Mis párpados titubearon, pero Jasper me gruñó furioso, y los apreté de golpe. No había visto nada
excepto el denso humo de color azul lavanda.
Oí gritos y un aullido extraño, salvaje. Sonó muy alto, y a continuación muchos más. No fui capaz de
imaginar cómo había de contorsionarse un rostro para generar tal ruido, y el desconocimiento hacía del
sonido algo más aterrador. Aquel clan de los ojos amarillos era muy diferente de todos nosotros. O de
mí, supongo, ya que era la única que quedaba. A estas alturas, ya hacía rato que Riley y nuestra
creadora habían echado a volar.
Oí como llamaban a gritos a algunos nombres: Jacob, Leah, Sam. Había una gran cantidad de voces
distintas, a pesar de que los aullidos proseguían. Estaba claro que Riley también nos había mentido
acerca del número de vampiros que había allí.
El sonido de los aullidos fue disminuyendo hasta convertirse en sólo una voz, un alarido inhumano y
agónico que me hacía apretar los dientes. Pude ver con claridad el rostro de Diego en mi imaginación, y
el sonido era como si él gritase.
Oí la voz de Carlisle que hablaba por encima de las demás voces y del aullido. Rogaba que le dejasen
ver algo.
—Por favor, dejadme echar un vistazo. Dejadme ayudaros, por favor.
No oí que nadie discutiese con él, pero por alguna razón, el tono de su voz daba a entender que tenía las
de perder en la disputa.
Y entonces el alarido alcanzó una nueva cota de estridencia, y Carlisle dijo un repentino gracias en una
voz cargada de sentimiento. Bajo el alarido sonaba mucho movimiento, el de muchos cuerpos. Muchos
pasos de seres corpulentos que se acercaban.
Escuché con mayor atención y oí algo inesperado e imposible. Junto con una respiración muy profunda
—y en mi aquelarre nunca había oído a nadie respirar así—, el sonido de docenas de martilleos
pronunciados. Casi como... los latidos de un corazón; aunque no un corazón humano, sin duda.
Conocía muy bien ese sonido en particular. Me esforcé en olisquear, pero el viento soplaba en la
dirección opuesta, y sólo pude oler el humo.
Sin el previo aviso de ningún sonido, algo me tocó y me presionó con fuerza a ambos lados de la
cabeza.
Abrí los ojos presa del pánico al tiempo que sacudí la cabeza hacia arriba en un intento por zafarme de
la sujeción, y de inmediato me encontré con la mirada de advertencia de Jasper, a cinco centímetros de
mi cara.
—Basta —me dijo con brusquedad y de un empujón me volvió a sentar en el suelo. Sólo podía oírle a
él y me di cuenta de que eran sus manos las que me estaban presionando con fuerza la cabeza, me
tapaban los oídos por completo—. Cierra los ojos —me volvió a ordenar, probablemente a un volumen
normal, pero para mí no fue más que un susurro.
Me esforcé en calmarme y en volver a cerrar los ojos. Había cosas que no querían que oyese, tampoco.
Podía vivir con eso, si es que significaba que podría vivir.
Vi por un instante el rostro de Fred contra mis párpados. Dijo que me iba a esperar un día. Me
preguntaba si mantendría su palabra. Ojalá hubiera podido contarle la verdad sobre el clan de los ojos
amarillos y cuánto más parecía haber allí que nosotros desconocíamos. Todo un mundo del que nada
sabíamos, en realidad.
Qué interesante sería explorar ese mundo, en particular con alguien que me podía hacer invisible y
ponerme a salvo.
Pero Diego se había ido, no vendría conmigo a buscar a Fred. Eso hacía que imaginarme el futuro me
resultase casi repugnante.
Aún podía oír algo de lo que estaba pasando, pero sólo los aullidos y unas pocas voces. Fueran lo que
fuesen aquellos martilleos extraños, estaban ahora demasiado amortiguados como para que los pudiese
examinar.
Unos pocos minutos más tarde, distinguí algunas palabras, cuando Carlisle dijo:
—Tenéis que... —por un instante bajó demasiado la voz, y después—... de aquí ahora. Si pudiéramos,
os ayudaríamos, pero no podemos marcharnos.
Se produjo un gruñido, aunque, por extraño que pareciese, no era amenazador. El alarido se convirtió
en un quejido lejano y desapareció lentamente, como si se estuviese alejando de mí.
Luego vino el silencio durante unos pocos minutos. Oí unas cuantas voces muy bajas, Carlisle y Esme
entre ellas, y también otras que no conocía. Ojalá fuese capaz de oler algo. La combinación de estar a
ciegas con el sonido amortiguado obligaba a mis sentidos arealizar un gran esfuerzo para conseguir
alguna información, pero todo cuanto podía oler era el horrible dulzor del humo.
Hubo una voz, más aguda y más clara que las demás, que pude oír casi con facilidad.
—Otros cinco minutos —oí decir a quienquiera que fuese, pero estaba segura de que se trataba de una
chica—. Bella abrirá los ojos dentro de treinta y siete segundos. No tengo duda alguna de que ya nos
escucha.
Intenté comprenderlo. ¿Estaban obligando a alguien más a mantener los ojos cerrados? ¿Creía ella que
yo me llamaba Bella? No le había dicho a nadie cómo me llamaba. Volví a hacer un esfuerzo por oler
algo.
Más murmullos. Pensé que una voz sonó fuera de tono, pero no pude reconocerla en absoluto. De todas
formas, no podía estar segura con las manos de Jasper tan afianzadas sobre mis oídos.
—Tres minutos —dijo la voz aguda y clara.
Jasper apartó las manos de mis oídos.
—Será mejor que abras los ojos —me dijo desde unos pasos de distancia. Me asustó el modo en que lo
dijo. Miré rápidamente a mí alrededor en busca del peligro que se adivinaba en su voz.
Todo mi campo de visión estaba obstaculizado por el humo oscuro. Jasper fruncía el ceño muy cerca de
mí. Apretaba los dientes y me observaba con una expresión casi... aterrorizada. No como si me tuviese
miedo a mí, sino como si lo tuviese debido a mí. Me acordé de lo que él había dicho antes, aquello de
que yo les pondría en peligro con algo llamado Vulturis. Me pregunté qué serían estos Vulturis. No era
capaz de imaginarme nada a lo que este vampiro, peligroso y lleno de cicatrices, tuviese miedo.
Detrás de Jasper, cuatro vampiros se distribuían en una línea irregular, dándome la espalda. Uno era
Esme, con ella había una mujer alta y rubia, una chica menuda con el pelo negro y un vampiro con el
pelo oscuro, tan grande que daba miedo sólo de mirarlo; era el mismo a quien yo había visto matar a
Kevin. Me imaginé por un momento a aquel vampiro agarrando a Raoul. Resultaba una imagen
extrañamente agradable.
Había otros tres vampiros detrás del corpulento, pero, con él en medio, no podía ver con claridad lo que
hacían. Carlisle se encontraba de rodillas en el suelo y, junto a él, había otro con el pelo rojizo y oscuro.
Había otra silueta tumbada en el suelo, pero no podía ver mucho de ésta, sólo unos vaqueros y unas
pequeñas botas marrones. O bien se trataba de una chica, o bien de un muchacho joven. Me pregunté si
estarían recomponiendo a aquel vampiro.
De manera que había un total de ocho con los ojos amarillos, además de todos aquellos aullidos de
antes, fueran el extraño tipo de vampiros que fuesen; había percibido ocho voces diferentes más.
Dieciséis, tal vez más. Más del doble de lo que Riley nos había dicho que nos encontraríamos.
Me sorprendí a mí misma con el fiero deseo de que aquellos vampiros de las capas oscuras atrapasen a
Riley y le hiciesen sufrir.
El vampiro del suelo comenzó a ponerse lentamente en pie; se movía sin elegancia ninguna, casi como
si fuera un torpe humano.
La brisa cambió y sopló de forma que el humo nos envolvió a Jasper y a mí. Por un momento, todo fue
invisible excepto él. Aunque ya no estaba tan a ciegas como antes, me sentí de repente mucho más
inquieta por algún motivo. Fue como si pudiera sentir la ansiedad que emanaba del vampiro que estaba
a mi lado.
En un segundo volvió a cambiar la leve ráfaga de viento y pude ver y oler todo.
Jasper me siseó furioso y me empujó de nuevo para tirarme al suelo de mi postura en cuclillas.
Era ella... La humana a la que había ido a cazar apenas unos minutos antes. El olor en el que todo mi
cuerpo se había concentrado. El dulce y húmedo olor de la sangre más deliciosa que jamás había
rastreado. Era como si me ardiesen la boca y la garganta.
Intenté aferrarme como pude a mi racionalidad —concentrarme en el hecho de que Jasper estaba ahí
esperando a que volviese a saltar para poder matarme—, pero sólo una parte de mí era capaz de
hacerlo. Al intentar quedarme en el sitio me sentía como si estuviese a punto de partirme por la mitad.
La humana de nombre Bella me miró fijamente con unos aturdidos ojos pardos. Mirarla hizo que
empeorase. A través de su fina piel podía ver el fluir de su sangre. Intenté mirar a cualquier otro sitio,
pero mis ojos acababan girando para regresar a ella. El pelirrojo se dirigió a ella en un tono muy bajo
de voz.
—Se rindió. Nunca antes había visto algo semejante. Sólo a Carlisle se le ocurriría la oferta. Jasper no
lo aprueba.
Carlisle se lo tuvo que haber contado cuando yo tenía los oídos tapados.
Aquel vampiro rodeaba a la chica humana con ambos brazos, y ella tenía las dos manos apretadas
contra el pecho de él y la garganta a escasos centímetros de su boca, pero no parecía tenerle miedo en
absoluto. Y él tampoco tenía aspecto de estar de caza. Había intentado hacerme a la idea de un aquelarre que apreciase a un humano, pero esto ni siquiera se acercaba a lo que yo había imaginado. De
haber sido ella un vampiro, habría dado por supuesto que estaban juntos.
—¿Le pasa algo a Jasper? —susurró la humana.
—Está bien, pero le escuece el veneno —contestó el vampiro.
—¿Le han mordido? —preguntó, como si le horrorizase la idea.
¿Quién era esa chica? ¿Por qué le permitían los vampiros estar con ellos? ¿Por qué no la habían matado
aún? Era como si ella formase parte de este mundo y, sin embargo, no entendía su realidad. Por
supuesto que habían mordido a Jasper. Acababa de combatir —y de destruir— a todo mi aquelarre.
¿Sabría esta chica siquiera lo que éramos?
¡Agh, el ardor en mi garganta era inaguantable! Intenté no pensar en aplacarlo con su sangre, ¡pero el
viento me traía su olor directo a la cara! Era demasiado tarde para no perder la cabeza: había olido a la
presa que estaba rastreando, y ya nada podía cambiar eso.
—Pretendía estar en todas partes al mismo tiempo —le dijo el pelirrojo a la humana—, sobre todo para
asegurarse de que Alice no tenía nada que hacer —hizo un gesto negativo con la cabeza al tiempo que
miraba a la chica menuda del pelo negro—. Ella no necesita la ayuda de nadie.
La vampira llamada Alice lanzó una mirada a Jasper.
—Tontorrón sobreprotector —le dijo con su tono agudo y claro de voz. Jasper le devolvió la mirada
con una media sonrisa y el aspecto de haberse olvidado de mi existencia por un segundo.
Apenas era capaz de combatir el instinto que quería que utilizase ese lapsus y me abalanzase sobre la
chica humana. Sería cuestión de menos de un instante y su cálida sangre —sangre que podía oír cómo
bombeaba su corazón— aplacaría el ardor. Estaba tan cerca...
El vampiro con el pelo rojizo y oscuro lanzó sus ojos sobre los míos con un aviso feroz en la mirada, y
fui consciente de que moriría si me lanzaba a por la chica, pero la agonía que dominaba mi garganta ya
me hacía sentir que moriría si no lo hacía. Me dolía tanto que solté un aullido de frustración.
Jasper me gruñó, e intenté no moverme a pesar de que me sentía como si el olor de aquella sangre fuese
una mano gigantesca que tirase de mí y me levantase del suelo. Jamás había intentado evitar
alimentarme una vez entregada a una caza. Escarbé con las manos en el suelo en busca de algo a lo que
agarrarme, pero no encontré nada. Jasper se apostó en guardia y, aun consciente de hallarme a dos
segundos de la muerte, no me veía capaz de canalizar mis pensamientos dominados por la sed.
Y entonces Carlisle apareció allí, con la mano sobre el hombro de Jasper. Me miró con sus ojos
amables, tranquilos.
—¿Has cambiado de idea, jovencita? —me preguntó—. No tenemos especial interés en acabar contigo,
pero lo haremos si no eres capaz de controlarte.
—¿Cómo podéis soportarlo? —le pregunté casi en tono de súplica. ¿Es que él no sentía aquel ardor?—.
La quiero —la miré fijamente en el desesperado deseo de que se desvaneciese la distancia entre
nosotras. Arañé inútilmente el suelo rocoso con los dedos.
—Has de refrenarte —dijo Carlisle con solemnidad—. Debes ejercitar tu autocontrol. Es posible y es lo
único que puede salvarte ahora.
Si ser capaz de tolerar a la humana del modo en que lo hacían estos vampiros extraños era mi única
esperanza de sobrevivir, entonces ya estaba condenada. No podía aguantar el fuego. Y de todas formas,
en lo referente a la supervivencia, mi mente estaba dividida. No quería morir, no deseaba el dolor, pero
¿qué sentido tenía vivir? Todos los demás habían muerto. Diego llevaba días muerto.
Tenía su nombre en la punta de la lengua. Mis labios casi lo pronunciaron en voz alta. En cambio, mis
manos se aferraron a mi cabeza e intenté pensar en algo que no me doliese. Ni en la chica ni en Diego.
No funcionó demasiado bien.
—¿No deberíamos alejarnos de ella? —susurró la humana y me desconcentró. Mis ojos se volvieron a
clavar en Bella. Qué fina y tersa era su piel. Podía verle el pulso en el cuello.
—Tenemos que permanecer aquí —dijo el vampiro del que estaba colgada la chica—. Ellos están a
punto de entrar en el claro por el lado norte.
¿Ellos? Miré al norte, pero no había nada allí excepto humo. ¿Se refería a Riley y a mi creadora? Sentí
un nuevo escalofrío de pánico seguido de un pequeño vuelco de esperanza. No había forma de que ni
ella ni Riley plantasen cara a estos vampiros que habían matado a tantos de nosotros, ¿verdad que no?
Aunque se hubiesen marchado los de los aullidos, Jasper tenía pinta de bastarse él solo para enfrentarse
a ellos dos.
¿O se refería a los misteriosos Vulturis?
El viento volvió a traer el olor de la chica hacia mi rostro, y mis pensamientos se dispersaron. La
observé, sedienta.
La chica me sostuvo la mirada, pero su expresión fue muy distinta de como tenía que haber sido. A
pesar de sentir que tenía el labio retraído sobre los dientes, a pesar de que estaba temblando por el
esfuerzo de reprimirme y no lanzarme sobre ella, la humana no parecía tenerme miedo. Parecía
fascinada, en cambio. Tenía prácticamente el aspecto de querer hablar conmigo: como si tuviera una
pregunta que deseara que le respondiese.
Carlisle y Jasper comenzaron entonces a apartarse del fuego —y de mí— y a cerrar filas con los demás
y con la humana. Todos ellos tenían el aspecto de estar mirando más allá del humo, de manera que,
fuera lo que fuese lo que les asustaba, se encontraba más cerca de mí que de ellos. Me aproximé más al
humo a pesar de las llamas cercanas. ¿Debería salir corriendo? ¿Estaban lo suficientemente distraídos
como para que me pudiese escapar? ¿A donde iría? ¿A buscar a Fred? ¿Por mi cuenta? ¿A buscar a
Riley y a hacerle pagar por lo que le había hecho a Diego?
Mientras yo vacilaba bajo el efecto hipnótico de aquella última idea, el momento pasó. Oí movimiento
al norte y vi que estaba atrapada entre el clan de los ojos amarillos y lo que fuera que se acercase.
—Ajá —dijo una voz carente de inflexión desde detrás del humo.
Bastó esa única palabra para que supiese quién era sin posibilidad de error y, de no haberme quedado
petrificada, congelada por el terror inconsciente, habría salido pitando.
Eran los encapuchados.
¿Qué significaba aquello? ¿Iba a estallar otra guerra? Sabía que los vampiros de las capas oscuras
deseaban el éxito de mi creadora a la hora de destruir al clan de los ojos amarillos. Estaba claro que mi
creadora había fracasado. ¿Significaba eso que la matarían? ¿O matarían en cambio a Carlisle, a Esme
y a los demás presentes? De haber dependido de mí la decisión, tenía muy claro a quién querría ver
muerta, y no era a ninguno de mis captores precisamente.
Los vampiros de las capas oscuras atravesaron el vapor de un modo fantasmal para quedarse frente al
clan de los ojos amarillos. Ninguno de ellos volvió la mirada hacia mí. Permanecí absolutamente
inmóvil.
Eran sólo cuatro, como la última vez, pero no suponía una gran diferencia que los vampiros de los ojos
amarillos fueran siete. Estaba claro que éstos recelaban de los encapuchados tanto como Riley y mi
creadora. Había mucho más bajo aquellas capas de lo que veían mis ojos, pero sin duda podía sentirlo.
Éstos eran los verdugos y a ellos no se les derrotaba.
—Bienvenida, Jane —dijo el que abrazaba a la humana.
Se conocían, pero la voz del pelirrojo no era amistosa, aunque tampoco débil ni con las ansias de
agradarles de la de Riley, ni con el terror furioso presente en la de mi creadora. Su voz era simplemente
fría, educada y nada sorprendida. ¿Eran entonces estos de las capas oscuras eran los Vulturis?
La pequeña vampira que iba al frente del grupo de las túnicas —Jane, al parecer— examinó con pausa
a los siete vampiros de los ojos amarillos y a la humana, y, finalmente, volvió la cabeza hacia mí. Por
primera vez le vi la cara. Era más joven que yo, pero también mucho mayor, supuse. Sus ojos poseían
el tono aterciopelado de las rosas de color burdeos. Consciente de que era demasiado tarde para pasar
desapercibida, bajé la cabeza y me la cubrí con ambas manos. Tal vez, si quedase patente que no quería
luchar, Jane me tratase como lo había hecho Carlisle. Aunque no albergaba muchas esperanzas.
—No lo comprendo —la anodina voz de Jane delató un ligero tinte de molestia.
—Se ha rendido —le explicó el pelirrojo.
—¿Rendido? —le preguntó Jane de forma brusca.
Levanté la vista y vi a los vampiros de las túnicas oscuras intercambiar miradas. El pelirrojo afirmó que
nunca había visto a nadie rendirse. Quizás estos de las túnicas tampoco.
—Carlisle le dio esa opción —dijo el pelirrojo. Parecía ser el portavoz de los vampiros de los ojos
amarillos, aunque pensé que Carlisle sería el líder del clan.
—No hay opciones para quienes quebrantan las reglas —dijo Jane con su voz carente de inflexión.
Se me helaron los huesos, pero dejé de sentir pánico. Qué inevitable parecía todo ya.
Carlisle respondió a Jane en un tono de voz suave.
—Está en vuestras manos. No vi necesario aniquilarla en tanto en cuanto se mostró voluntariamente
dispuesta a dejar de atacarnos. Nadie le ha enseñado las reglas.
Aunque sus palabras eran neutrales, llegué prácticamente a pensar que estaba intercediendo por mí.
Pero, tal como él mismo había dicho, mi destino no dependía de él.
—Eso es irrelevante —confirmó Jane.
—Como desees. Jane se quedó mirando fijamente a Carlisle con un semblante que reflejaba confusión y frustración a
partes iguales. Hizo un gesto negativo con la cabeza, y su rostro se tornó de nuevo inescrutable.
—Aro deseaba que llegáramos tan al oeste para verte, Carlisle —dijo Jane—. Te envía saludos.
—Os agradecería que le transmitierais a él los míos —respondió él.
Jane sonrió.
—Por supuesto —dijo y sus ojos se volvieron de nuevo hacia mí. Las comisuras de sus labios aún
conservaban una ligera sonrisa—. Parece que hoy habéis hecho nuestro trabajo... Bueno, casi todo.
Sólo por curiosidad profesional, ¿cuántos eran? Ocasionaron una buena oleada de destrucción en
Seattle.
Hablaba de un trabajo y de cuestiones profesionales. Había acertado entonces, el castigo era su
profesión. Y si había alguien que ejecutaba el castigo, entonces tenía que haber normas. Carlisle había
dicho antes: «seguimos sus normas», y también: «no hay ninguna ley contra la creación de vampiros
siempre que los controles». Riley y mi creadora estaban asustados, pero no exactamente sorprendidos
ante la llegada de los encapuchados, estos Vulturis. Eran conscientes de las leyes y sabían que las
estaban quebrantando. ¿Por qué no nos lo habían dicho a nosotros? Y había más Vulturis aparte de
estos cuatro, alguien que se llamaba Aro y es probable que muchos más. Tenía que haber muchos para
que todo el mundo los temiese tanto.
Carlisle respondió a la pregunta de Jane.
—Dieciocho, contándola a ella.
Se produjo un murmullo apenas audible entre los cuatro vampiros de las capas oscuras.
—¿Dieciocho? —repitió Jane con un asomo de sorpresa en su voz. Nuestra creadora nunca le contó a
Jane cuántos de nosotros había hecho. ¿Estaba Jane realmente sorprendida, o sólo lo estaba fingiendo?
—Todos recién salidos del horno —contestó Carlisle—. Ninguno estaba cualificado.
Ni cualificado ni informado, gracias a Riley. Empezaba a tener una idea de cómo nos veían estos
vampiros tan mayores. Neófita, me había llamado Jasper. Recién nacida, como un bebé.
—¿Ninguno? —la voz de Jane se endureció—. Entonces, ¿quién los creó?
Como si no se conociesen ya. Esta Jane era una mentirosa aún mayor que Riley, y se le daba mucho
mejor que a él.
—Se llamaba Victoria —respondió el pelirrojo.
¿Cómo podía él saberlo cuando ni siquiera yo lo sabía? Recordé que Riley nos había dicho que uno de
ellos podía leer la mente. ¿Era así como se enteraban de todo? ¿O se trataba de otra de las mentiras de
Riley?
—¿Se llamaba? —preguntó Jane.
El pelirrojo señaló en dirección este con un movimiento de la cabeza. Levanté la vista y vi una densa
nube de humo de color lila que ascendía desde la ladera de la montaña.
Sellamaba. Sentí un placer similar al que me había producido imaginarme al vampiro corpulento
descuartizando a Raoul. Sólo que mucho, mucho mayor.
—La tal Victoria... —preguntó Jane lentamente—. ¿Se cuenta aparte de estos dieciocho?
—Sí —le confirmó el pelirrojo—. Iba en compañía de otro vampiro, que no era tan joven como esta de
aquí, pero no tendría más de un año.
Riley. Mi inmenso placer se intensificó. Si yo moría... vale, cuando muriese ese mismo día, no me
dejaría ese cabo suelto al menos. Diego había sido vengado. Casi esbocé una sonrisa.
—Veinte —susurró Jane. O bien aquello era más de lo que esperaba, o bien era una actriz de narices—.
¿Quién acabó con la creadora?
—Yo —dijo el pelirrojo con frialdad.
Fuera quien fuese este vampiro, ya llevase consigo a su humana del alma o no, se contaba a partir de
ahora entre mis mejores amigos. Aunque fuese él quien acabase matándome, aún seguiría en deuda con
él.
Jane se volvió hacia mí y me miró con los ojos entrecerrados.
—Eh, tú —me gruñó—, ¿cómo te llamas?
Según ella, yo ya estaba muerta, así que, ¿por qué iba a darle a esta embustera nada de lo que quisiese?
Me limité a mirarla desafiante.
Jane me sonrió. La luminosa y alegre sonrisa de un niño inocente y, de forma súbita, sentí que me
quemaba. Fue como si hubiese retrocedido en el tiempo hasta la peor noche de mi vida. El fuego
recorría cada vena de mi cuerpo, se apoderaba de cada centímetro de mi piel, roía todos y cada uno de
mis huesos hasta la médula. Era como si me hubiesen enterrado viva en la pira funeraria de mi propio
aquelarre, envuelta en llamas. Hasta la última célula de mi cuerpo refulgía en la peor agonía
imaginable. El dolor en los oídos me impedía prácticamente oír mis propios gritos.
—¿Cómo te llamas? —volvió a preguntar Jane, y en cuanto habló, el fuego desapareció. Así, por las
buenas, como si sólo hubieran sido imaginaciones mías.
—Bree —dije tan rápido como pude y entre jadeos aunque el dolor ya no estaba presente.
Jane volvió a sonreír y el fuego se apoderó de todo. ¿Cuánto dolor sería necesario para causarme la
muerte? Me pareció que los gritos ya no surgían de mi interior. ¿Por qué no me arrancaba nadie la
cabeza? Carlisle tendría la amabilidad de hacerlo, ¿verdad que sí? O quienquiera que fuese capaz de
leer la mente entre ellos, ¿es que no podía entenderme y hacer que esto parase?
—Ella va a contarte todo lo que quieras saber —masculló el pelirrojo—. No es necesario que hagas
eso.
El dolor se desvaneció de nuevo, como si Jane hubiera apagado un interruptor. Me vi con la cara en el
suelo, boqueando como si me faltase el aire.
—Ya lo sé —oí decir a Jane alegremente—. ¿Bree? —me estremecí cuando pronunció mi nombre, pero
el dolor no regresó—. ¿Es cierto eso, Bree? —me preguntó—. ¿Erais veinte?
Las palabras salieron veloces de mi boca.
—Diecinueve o veinte, quizá más, ¡no lo sé! Sara y otro cuyo nombre no conozco se enzarzaron en una
pelea durante el camino...
Me quedé esperando a que el dolor me castigase de nuevo por no tener una respuesta mejor, pero en
cambio, Jane continuó la conversación.
—Y esa tal Victoria... ¿Fue ella quien os creó?
—Y yo qué sé —admití aterrorizada—. Riley nunca nos dijo su nombre y esa noche no vi nada...
Estaba oscuro y dolía —sentí una convulsión—. Él no quería que pensáramos en ella. Nos dijo que
nuestros pensamientos no eran seguros.
Jane lanzó una mirada al pelirrojo y volvió a clavar sus ojos en mí.
—Háblame de Riley —dijo Jane—. ¿Por qué os trajo aquí?
Recité las mentiras de Riley tan rápido como pude.
—Nos dijo que debíamos destruir a los raros esos de ojos amarillos. Según él, iba a ser pan comido.
Nos explicó que la ciudad era suya y que iban a venir a por nosotros. Toda la sangre sería para nosotros
en cuanto desaparecieran. Nos dio su olor —hice un gesto para señalar en la dirección de la humana—.
Dijo que identificaríamos al aquelarre en cuestión gracias a ella, que estaría con ellos. Prometió que
ella sería para el primero que la tomara.
—Parece que Riley se equivocó en lo relativo a la facilidad —comentó Jane con un tonillo de guasa.
A Jane parecía agradarle mi versión de la historia. En un fogonazo de intuición, comprendí que se había
sentido aliviada de que Riley no me hubiese hablado a mí, ni a los demás, de su breve visita a nuestra
creadora. Victoria. Ésta era la versión que Jane quería que llegase al clan de los ojos amarillos: la que
no la implicaba a ella ni a los Vulturis esos con sus oscuras túnicas. Muy bien, yo le podía seguir el
juego. Con un poco de suerte, el que pudiese leer la mente ya estaría al tanto de todo.
No me podía vengar físicamente de aquel monstruo, pero a través de mis pensamientos le podía contar
todo a los vampiros de los ojos amarillos. Lo esperaba, al menos.
Asentí, admití la bromita de Jane y me incorporé, aún sentada, porque deseaba atraer la atención del
que podía leer mis pensamientos, quienquiera que fuese. Proseguí con la versión de la historia que
hubiese podido contar cualquier miembro de mi aquelarre. Fingí ser como Kevin, tener menos cerebro
que un mosquito y no saber nada de nada.
—No sé qué ocurrió —esa parte era cierta. El caos en el campo de batalla seguía siendo un misterio.
No había llegado a ver a nadie del grupo de Kristie. ¿Se los cargarían aquellos vampiros aulladores a
quienes no me dejaron ver? Le guardaría aquel secreto al clan de los ojos amarillos—. Nos dividimos,
pero los otros no volvieron. Riley nos abandonó, y no volvió para ayudarnos como había prometido.
Luego, la pelea fue muy confusa y todos acabaron hechos pedazos —me estremeció el recuerdo del
torso por encima del cual salté—. Tenía miedo y quería salir pitando —hice un gesto para señalar a
Carlisle—. Ése de ahí dijo que no me haría daño si dejaba de luchar.
Aquello no suponía traición alguna para Carlisle, él ya le había contado bastante a Jane.—Ajá, pero no estaba en sus manos ofrecer tal cosa, jovencita —dijo Jane, que sonaba como si se
estuviese regodeando—. Quebrantar las reglas tiene consecuencias.
Continué fingiendo ser como Kevin y me limité a mirarla fijamente, como si fuese demasiado estúpida
para entenderlo. Jane se volvió hacia Carlisle.
—¿Estáis seguros de haber acabado con todos? ¿Dónde están los otros?
Carlisle asintió.
—También nosotros nos dividimos.
Así que fueron los aulladores quienes acabaron con Kristie. Albergué la esperanza de que, fueran lo que
fuesen, aquellos aulladores resultaran realmente aterradores. Kristie se lo merecía.
—No he de ocultar que estoy impresionada —dijo Jane con una voz que sonaba sincera, y creí muy
probable que dijese la verdad. Jane había albergado la esperanza de que el ejército de Victoria causase
algún daño ahí, y estaba claro que habíamos fracasado.
Sí, admitieron en silencio los tres vampiros situados a la espalda de Jane.
—Jamás había visto a un aquelarre escapar sin bajas de un ataque de semejante magnitud —prosiguió
Jane—. ¿Sabéis qué hay detrás del mismo? Parece un comportamiento muy extremo, máxime si
consideramos el modo en que vivís aquí. ¿Por qué la muchacha es la clave? — sus ojos se posaron en
la humana sólo un instante.
—Victoria guardaba rencor a Bella —le contó el pelirrojo.
La estrategia cobraba sentido por fin. Riley tan sólo quería a la chica muerta y le daba igual cuántos de
nosotros muriésemos para conseguirlo.
Jane se rió alegremente.
—Esto —dijo y sonrió a la humana igual que me había sonreído a mí— parece provocar las reacciones
más fuertes y desmedidas de nuestra especie.
A la chica no le pasó nada. Tal vez Jane no quisiera hacerle daño. O quizá su horrible talento sólo
funcionase con los vampiros.
—¿Tendrías la bondad de no hacer eso? —le pidió el pelirrojo en un tono de voz furioso aunque bajo
control.
Jane volvió a echar a reír.
—Sólo era una prueba. Al parecer, no sufre daño alguno.
Me esforcé en mantener mi expresión en plan Kevin y no traicionar así mis intenciones. Por lo visto,
Jane no podía causarle a aquella chica el mismo daño que a mí, y eso no era algo normal para Jane,
pues por mucho que se estuviese riendo ahora, yo podía sentir que aquello la sacaba de quicio. ¿Era ése
el motivo por el cual los vampiros de los ojos amarillos lla toleraban? Pero si ella era de algún modo
especial, ¿por qué no la convertían en vampiro sin más? —Bueno, parece que no nos queda mucho por hacer —dijo Jane, que había recuperado su monótona
voz—. ¡Qué raro! No estamos acostumbrados a desplazarnos sin necesidad. Ha sido un fastidio
perdernos la pelea. Da la impresión de que habría sido un espectáculo entretenido.
—Sí —replicó el pelirrojo—, y eso que estabais muy cerca. Es una verdadera lástima que no llegarais
media hora antes. Quizás entonces podríais haber realizado vuestro trabajo al completo.
Hice un esfuerzo por no sonreír. Así que era el pelirrojo quien leía la mente y había oído todo lo que yo
quería contarle. Jane no se iba a salir con la suya.
El rostro inexpresivo de Jane le devolvió la mirada al vampiro capaz de leer el pensamiento.
—Sí. Qué pena que las cosas hayan salido así, ¿verdad?
El pelirrojo asintió, y yo me pregunté qué estaría oyendo en la cabeza de Jane.
Jane volvió hacia mí su expresión anodina. En sus ojos no había nada, pero yo sentí que mi tiempo se
había agotado. Ella había obtenido ya de mí lo que necesitaba. No era consciente de que también le
había dado todo lo que pude al que leía la mente, y además había protegido los secretos de su aquelarre.
Se lo debía. Él había castigado a Victoria y a Riley en mi nombre.
Le miré con el rabillo del ojo y pensé gracias.
—¿Félix? —dijo jane con pereza.
—Espera —interrumpió en voz alta el pelirrojo. Se volvió a Carlisle y prosiguió con rapidez—:
Podemos explicarle las reglas a la joven. No parecía mal predispuesta a aprenderlas. No sabía lo que
hacía.
—Por descontado —dijo Carlisle enseguida—. Estamos preparados para responsabilizarnos de Bree.
El rostro de Jane adoptó una expresión que daba el aspecto de no tener claro si se trataba de una broma.
Y si era tal broma, tenía mucha más gracia de lo que ella estaba dispuesta a reconocer.
—No hacemos excepciones —les respondió, divertida—, ni damos segundas oportunidades. Es malo
para nuestra reputación.
Era como si se estuviese refiriendo a otra persona. No me importaba que estuviese hablando de
matarme. Sabía que el clan de los ojos amarillos no podía detenerla. Jane era la policía de los vampiros.
Y aunque aquellos polis vampiros fueran unos corruptos —realmente corruptos—, el clan de los ojos
amarillos al menos lo sabía.
—Lo cual me recuerda... —prosiguió Jane con la vista clavada en la humana y una sonrisa cada vez
más amplia—. Cayo estará muy interesado en saber que sigues siendo humana, Bella. Quizá decida
hacerte una visita.
Sigues siendo humana. Entonces iban a convertir a la chica. Me preguntaba a qué estarían esperando.
—Se ha fijado la fecha —dijo la chica menuda del pelo corto y negro y la voz clara—. Quizá vayamos
a visitaros dentro de unos pocos meses.
La sonrisa de Jane desapareció como si alguien se la hubiese borrado de la cara. Hizo un gesto de
indiferencia sin mirar a la vampira del pelo corto, y me dio la sensación de que, por mucho que Jane
odiase a la humana, odiaba a aquella chica menuda diez veces más.
Jane se giró hacia Carlisle con su inexpresividad de antes.
—Ha estado bien conocerte, Carlisle... Siempre creí que Aro había exagerado. Bueno, hasta la
próxima...
Y aquí se acababa todo, entonces. Seguía sin sentir miedo. Sólo lamentaba no haber tenido la
oportunidad de contarle a Fred más acerca de todo aquello. Se adentraría prácticamente a ciegas en este
mundo lleno de peligrosas intrigas, policías corruptos y aquelarres secretos. Pero Fred era listo,
cauteloso y tenía «talento». ¿Qué iban a poder hacerle si ni siquiera eran capaces de verlo? Tal vez el
clan de los ojos amarillos se encontrase con Fred algún día. Sed amables con él, pensé mirando al que
leía la mente.
—Encárgate de eso, Félix —dijo Jane con indiferencia y con un gesto del mentón hacia mí—. Quiero
volver a casa.
—No mires —susurró el pelirrojo.
Y cerré los ojos.
Agradecimientos
Como siempre, estoy muy agradecida a todas las personas que han hecho posible este libro: mis hijos,
Gabe, Seth y Eli; mi marido, Pancho; mis padres, Stephen y Candy; mis amigas del alma, Jen H., Jen
L., Meghan, Nic y Shelly; mi agente ninja, Jodi Reamer; mi «baffy», Shannon Hale; todos mis amigos
y mentores de Little Brown, y de un modo muy especial David Young, Asya Muchnick, Megan
Tingley, Elizabeth Eulberg, Gail Doobinin, Andrew Smith y Tina McIntyre; y, dejando lo mejor para el
final, mis lectores. Sois el mejor público que nadie podría tener. ¡Gracias!
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