ello mientras los rastreamos.
—Vamos a tener que ser cuidadosos al rastrearlos de día. Ya sabes, al parecer se nos nota un poco
cuando nos da el sol.
Sonrió.
—Seremos ninjas.
Asentí.
—Club ninja súper secreto mola mucho más que el rollo ese de los IAEs.
—Muchísimo más.
No nos costó más que unos pocos segundos dar con el punto desde donde el grupo al completo había
abandonado la isla. Ésa era la parte fácil. Dar con el lugar donde habían puesto el pie en la costa
continental ya era otro problema bien distinto. Valoramos por un segundo la posibilidad de dividirnos,
pero vetamos la idea por unanimidad. Nuestra lógica era realmente sólida —al fin y al cabo, si uno de
los dos encontraba algo, ¿cómo se lo iba a contar al otro?—, pero se trataba sobre todo de que no quería
alejarme de él, y notaba que él sentía lo mismo. Ambos nos habíamos pasado toda nuestra vida sin
ninguna clase de buena compañía, y era algo demasiado agradable como para malgastar ni un solo
minuto de ella.
En cuanto a donde podían haber ido, había demasiadas opciones: al territorio continental de la
península o a otra isla, o de regreso a las afueras de Seattle, o al norte, a Canadá. Siempre que
demolíamos o quemábamos uno de nuestros refugios, Riley estaba preparado, siempre parecía saber
con exactitud dónde nos dirigiríamos a continuación. Debía de tener planes de antemano para estos
temas, pero no nos hacía partícipes de dichos planes a ninguno de nosotros.
Podrían estar en cualquier sitio.
Nos ralentizó mucho tener que andar sumergiéndonos en el agua y volviendo a la superficie para evitar
a los barcos y a la gente, y transcurrió el día sin tuviésemos fortuna, pero a ninguno de los dos nos
importó. Lo estábamos pasando mejor que nunca.
Qué día tan extraño. En lugar de sentarme triste en la oscuridad de mi escondite y de tragarme el asco
intentando no prestar atención al caos, estaba jugando a los ninjas con mi reciente íntimo amigo, o
puede que algo más. Nos reímos mucho al ir recorriendo las sombras y tirándonos piedras el uno al otro
como si fueran estrellas con cuchillas.
Entonces se puso el sol y de repente comencé a sentir inquietud. ¿Nos buscaría Riley? ¿Deduciría que
nos habíamos carbonizado? ¿Sabría lo que había?
Comenzamos a movernos a mayor velocidad. A mucha más velocidad. Ya habíamos recorrido todas las
islas cercanas, así que nos concentramos en el territorio continental. Alrededor de una hora después del
ocaso, percibí un olor familiar y en cuestión de segundos nos hallamos sobre su pista. Una vez
localizada la senda del olor, resultaba tan sencillo como seguir a una manada de elefantes por la nieve
recién caída.
Hablamos sobre lo que haríamos, más en serio ahora, sin parar de correr.
—No creo que debamos contárselo a Riley —dije yo—. Digamos que hemos pasado todo el día en tu
cueva antes de ir a buscarlos —mi paranoia iba aumentando conforme hablaba—. Mejor aún,
contémosles que tu cueva estaba llena de agua y que ni siquiera hemos podido hablar.
—Crees que Riley es un mal tipo, ¿verdad? —me preguntó en voz baja pasado un minuto. Mientras
hablaba, me cogió de la mano. —No lo sé, pero prefiero actuar como si lo fuera, por si acaso —vacilé, y entonces añadí—: Tú no
quieres creer que sea mala gente.
—No —admitió Diego—. Es algo parecido a un amigo. Es decir, no como lo eres tú —me apretó la
mano—, pero más que cualquiera de los demás. No quiero pensar... —no terminó la frase.
Le devolví el apretón en la mano.
—Quizá sea decente del todo. El hecho de que nosotros tengamos cuidado no va a cambiarle.
—Es verdad. O sea, me refiero a la historia de la cueva submarina. Al menos el principio... podría
hablar con él del tema del sol más adelante. De todas formas preferiría hacerlo durante el día, cuando
pueda demostrar lo que afirmo de manera inmediata. Y por si acaso él ya lo sabe pero hay alguna buena
razón por la cual nos haya contado otra cosa, se lo diré cuando estemos solos él y yo. Lo engancharé al
amanecer, cuando esté de regreso de dondequiera que él va...
Me percaté de la gran cantidad de primeras personas del singular y no del plural que contenía aquel
pequeño discurso de Diego, y eso me preocupó. Aunque al mismo tiempo, yo no quería tener mucho
que ver con lo de informar a Riley. No tenía en él la misma fe que Diego.
—¡Ataque ninja al amanecer! —dije para hacerle reír. Funcionó. Comenzamos de nuevo ha hacer
chistes mientras rastreábamos a nuestra manada de vampiros, pero podía notar que, debajo de tanta
broma, Diego estaba pensando en cosas serias, justo igual que yo.
Y mientras corríamos, lo único que hice fue inquietarme más, porque íbamos a gran velocidad y,
aunque no había forma de que hubiésemos seguido el rastro equivocado, ya estábamos tardando
demasiado. Nos estábamos alejando mucho de la costa, habíamos ascendido y pasado al otro lado de
las montañas cercanas, nos adentrábamos en un nuevo territorio. Aquél no era el patrón habitual.
Todas las casas que habíamos ocupado, ya se encontrasen en lo alto de una montaña, en medio de una
isla u ocultas en una granja enorme, tenían poco en común: los propietarios fallecidos, el entorno
aislado y totra cosa más. De un modo u otro, todas se concentraban en torno a Seattle, todas situadas
alrededor de la gran ciudad como lunas en órbita. Seattle era siempre el centro, siempre el objetivo.
Ahora nos encontrábamos fuera de órbita, y daba mala espina. Quizá no significase nada, tal vez era tan
sólo cuestión de que hoy habían cambiado demasiadas cosas. Todas las verdades que daba por sentadas
habían puesto patas arriba y no estaba de humor para más cataclismos. ¿Por qué no podía Riley haber
escogido un sitio normal?
—Resulta curioso que estén tan lejos —murmuró Diego, y pude percibir la tensión en su voz.
—O temible —musité.
Me apretó la mano.
—Está bien. El club ninja puede arreglárselas en cualquier situación.
—¿Tienes ya un saludo secreto?
—Estoy trabajando en ello —me prometió él.
Algo empezó a incomodarme, como si pudiera sentir un extraño punto ciego: sabía que había algo que
no estaba viendo, pero no era capaz de señalarlo con el dedo. Algo obvio...
Y entonces dimos con la casa, a unos cien kilómetros al oeste de nuestro perímetro habitual. Era
imposible confundir el ruido, el bum bum bum de los graves, la musiquilla de videojuego, los gruñidos.
Típico de nuestra gente.
Solté mi mano y Diego me miró.
—Eh, que ni siquiera te conozco —le dije en tono jocoso—. No hemos cruzado ni cuatro palabras por
culpa del agua en la que hemos estado metidos durante todo el día. Hasta donde yo sé, bien podrías ser
un ninja o un vampiro.
Sonrió de oreja a oreja.
—Lo mismo te digo, desconocida —y entonces cambió a un tono más bajo y más rápido—. Haz
exactamente lo mismo que ayer. Mañana por la noche saldremos juntos. Quizá hagamos algún
reconocimiento; averiguaremos más sobre lo que está pasando.
—Suena como si fuera un plan. Quedará entre tú y yo.
Se inclinó hacia mí y me besó... apenas un toque, pero en los labios. El sobresalto ante aquello me
recorrió todo el cuerpo como un latigazo. Y entonces dijo:
—Manos a la obra.
Y descendió por la falda de la montaña camino del origen del ruido estridente sin volver la vista atrás.
Ya estaba interpretando el papel.
Un poco aturdida, seguí sus pasos a unos metros de distancia, sin olvidarme de mantener entre nosotros
el mismo espacio de separación que dejaría respecto de cualquier otro.
La casa era del estilo de una gran cabaña de troncos de madera, arropada por pinos en una depresión
del terreno y sin rastro de vecinos en kilómetros a la redonda. Las ventanas estaban a oscuras, como si
la casa se hallase vacía, pero la estructura entera temblaba a causa de los potentes graves que provenían
del sótano.
Diego entró delante, y yo intenté moverme detrás de él como si se tratase de Kevin o de Raoul,
titubeante, guardando la distancia de seguridad. Encontró las escaleras y descendió a la carga con paso
firme.
—¿Intentabais dejarme atrás, panda de fracasados? —preguntó.
—Eh, mirad, Diego está vivo —oí responder a Kevin con una patente falta de entusiasmo.
—No gracias a vosotros —dijo Diego mientras yo me colaba en el oscuro sótano.
La única luz provenía de las diversas pantallas de televisión, pero aun así era mucho más de lo que
cualquiera de nosotros necesitaba. Me apresuré a llegar hasta el fondo, donde Fred disfrutaba de un
sofá para él solo, y me alegré de que cuadrase conmigo el parecer inquieta ya que no había forma de
ocultarlo. Di un gran trago de saliva cuando me golpeó la repulsión y me hice un ovillo en mi sitio
habitual, en el suelo, detrás del sofá. Una vez allí tirada pareció que la fuerza repelente de Fred se
debilitaba un poco. O quizá sólo era que me estaba acostumbrando a ella.
El sótano se encontraba más que medio vacío, ya que estábamos en plena noche, y todos los chicos que
había allí lucían unos ojos iguales que los míos: de color rojo brillante, recién alimentados.
—Me llevó un rato arreglar tu estúpido desastre —le dijo Diego a Kevin—. Para cuando llegué a lo que
quedaba de la casa, ya casi había amanecido. He tenido que pasar todo el día sentado en una cueva
llena de agua.
—Y a mí qué. Ve a chivarte a Riley.
—Veo que la cría también ha conseguido llegar —dijo una voz nueva, y me estremecí porque era la de
Raoul. Sentí un ligero alivio por que no supiese mi nombre, pero por encima de ninguna otra cosa me
horrorizó que hubiese siquiera reparado en mí.
—Sí, me ha seguido —no podía ver a Diego, pero estaba segura de que su expresión era de
indiferencia.
—Qué día más heroico el tuyo, ¿eh? —dijo Raoul con insidia.
—No nos dan puntos extra por ser unos capullos.
Recé para que Diego no se enfrentase a Raoul. Esperaba que Riley regresase pronto, sólo él podía
refrenar a Raoul.
Pero Riley probablemente se encontrase cazando chavales barriobajeros para llevárselos a ella. O
dedicándose a lo que fuese que hiciera cuando salía.
—Interesante pose la tuya, Diego. Crees que le caes tan bien a Riley como para que le importe si yo te
mato. Yo creo que te equivocas. De cualquier modo, en lo que a esta noche se refiere, él ya cree que
estás muerto.
Pude oír que los demás se movían. Algunos probablemente para respaldar a Raoul, otros sólo para
quitarse de en medio. Titubeé en mi escondite, consciente de que no iba a dejar que Diego se enfrentase
a ellos solo, pero preocupada por estropear nuestra tapadera si es que se llegaba a ese punto. Tuve la
esperanza de que Diego hubiese sobrevivido tanto tiempo por poseer algún tipo de habilidad bestial en
el combate. No es que fuese a poder ofrecerle mucho en ese aspecto. Allí había tres miembros del
grupo de Raoul y algunos otros que podrían ayudarle tan sólo por ganarse sus simpatías. ¿Regresaría
Riley a casa antes de que les diese tiempo de quemarnos?
Cuando Diego le respondió, en su voz había calma.
—¿Tanto miedo tienes de enfrentarte conmigo a solas? Típico.
Raoul resopló.
—¿Ha funcionado eso alguna vez? Quiero decir aparte de en las películas. ¿Por qué habría de
enfrentarme contigo a solas? No me preocupa en absoluto quedar por encima de ti. Lo que quiero es
acabar contigo.
Cambié de postura, y me giré para ponerme en cuclillas, en tensión para saltar.
Raoul seguía hablando. Le gustaba mucho el sonido de su voz.
—Aunque para ocuparnos de ti, no va a ser necesario que participemos todos. Esos dos se ocuparán de
la otra prueba de tu desafortunada supervivencia, la pequeña como-se-llame. Sentí que se me helaba el cuerpo, congelado, como una piedra. Intenté sacudirme la sensación para
poder darlo todo en la pelea. Tampoco es que eso hubiera cambiado nada.
Y entonces sentí algo más, algo totalmente inesperado: una ola de repulsión tan inaguantable que no
pude mantenerme en cuclillas, me derrumbé al suelo boqueando horrorizada.
No fui la única que reaccionó. Oí los gruñidos de asco y las arcadas que provenían de las cuatro
esquinas del sótano. Algunos se fueron retirando hasta el fondo de la habitación, donde pude verlos.
Luchaban en tensión contra las paredes y estiraban el cuello para apartarlo, como si pudiesen escapar
de aquella sensación horrible. Al menos, uno de ellos era del grupo de Raoul.
Oí el inconfundible gruñido de Raoul, y a continuación se desvaneció a toda prisa escaleras arriba. No
fue el único que salió pitando de allí. Se largó más o menos la mitad de los vampiros que había en el
sótano.
Yo no tuve esa opción. Apenas era capaz de moverme, y entonces caí en la cuenta de que había de ser
por hallarme tan cerca de Fred el friki. Él era el responsable de lo que estaba pasando y, por muy
horrible que me sintiese, aún era capaz de percatarme de que probablemente me acababa de salvar la
vida.
¿Por qué?
La sensación de asco desapareció poco a poco. En cuanto pude, me agarré al sofá, me incorporé hasta
el borde y observé con detenimiento las consecuencias. Todo el grupo de Raoul había desaparecido,
pero Diego aún seguía allí, en el extremo opuesto de la gran estancia, junto a la televisión. Los
vampiros que quedaban iban poco a poco relajándose, si bien todo el mundo tenía aspecto de estar
aturdido. La mayoría de ellos lanzaba miradas cautelosas a Fred. Yo también le miré, desde su nuca,
aunque no pude ver nada. Aparté los ojos de él enseguida, mirarle reproducía en parte las náuseas.
—Haya calma.
La voz profunda provenía de Fred. Jamás le había oído hablar. Todos le miraron fijamente y de
inmediato apartaron la vista por el retorno de la repulsión.
Entonces, lo que Fred quería era su paz y su tranquilidad. Muy bien, qué más daba, yo seguía viva
gracias a eso. Con toda probabilidad, Raoul se vería distraído por cualquier otra molestia antes del
amanecer y descargaría su ira con quien pasase por allí. Y Riley siempre regresaba al final de la noche;
se enteraría entonces de que Diego había estado metido en su cueva y no al aire libre, que no había sido
víctima del sol, y así Raoul no dispondría de una excusa para atacarle a él, o a mí.
Ésa era la situación, como mínimo, en el mejor de los casos. Mientras tanto, quizás a Diego y a mí se
nos podía ocurrir algún plan para evitar a Raoul.
De nuevo tuve la fugaz sensación de que estaba pasando por alto una solución obvia y, antes de poder
discernidla, mis pensamientos se vieron interrumpidos.
—Lo siento.
Aquel mascullar profundo, casi silencioso, sólo podía provenir de Fred. Era como si yo fuese la única
que estuviese lo bastante cerca para llegar a oírle de verdad. ¿Estaba hablando conmigo?
Le volví a mirar y no sentí nada. No podía verle la cara, aún me daba la espalda. Tenía el pelo rubio,
ondulado y abundante. Nunca había reparado en ello, a pesar de la cantidad de días que había pasado
escondida a su sombra. Riley iba en serio cuando dijo que Fred era especial; repulsivo, pero especial de
veras. ¿Se había imaginado Riley que Fred fuese tan... tan poderoso? Fue capaz de arrasar en un
segundo una habitación entera de vampiros.
Aunque no podía ver la expresión de su rostro, me daba la sensación de que Fred aguardaba una
respuesta.
—Mmm, no te disculpes —respiré prácticamente sin hacer ruido—. Gracias.
Fred se encogió de hombros.
Y entonces me encontré con que no pude seguir mirándole.
Las horas transcurrieron más lentas de lo normal mientras esperaba que Raoul volviese a aparecer. De
vez en cuando intentaba mirar de nuevo a Fred —ver algo más allá de la protección que había creado
para sí—, pero siempre me veía repelida. Si lo intentaba con demasiadas ganas, acababa con arcadas.
Pensar en Fred resultó ser una buena distracción para no pensar en Diego. Cuando él se hallaba en la
habitación, intentaba fingir que me daba igual. No le miraba, pero me concentraba en el sonido de su
respiración —su inconfundible ritmo— para controlarlo. Se sentó en el extremo de la habitación
opuesto al mío, a escuchar sus CD en un ordenador portátil. O quizá fingía escuchar música, igual que
yo fingía leer los libros de la mochila empapada que llevaba a la espalda. Pasaba las páginas a mi ritmo
habitual, pero no prestaba atención a nada. Estaba esperando a Raoul.
Afortunadamente, Riley llegó antes. Raoul y su cohorte se encontraban justo detrás de él, si bien no tan
alborotadores y odiosos como de costumbre. Quizá Fred les hubiese enseñado a mostrar un poco de
respeto.
Aunque era probable que no. Lo más factible era que Fred los hubiese cabreado. Esperé con verdadero
deseo que Fred nunca bajase la guardia.
Riley se fue directo hacia Diego; yo escuché dándoles la espalda, con los ojos clavados en mi libro.
Con mi visión periférica distinguí a varios de los idiotas de Raoul deambular buscando sus videojuegos
favoritos o lo que fuese que estuvieran haciendo antes de que Fred los echase de allí. Kevin era uno de
ellos, pero parecía estar buscando algo más específico que un pasatiempo. Sus ojos intentaron varias
veces centrarse en el lugar donde yo me encontraba, pero el aura de Fred lo mantuvo a raya. Abandonó
tras unos minutos, con aspecto de estar un poco mareado.
—Me han dicho que has conseguido volver —dijo Riley con una voz que sonaba a agrado sincero—.
Siempre puedo contar contigo, Diego.
—Sin problema ninguno —dijo Diego en tono relajado—. A no ser que me quites puntos por aguantar
la respiración un día entero.
Riley se rió.
—No apures tanto la próxima vez. Hay que dar ejemplo a los pequeños.
Diego se rió con él, sin más. Me pareció ver con el rabillo del ojo que Kevin se había relajado un poco.
¿Tan preocupado estaba por la posibilidad de que Diego le metiese en problemas? Tal vez Riley
escuchase más a Diego de lo que yo había creído ver. Me pregunté si ésa era la razón por la cual Raoul
se había mosqueado antes.
¿Se trataba de algo bueno, al fin y al cabo, si es que Diego estaba tan próximo a Riley? Quizá Riley
fuera buena gente. Aquella relación no comprometía lo que teníamos nosotros, ¿no?
El tiempo no pasó más rápido en absoluto cuando salió el sol. El sótano estaba atestado y el ambiente
era inestable, como todos los días. Si los vampiros pudieran quedarse roncos, Riley habría perdido por
completo la voz de tanto gritar. Un par de chicos perdieron algún miembro de forma temporal, pero no
se prendió fuego a nadie. La música entabló una batalla con la banda sonora de los juegos, y yo me
alegré de no sufrir dolores de cabeza. Intenté leer mis libros, pero acabé pasando las páginas de uno tras
otro sin preocuparme demasiado por forzar la vista para que se centrara en las palabras. Los dejé en un
extremo del sofá, en una pila ordenada para Fred. Siempre le dejaba mis libros, aunque nunca pudiese
saber si los leía. No tenía la posibilidad de mirarle con la suficiente atención para ver, con exactitud, lo
que hacía él con su tiempo.
Al menos Raoul nunca miraba en mi dirección. Ni tampoco Kevin o cualquiera de los otros. Mi
escondite era tan eficaz como siempre. No podía ver si Diego estaba siendo lo bastante inteligente
como para ignorarme porque yo sí le estaba ignorando a él por completo. Nadie hubiera podido
sospechar que formábamos un equipo, excepto Fred, tal vez. ¿Se había fijado Fred cuando yo me
preparaba para pelear junto a Diego? Aunque lo hubiese hecho, no me preocupaba demasiado el tema.
De haber tenido Fred alguna mala intención en particular respecto a mí, me podía haber dejado morir
anoche. Habría sido sencillo.
Según el sol descendía, el bullicio ascendía. Allí, bajo tierra y con todas las ventanas tapadas por si
acaso, no podíamos ver cómo la luz se desvanecía, pero el haber pasado tantos interminables días
esperando te proporcionaba una idea bastante acertada de cuándo terminaban éstos. Los chicos
empezaban a inquietarse e importunaban a Riley preguntándole si podían salir.
—Kristie, tú ya saliste anoche —dijo Riley, y en su voz se podía notar cómo se le agotaba la paciencia
—. Heather, Jim, Logan: adelante. Warren, tienes los ojos oscuros, ve con ellos. Eh, Sara, que no estoy
ciego, vuelve aquí.
Los chicos que dejó en tierra se enfurruñaron en las esquinas, algunos de ellos a la espera de que Riley
se marchara para poder escaparse a pesar de las normas de éste.
—Mmm, Fred, debe de ser ya tu turno —dijo Riley sin mirar en nuestra dirección. Oí como el friki
suspiraba al tiempo que se ponía en pie. Todo el mundo se iba encogiendo en actitud servil conforme
avanzaba hacia el centro de la sala, incluso Riley. Pero al contrario que los demás, Riley esbozaba una
leve sonrisa para sí. Le gustaba su vampiro con habilidades especiales.
Me sentí desnuda sin Fred. Ahora cualquiera se podía fijar en mí. Me quedé absolutamente quieta, con
la cabeza baja, haciendo todo lo que estaba en mi mano para no atraer la atención sobre mi persona.
Afortunadamente para mí, Riley tenía prisa esa noche. Apenas se detuvo a fulminar con la mirada a los
que de un modo muy claro iban aproximándose poco a poco a la puerta, y no digamos ya a
amenazarles, mientras él mismo se dirigía al exterior. Normalmente nos obsequiaba con alguna variante
de su habitual discurso acerca de pasar inadvertidos, pero no lo hizo esa noche. Parecía preocupado,
inquieto. Me la hubiera jugado a que iba a verla a ella, y eso hacía que no me emocionase tanto la idea
de reunimos con él al amanecer.
Aguardé a que Kristie y otros tres de sus compañeros habituales se dirigiesen al exterior, y me escabullí
detrás de ellos en un intento por parecer un miembro de su séquito pero sin molestarlos. No miré a
Raoul, no miré a Diego. Me concentré en parecer intrascendente, que nadie reparase en mí. Una vampira cualquiera.
Una vez nos encontramos fuera de la casa, me separé inmediatamente de Kristie y me apresuré a
adentrarme en el bosque con la esperanza de que sólo Diego se molestase en seguir mi olor. A la mitad
de la ascensión por la ladera de la montaña más cercana, me encaramé en las ramas más altas de un
gran abeto que superaba a sus vecinos en varios metros. Me ofrecía una visión bastante buena de
quienquiera que intentase rastrearme.
Resultó que estaba siendo demasiado cautelosa. Tal vez me había pasado todo el día siéndolo. Diego
fue el único que vino a buscarme. Lo vi en la distancia y desanduve mis pasos para encontrarme con él.
—Qué día más largo —dijo mientras me abrazaba—. Tu plan es duro.
Le correspondí en el abrazo y me maravillé ante lo agradable que era.
—Quizá me esté comportando como una paranoica.
—Siento lo de Raoul. Estuvo cerca.
Hice un gesto de asentimiento.
—Qué bien que Fred dé tanto asco.
—Me pregunto si Riley es consciente de la fuerza que tiene ese chico.
—Lo dudo. Nunca le había visto hacer eso antes, y he pasado mucho tiempo cerca de él.
—Bueno, eso es problema de Fred el friki. Nosotros ya tenemos nuestro propio secreto que contarle a
Riley.
Sentí un escalofrío.
—Todavía no estoy segura de que sea una buena idea.
—No lo sabremos hasta que veamos cómo reacciona Riley.
—Por lo general, no me gusta nada el no saber las cosas.
Diego entrecerró los ojos en un gesto especulativo.
—¿Qué opinión tienes de ir a la aventura?
—Depende.
—Vale, estaba pensando en las prioridades del club. Ya sabes, sobre lo de averiguar tanto como nos sea
posible.
—¿Y...?
—Creo que deberíamos seguir a Riley, averiguar qué está haciendo.
Le miré fijamente.
—Pero sabrá que le hemos seguido. Percibirá nuestros olores.
—Ya lo sé. Así es como yo lo veo: yo sigo su rastro; tú te alejas a unos cientos de metros de distancia y
sigues el ruido que yo haga. Entonces Riley sólo sabrá que yo le he seguido, y le puedo contar que es
porque tengo algo importante que compartir con él. Ahí es cuando yo le descubro el gran pastel con el
efecto de la bola de discoteca. Y veré lo qué dice —sus ojos se iban entrecerrando mientras me
examinaba—. Pero tú... tú no sueltes prenda por ahora, ¿vale? Yo te contaré si le ha entrado bien el
tema.
—¿Y si vuelve temprano de dondequiera que esté yendo? ¿No querías que fuese próximo al amanecer
para poder mostrarle el brillo?
—Sí... ése es un posible inconveniente, sin duda, y puede afectar al desarrollo de la conversación. Pero
creo que deberíamos arriesgarnos. Parecía como si esta noche tuviese prisa, ¿no crees? Como si
necesitase toda la noche para lo que sea que esté haciendo.
—Tal vez. O quizá tuviese muchísima prisa por ir a verla a ella. Ya sabes, podríamos no querer darle
ninguna sorpresa a Riley si es que ella anda cerca —ambos hicimos un gesto de dolor.
—Cierto. Aun así... —arrugó la frente—. ¿No te da la sensación de que lo que sea que se esté cociendo
es algo inminente? Como si no contásemos con toda la eternidad para averiguarlo.
Asentí con tristeza.
—Sí, así es.
—Aprovechemos, pues, nuestras oportunidades. Riley confía en mí, y yo tengo un buen motivo para
querer hablar con él.
Pensé en su estrategia. Aunque sólo le conocía de un día, en realidad, era sin embargo consciente de
que aquel nivel de paranoia no resultaba típico de Diego.
—Este enrevesado plan tuyo... —dije.
—¿Qué le pasa? —me preguntó.
—Suena a una especie de plan en solitario, no tanto a la aventura de un club; al menos, en lo que a la
parte peligrosa se refiere.
Su cara adoptó una expresión que me indicaba que le había pillado.
—Mi idea es ésta: es en mí en quien... —vaciló, con algún problema con la siguiente palabra— confía
Riley. Yo soy el único que se va a arriesgar a caer en desgracia con él si es que me equivoco.
Miedosa como era, aquello no me iba para nada.
—Los clubes no funcionan así.
Asintió con una expresión nada clara.
—Muy bien, lo pensamos de camino —no creí que quisiera decir eso realmente—. Quédate en los
árboles, sigue mi rastro desde arriba, ¿vale? —concluyó.
—Vale.
Se encaminó de vuelta a la cabaña a gran velocidad. Le seguí por entre las ramas, la mayoría de ellas
tan juntas unas de otras que rara vez me hizo falta realmente saltar de un árbol a otro. Reduje al
máximo la brusquedad de mis movimientos con la esperanza de que las ramas, al ceder bajo mi peso,
pareciesen movidas por el viento. Era una noche de brisa, lo cual ayudaría. Hacía frío para el verano,
pero tampoco es que me importase la temperatura.
Diego captó el rastro de Riley en el exterior de la casa sin mayores problemas y a continuación salió
tras él en un trote rápido mientras que yo avanzaba unos cuantos metros por detrás y a unos cien metros
al norte, en una parte más elevada de la pendiente. Cuando el follaje era realmente espeso, frotaba de
vez en cuando y de forma leve el tronco de un árbol para que no lo perdiese.
Seguimos adelante, él corriendo y yo como la personificación de una ardilla voladora, sólo durante
quince minutos,más o menos, antes de que viera a Diego aminorar la marcha. Debíamos de estar
acercándonos. Me desplacé a una zona más alta de las ramas, en busca de un árbol con una buena vista.
Escalé a uno que se alzaba sobre los de alrededor, y escruté la escena.
Había un enorme claro entre los árboles a menos de un kilómetro de distancia, un campo abierto que
cubría una extensión de más de una hectárea.
Cerca del centro del claro, más próximo a los árboles de la zona oriental, se emplazaba lo que parecía
una casita de caramelo agigantada. En pintura brillante de color rosa, verde y blanca, estaba recargada
hasta el punto de llegar a la ridiculez, con unos elaborados adornos y florones en cada arista
imaginable. Era una de esas cosas de las que me hubiera reído en una situación más relajada.
No se veía a Riley por ninguna parte, pero, allá abajo, Diego se había detenido, por lo que asumí que
aquél era el punto final de nuestra persecución. Tal vez se tratase de la casa de repuesto que Riley
estaba preparando para cuando la gran cabaña de troncos se viniese abajo, excepto porque era más
pequeña que cualquiera de las otras casas en que nos habíamos quedado, y no tenía aspecto de contar
con un sótano. Además, se encontraba mucho más lejos aún de Seattle que la última.
Diego levantó la vista hacia mí, y le hice una señal para que se me uniera. Asintió y desanduvo parte de
su camino. Dio entonces un enorme salto —me pregunté si yo hubiera sido capaz de llegar tan alto aun
siendo joven y fuerte como era— y se agarró a una rama a media altura del árbol más cercano. A menos
que alguien hubiese estado extraordinariamente atento, nadie habría reparado en que Diego se desvió
de su senda. Aún más, fue saltando por las copas de los árboles para asegurarse de que su rastro no
conducía directamente al mío.
Cuando por fin decidió que ya era seguro unirse a mí, me tomó de la mano enseguida. En silencio, hice
un gesto con la cabeza en dirección a la casa de la tarta. Él contrajo una de las comisuras de sus labios.
De forma simultánea, comenzamos a desplazarnos lentamente hacia el costado oriental de la casa,
manteniéndonos en lo alto de los árboles. Nos acercamos tanto como nos atrevimos —dejamos algunos
árboles entre la casa y nosotros a modo de cobertura— y nos quedamos allí sentados, en silencio,
escuchando.
La brisa colaboró amainando un poco, y pudimos oír algo: el extraño sonido de unos tics y unos roces.
Al principio no reconocí lo que estaba oyendo, pero entonces Diego esbozó otra leve sonrisa, frunció
los labios y me lanzó un beso silencioso.
En el caso de los vampiros, los besos no sonaban igual que los humanos. Nada de células esponjosas,
blandas, repletas de líquido, que se apretujasen las unas contra las otras. Labios pétreos tan sólo, sin
elasticidad. Ya había oído antes el sonido de un beso entre vampiros —el roce de los labios de Diego
sobre los míos la noche anterior—, pero yo jamás lo habría relacionado. Era algo demasiado lejano de
lo que esperaba encontrarme allí.
Este descubrimiento le dio la vuelta a todo lo que tenía en la cabeza. Había asumido que Riley iba a
verla a ella, bien para recibir instrucciones o para llevarle nuevos reclutas, eso no lo sabía. Pero jamás
me había imaginado tropezarme con aquel... nidito de amor. ¿Cómo era Riley capaz de besarla, a ella?
Me estremecí y miré a Diego, que también parecía también ligeramente horrorizado, aunque se encogió
de hombros.
Mis pensamientos regresaron a aquella última noche de humanidad, y me convulsioné al ir recordando
el ardor tan vívido. Intenté atravesar tanta falta de nitidez y recuperar en mi mente los momentos justo
anteriores a aquello... Primero, ese acuciante temor que se formó cuando Riley detuvo el coche frente a
la casa oscura; la sensación de seguridad que me había dado aquel pedazo de hamburguesa se había
disuelto por completo. No sabía qué hacer, me apartaba poco a poco, y entonces me agarró del brazo
con una fuerza férrea y me sacó del coche de un tirón, como si fuera un muñeco, ingrávida. El terror y
la incredulidad que sentí cuando se plantó frente a la puerta en un salto de diez metros. El terror y el
dolor que ya no dejaban hueco a la incredulidad cuando me fracturó el brazo a tirones, al hacerme
atravesar la puerta para adentrarnos en la oscuridad de la casa. Y entonces aquella voz.
Pude oírla de nuevo al concentrarme en el recuerdo. Aguda y cantarina, como la de una niña pequeña,
pero protestona. Una cría con una pataleta.
Recordé lo que dijo:
—¿Y ésta, por qué la has traído siquiera? Es demasiado pequeña —o algo parecido a eso, pensé.
Aquéllas podían no ser las palabras exactas, pero sí el sentido.
Estaba segura de que Riley había sonado deseoso de complacerla con su respuesta, con miedo de
decepcionarla.
—Pero es otro cuerpo más. Otra distracción, al menos.
Creo que entonces gimoteé, y él me sacudió de un modo doloroso, pero no me había vuelto a hablar.
Como si yo fuese un perro, no una persona.
—Esta noche entera ha sido un desperdicio —se había quejado la voz aniñada—. Los he matado a
todos. ¡Ah!
Recordé que en ese momento la casa se estremeció, como si un coche hubiese chocado contra su
estructura. Ahora me daba cuenta de que, probablemente, ella le había dado una patada a algo llena de
frustración.
—Muy bien. Supongo que incluso una pequeña es mejor que nada, si esto es todo lo que eres capaz de
hacer. Y ya estoy tan llena que debería poder parar.
La fuerza de los dedos de Riley desapareció entonces y me dejó a solas con la voz, en ese instante
estaba demasiado aterrorizada como para emitir ningún sonido. Me limité a cerrar los ojos, aunque ya
estaba totalmente a ciegas en la oscuridad. No grité hasta que algo me cortó en el cuello, me quemó
como una cuchilla bañada en ácido. Me encogí con aquel recuerdo e hice un esfuerzo para desterrar la siguiente escena de mi mente. En su
lugar, intenté concentrarme en aquella breve conversación. Ella no sonaba como si estuviese hablando
con su amante o incluso con un amigo. Más bien como si lo estuviese haciendo con un subordinado,
uno que no le cayese especialmente bien y a quien podría despedir pronto.
No obstante, el extraño sonido del besuqueo de los vampiros proseguía. Alguien dejó escapar un
suspiro de satisfacción.
Miré a Diego con el ceño fruncido. Aquel intercambio no nos decía mucho. ¿Cuánto tiempo teníamos
que quedarnos?
Él continuaba con la cabeza ladeada, escuchando con atención.
Y tras unos pocos minutos más de paciencia, los sonidos románticos, apagados, se interrumpieron de
golpe.
—¿Cuántos?
La voz sonaba amortiguada por la distancia, pero aún era clara. Y reconocible. Aguda, casi un trino,
como una cría consentida.
—Veintidós —respondió Riley, que sonaba orgulloso.
Diego y yo intercambiamos una mirada brusca. Nosotros éramos veintidós, en el último recuento al
menos. Debían de estar hablando sobre nosotros.
—Creía que había perdido a otros dos por culpa del sol, pero uno de mis chicos mayores es... obediente
—prosiguió Riley. Había en su voz un tono casi afectuoso cuando habló de Diego como de uno de sus
chicos—. Tiene un refugio subterráneo: se escondió allí con la otra más joven.
—¿Estás seguro?
Se produjo una larga pausa, sin sonidos románticos esta vez. Aun en la distancia, pensé que podía sentir
cierta tensión.
—Claro. Es un buen chico, estoy seguro.
Otra pausa tensa. No entendí aquella pregunta. ¿Qué quería decir con «estás seguro»? ¿Pensaba ella
que Riley se había enterado de la historia a través de un tercero en lugar de haberle visto con sus
propios ojos?
—Veintidós está bien —musitó ella, y la tensión pareció relajarse—. ¿Cómo está evolucionando su
conducta? Algunos tienen ya casi un año. ¿Siguen aún los patrones normales?
—Sí —dijo Riley—. Todo lo que me dijiste que hiciera funciona a la perfección. No piensan, se limitan
a hacer lo que han hecho siempre. Y los puedo distraer con la sed en cualquier momento. Eso los
mantiene bajo control.
Volví a mirar a Diego con el ceño fruncido. Riley no quería que pensáramos. ¿Por qué?
—Qué bien lo has hecho —le arrulló nuestra creadora, y entonces se oyó otro beso—. ¡Veintidós!
—¿Ha llegado la hora? —preguntó Riley, ansioso.
Su respuesta se produjo de inmediato, como una bofetada.
—¡No! Aún no he decidido cuándo.
—No lo entiendo.
—Ni falta que hace. Te basta con saber que nuestros enemigos poseen grandes poderes. Cualquier
precaución es poca —su voz se suavizó y se tornó dulzona otra vez—. Pero bueno, tenemos a veintidós
aún vivos, nada más y nada menos. Ni con lo que ellos son capaces de hacer... ¿De qué les iba a servir
contra veintidós? —dejó escapar el tintineo de una leve risa.
Diego y yo no habíamos dejado de mirarnos durante todo aquello, y en sus ojos podía ver entonces que
estaba pensando lo mismo que yo. Sí, nos habían creado con una finalidad, como habíamos supuesto.
Teníamos un enemigo, o más bien, nuestra creadora tenía un enemigo. ¿Importaba acaso el matiz?
—Decisión, decisión —mascullaba—. Todavía no. Tal vez un grupo más, sólo para asegurarnos.
—Traer más podría provocar que nuestro número en realidad descendiese —advirtió Riley titubeante,
como si se anduviese con cuidado para no contrariarla—. La situación siempre se vuelve inestable
cuando introducimos un grupo nuevo.
—Cierto —admitió ella, y yo me imaginé a Riley suspirando de alivio al ver que no se había enfadado.
Bruscamente, Diego dejó de mirarme y clavó los ojos más allá de la pradera. Yo no había oído ningún
movimiento procedente de la casa, pero quizás ella hubiese salido al exterior. Mi cabeza giraba con
espasmos al tiempo que el resto de mi ser se había convertido en una estatua, y vi lo que había alertado
a Diego.
Cuatro siluetas cruzaban el espacio abierto en dirección a la casa. Se habían adentrado en el claro desde
el oeste, el punto más lejano a donde nos ocultábamos nosotros. Todos ellos vestían unas largas capas
oscuras con grandes capuchas, así que en un principio pensé que eran humanos. Gente rara, pero
humanos al fin y al cabo, porque ninguno de los vampiros que yo conocía vestía ropa gótica y a juego.
Y ninguno se desplazaba de un modo tan suave, controlado y... elegante. Pero entonces me percaté de
que ninguno de los humanos que jamás había conocido era tampoco capaz de moverse así, es más,
tampoco lo podían hacer de una forma tan silenciosa. Las oscuras túnicas se deslizaron por la hierba en
un silencio absoluto. De manera que, o bien eran vampiros, o bien eran cualquier otra cosa
sobrenatural. Fantasmas, quizá. Pero si eran vampiros, se trataba de unos vampiros para mí
desconocidos, y eso significaba que bien podrían ser los enemigos de quien ella hablaba. De ser así,
teníamos que salir pitando de allí a la de ya, porque no contábamos con otros veinte vampiros de
nuestro lado en aquel preciso instante.
Estuve a punto de largarme en ese momento, pero temía demasiado atraer la atención de las siluetas
encapuchadas.
Observé por tanto cómo avanzaban con suavidad y reparé en otras cosas acerca de ellos: cómo
permanecían en una perfecta formación en rombo que no se desviaba ni lo más mínimo con
independencia de los cambios en el terreno bajo sus pies; cómo el de la punta del rombo era mucho
más pequeño que los demás, y su túnica era también más oscura. Cómo aparentaban no ir rastreando su
recorrido, no intentaban seguir el rastro de ningún olor. Simplemente, sabían cómo llegar. Quizá los
hubiesen invitado.
Se desplazaron directos hacia la casa y, cuando empezaron a subir en silencio los escalones de acceso a
la puerta principal, entonces sentí que podría ser seguro reanudar la respiración. Al menos, no venían a
por Diego ni a por mí. Cuando se hallasen fuera del alcance de nuestra vista, podríamos desaparecer
con el sonido del siguiente soplo de brisa entre los árboles, y nunca sabrían que habíamos estado allí.
Miré a Diego y moví ligeramente la cabeza en la dirección por la que habíamos venido. Él entrecerró
los ojos y levantó un dedo. Ah, genial, quería quedarse. Le puse los ojos en blanco y me sorprendí de
ser aún capaz de llegar al sarcasmo a pesar del miedo que tenía.
Ambos volvimos a observar la casa. Los encapuchados habían entrado sin hacer ruido, pero me di
cuenta de que ni ella ni Riley habían hablado desde que avistamos a los visitantes. Tenían que haber
oído algo o sabido de algún otro modo que se hallaban en peligro.
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